Concebía el progreso como aspiración humana razonable, pero con severos límites que no destruyesen las relaciones entre hombre y naturaleza. Intuyó y denunció las primeras agresiones al medio ambiente y las convirtió en mal augurio de lo que sucedería en años venideros con acierto casi profético. Y lo hizo en una época en la que este asunto aún no se había hecho hueco en la agenda de la sociedad, de los medios de comunicación y, mucho menos, de los políticos.
Cuando en 1975, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, Miguel Delibes disertó sobre 'El sentido del progreso desde mi obra', se abrió una novedosa ventana reivindicativa. Una circunstancia que, en opinión de Javier Gutiérrez, miembro de Ecologistas en Acción de Valladolid, «tiene mucho mérito decir lo que dijo y ante quien lo dijo en unos tiempos en los que no existía la preocupación actual».
Sin embargo, antes de ese discurso, el intelectual vallisoletano ya había dejado huellas de su desasosiego por el maltrato a la naturaleza, por los problemas del mundo rural donde comienza a atisbarse el declive, la despoblación. «En esa época -afirma Gutiérrez- podríamos decir que sus inquietudes se parecen mucho a las de los naturalistas estadounidenses de finales del siglo XIX y comienzos del XX, ya en alerta ante los peligros que acechan al entorno natural».
En cambio, aprecia un viraje esencial en los planteamientos que el escritor vallisoletano esboza en 'Un mundo que agoniza' a partir de sus citas a autores como Lester Brown, -que ya denunciaba la sobreexplotación de los mares-, Erich Fromm, Roberto Rosellini y otros intelectuales que han expresado sus temores por la degradación medioambiental.
Años después, el escritor retomó esa preocupación con la publicación, junto a su hijo Miguel, de 'La tierra herida' bajo el subtítulo 'Qué mundo heredarán nuestros hijos'. «Hoy se conoce más sobre esos problemas, pero el embrión de lo que eran estaba ya perfectamente dibujado en su pensamiento, se anticipó a su tiempo», recalca Gutiérrez.