Se acuerdan de Andrea Casiraghi? Sí, ése en el que están pensando, el hijo mayor de Carolina de Mónaco; un chaval flaco y desgreñado al que siempre le hemos visto traerse algo entre manos (generalmente, una copa en la derecha y un cigarrillo en la izquierda). Bueno, pues vayan borrando de su disco duro esa poco edificante imagen porque Andrea Casiraghi se ha reseteado. Él, al contrario que nuestro Raphael, ya no es aquél. Le han rapado la melena y, así como Sansón perdió completamente la fuerza, a él se le han quitado de golpe las ganas de hacer el gamberro.
He leído con gran atención (y asombro, todo hay que decirlo) la entrevista en exclusiva publicada esta semana en '¡Hola!' y he concluido que este chico lejos de ser un ocioso millonario, un pijo nihilista doctorado en la universidad de la 'dolce vita', es un joven estudioso, concienciado con los problemas de su tiempo, un ser sensible al sufrimiento ajeno... ¡Un militante de la solidaridad, un activista! Posa con chaqueta de vestir, muy formalito, Andrea junto a su novia (casualmente, heredera de una de las mayores fortunas de Latinoamérica) y nos 'vende' que su vida gira en torno a la ayuda al prójimo. ¿Se habrá ido el apuesto hijo de Carolina con una ONG a alguno de esos países devastados y remotos? Nada de eso. Su infatigable labor consiste en recaudar fondos, sí, pero organizando fiestas, que ya dijo Teresa de Calcuta que cada uno debía ayudar en el terreno que realmente domina. Sostiene Casiraghi que para ser verdaderamente feliz hay que hacer algo por los demás. Y, claro, en su posición se comprende el razonamiento. Debe de ser estupendo pasarse el día de juerga (benéfica, eso sí) en la convicción de que cuanto mejor te lo pasas tú, mejor va el planeta.
Y ahora en serio, Andrea Casiraghi, menos autobombo y un poquito de respeto a todos esos jóvenes voluntarios repartidos por el mundo, que ellos sí que de verdad se dejan la piel ayudando al prójimo y hasta se juegan la vida.