Los agentes de la Unidad de Investigación Criminal (UIC) de la Ertzaintza tenían una «corazonada». Desde que iniciaron las pesquisas sobre el homicidio, sospechaban que podía tratarse de la misma banda de delincuentes que, cebados al descubrir un objetivo fácil, asaltaron el caserío Uxerre de Urduliz hasta en tres ocasiones. La última de ellas, con el trágico resultado de la muerte por asfixia de una anciana de 83 años, la dueña de la vivienda.
Felisa Ansoleaga no pudo soportar la tortura de permanecer durante casi tres días amordazada, maniatada y boca abajo, sin poder comer ni beber, y a temperaturas bajo cero. Y, por supuesto, sin posibilidad de pedir ayuda. Así les dejaron los ladrones la tarde del viernes 18 de diciembre para evitar que dieran la voz de alarma. Su hermano Julio, de 71 años, sobrevivió, aunque con heridas de extrema gravedad debido a los golpes -traumatismos torácico y craneal- una severa hipotermia y deshidratación. Un hijo de Julio les encontró, a la tía ya muerta y a su padre, en estado crítico el lunes por la mañana.
Al menos dos de los cuatro detenidos el pasado martes por la Ertzaintza en las localidades de Otxandio, Vitoria y Barakaldo, acusados del homicidio, lesiones graves y robo con violencia, habrían participado también en el asalto al caserón, ubicado en la carretera de Urduliz a Plentzia, el pasado 16 de agosto, que terminó con los dos hermanos malheridos, según informan fuentes cercanas a la investigación. Se trata de cuatro hombres de entre 18 y 45 años, todos de origen rumano, que integran un grupo criminal especializado en el asalto a caseríos y chalés. La Policía autonómica les imputa al menos diez de estos robos, cinco en Vizcaya, tres en Guipúzcoa y dos en Álava. El juez ha ordenado el inmediato ingreso en prisión de uno de ellos, mientras que el resto ha quedado en libertad con cargos, según informó ayer el Departamento de Interior en una nota de prensa.
En verano lograron un suculento botín de joyas y dinero tras reducir a golpes a los dos hermanos. También entonces fueron detenidos -dos de ellos eran menores-, pero, salvo uno, todos fueron puestos en libertad. Meses después, volvieron a por más.
Julio vive con su familia en una casa próxima, pero pasaba mucho tiempo con su anciana hermana haciéndole compañía, trabajando la tierra y cuidando al ganado. A su edad, el hombre seguía repartiendo leche y verduras entre los vecinos de Plentzia.
Conversaciones telefónicas
En un primer momento, Julio declaró ante los ertzainas que uno de los asaltantes podía ser de raza negra, aunque enseguida se atribuyó tal afirmación al estado de shock del hombre y a que los individuos actuaron encapuchados, indican fuentes de la investigación.
La clave para dar con los autores del salvaje asalto fueron las «conversaciones telefónicas» intervenidas a los miembros de la banda. Los agentes identificaron en un primer momento a cinco sospechosos y, tras acumular pruebas de su autoría, les arrestaron. Finalmente, soltaron a uno de ellos en comisaría. «Aunque el hombre estaba relacionado personalmente con los sospechosos, no parecía tener relación con sus actividades delictivas», señala Interior. La Ertzaintza continúa con las indagaciones ante la posibilidad de que este mismo grupo esté implicado en otros cinco robos.
El asalto al caserío de Urduliz conmocionó a Vizcaya, por la brutal violencia que emplearon los autores y porque eran las mismas víctimas de un robo similar registrado apenas cuatro meses antes. La investigación concluye ahora que también eran los mismos autores.
Los vecinos de Urduliz y el resto de la comarca, jalonada de caseríos y chalés aislados, se quejan de falta de seguridad, no cuentan ni con Policía Municipal. El Departamento de Interior está estudiando la posibilidad de abrir oficinas de atención ciudadana en el área de Uribe Costa para ofrecer más protección a sus habitantes.