ETA ha comenzado a conjugar en Francia el verbo rendirse. En algunos accidentes de tráfico y autolesiones por disparos de bala o explosión de detonadores se han sospechado deserciones camufladas. No ofrecen dudas las entregas voluntarias, por personación en comisaría, que ya son dos. La más reciente se produjo el pasado fin de semana cuando Xabier Atristain Gorosabel 'Golfo' se presentó ante los aduaneros del aeropuerto de Biarritz. Existía el precedente sentado hace ocho años años por el vascofrancés Hervé Larrieu, quien renegó de la lucha armada por una repentina crisis mística al comprobar que los carnés que falsificaba servían para matar a inocentes en España.
El desertor de conciencia llamó la mañana del 22 de marzo de 2002 a la puerta de la brigada territorial de la Gendarmería de Saint-Malo (Bretaña). Al oficial de guardia le dijo que era buscado por terrorismo y que había decidido entregarse a la justicia. Sólo quince días antes la dirección de ETA había aceptado sus insistentes peticiones de abandonar unas filas en las que había militado cuatro años, los últimos catorce meses en la clandestinidad.
Nacido en Bayona el 13 de octubre de 1967, Larrieu sintonizó con la izquierda abertzale violenta en 1990 cuando se ennovió con Lorentxa Guimón, miembro de una familia vinculada a ETA de padres a hijos. En 1994 ingresó en el movimiento juvenil Gazteriak, liderado entonces por Egoitz Urrutikoetxea, hijo de 'Josu Ternera', y en 1998 se afilió al partido Abertzaleen Batasuna.
Tras colaborar con ETA a partir de enero de 1998 como correo, enlace y encubridor de algún responsable, tres años después entró en la clandestinidad a petición expresa de Lorentxa Guimón y de Asier Oiartzabal Txapartegi 'Gazte', jefe del aparato logístico a quien ya había brindado alojamiento en el pasado. Le explicaron que en setiembre de 2000 había sido desmantelada en Bayona la oficina de falsificación de documentos y necesitaban a alguien como él, trabajador especializado en una imprenta de la capital vascofrancesa. Aceptó con la condición de estar sólo seis meses y no ir armado.
Durante varios meses se dedicó a editar una nueva agenda de ETA, a reproducir los renovados carnés de identidad franceses y a formar militantes como le había encargado el jefe del sub-aparato de falsificación Zigor Garro Pérez 'Tonino'. Con los programas informáticos que había pirateado en la imprenta de Bayona, la célula elaboraba una decena de juegos de documentos falsos de excelente factura a la semana. También impartió consejos técnicos para mejorar la maquetación de las revistas internas Zutabe y Zuzen.
«Errores técnicos»
Pero pronto comenzó a distanciarse de unos compañeros que le hablaban de «errores técnicos» donde él apreciaba «muertes de inocentes» y encontró refugio en la meditación espiritual y la lectura de los Evangelios. Tras una fuerte discusión con Oiartzabal sobre los objetivos y métodos de ETA, en mayo de 2001 fue transferido en coche por dos veteranos etarras apodados 'Los Dinos' a un piso de la reserva en Lyón.
«De camino, en un alto en un lugar apartado, 'Fabrizzio' (alias de José Luis Campo Barandiaran) le mandó ponerse de rodillas, le colocó una pistola en la sien y le preguntó si estaba seguro de querer irse», explicó su abogado, designado de oficio, con ocasión del juicio, celebrado en París a puerta cerrada en 2007. La amenaza fue clara: «Puedes dejar ETA ahora mismo o quedarte con nosotros los tres años que nos debes. Como quieras».
En Lyón comenzó a frecuentar una iglesia católica cercana al piso franco hasta que le fue prohibido salir a la calle tras revelar en noviembre de 2001 sus escarceos religiosos. En enero de 2002 fue trasladado a un último refugio en el que permaneció hasta el 6 de marzo de aquel año cuando la dirección de ETA aceptó licenciarlo. Con los mil euros que le dieron, se fue hasta Dinan (Bretaña) a confesarse con el párroco quien le aconsejó que eligiera el camino de la verdad. Poco después se presentó en la Gendarmería de Saint-Malo.
En el penal de Villepinte, en el que permaneció recluido ocho meses, le comunicaron que ETA le había prohibido residir en el País Vasco. En el juicio explicó que el mensaje se lo dio uno de sus abogados, perteneciente al grupo de defensores habituales de presos etarras. Añadió que se había visto obligado a recurrir a sus servicios porque deseaban tener un perfecto control de sus declaraciones al juez.
Tras salir de la cárcel, se instaló en Bayona y comenzó a trabajar en una nueva imprenta en la que recibió una carta, fechada en mayo de 2004 con el anagrama de ETA, que le recordaba la orden de destierro. El caso del arrepentido figuró en el orden del día de una reunión del comité ejecutivo celebrada ese año. En el acta interceptada por la policía francesa se puede leer: «Hervé Larrieu, el que se rindió a la policía fraancesa, se pasea por Euskal Herria sin tener en cuenta las órdenes de la organización. Se le ha escrito una carta recordándole nuestra decisión». En julio de 2005 una segunda misiva le conminaba a abandonar tierra vasca en el plazo de tres meses.
Larrieu, que se casó posterormente, rehizo su vida y alcanzó un arreglo con la banda terrorista sobre los límites del destierro, fue condenado el 1 de octubre de 2007 por el Tribunal Correccional de París a un año de prisión, pena que ya había cumplido en régimen preventivo. «Su desacuerdo declarado con ETA así como las circunstancias de su salida de la organización serán puestos de manifiesto por las amenazas de las que será objeto desde su rendición, pese a que no deseó querellarse y a que no reveló en ningún momento elementos susceptibles de provocar el arresto de miembros de la organización, habiéndose contentado con relatar su compromiso personal y con identificar a los activistas ya detenidos con los que se cruzó en el camino», subraya la sentencia, base documental de este reportaje. Renegado pero no delator.