Dicen que todos los niños llevan consigo un ángel de la guarda. El de Iker E., el niño de 12 años de Amorebieta que fue encontrado ileso en la tarde del martes después de veinte horas sin dar señales de vida, le condujo a una borda de Lemoa en una de las noches más frías de las últimas semanas. «Peor noche no podía haber cogido, podía haberse congelado», afirmaba ayer Jesús Iturrioz, mientras acicalaba su huerto en el barrio de Elorriaga. Iturrioz sabe lo que dice. Lleva viviendo toda una vida en esta zona boscosa y no se explica como el chaval pudo llegar solo en la oscuridad hasta la chabola abandonada del difunto Ignacio Artetxe.
La borda en la que Iker pasó la noche se encuentra aislada, en una zona de pinares junto a una pista forestal de la ladera de la sierra de Aramotz. Solitaria y desierta en sus 30 metros cuadrados, sus muros engulleron sus pensamientos y remordimientos. Todo por un suspenso y el temor a una reprimenda de los padres. Ajeno a los peligros que acechaban y a los «perros y toros que por las noches andan sueltos», señalaban los residentes de este entorno, Iker pasó con toda seguridad las horas más largas de su vida. De hecho, no fue hasta las cuatro y cuarto de la tarde del martes cuando fue localizado por una patrulla en una pista próxima. Estaba hambriento, cansado y desorientado.
Su odisea comenzó sobre las nueve menos cuarto de la noche del lunes. Después de salir de la clase particular de inglés, en vez de regresar a su casa se fue caminando por la carretera hacia Lemoa, iluminada en todo su trazado, según la principal hipótesis. Luego, se desvió hacia Aramotz para atravesar el puente romano del municipio vecino. Una vez allí, la penumbra sólo se rompía con los focos de los pocos caseríos que salpicaban la cuneta de la estrecha carretera. Tomó la bifurcación hacia el barrio de Gandarias y subió por la encrespada pista forestal envuelta entre árboles.
Tras atravesar la escasa media docena de caseríos entre los ladridos de los perros guardianes, continuó su ascenso. Tal vez el frío, o el cansancio -o como dicen algunos de la zona «ya conocía el lugar»-, llevaron a Iker a saltar un vallado de alambre para acceder a una borda situada a unos 200 metros. «El chaval fue atrevido para llegar hasta aquí», manifestaba una de las vecinas de Gandarias, que sospecha que Iker podría haberse acercado a la cabaña a través de un sendero conocido popularmente como de 'El Cabrero'.
«Es muy niño»
«Seguro que se arrepintió a las dos horas, pero luego le entraría miedo para volver», comentaba desde el bar Iruña Ricardo, que conoce bien a Iker y a su familia por frecuentar este establecimiento próximo a su vivienda, ubicada en la plaza Andra Mari. Como Ricardo, conocidos y familiares no dan crédito a cómo pudo embarcarse en este arrebato que trajo de cabeza a más de 200 voluntarios y efectivos de la Ertzaintza, Policía Municipal y Cruz Roja que durante veinte largas horas peinaron todo el municipio y alrededores. Su propia tía Rebeca reconocía que «hubiera puesto la mano en el fuego» si le dicen que Iker pasaría una noche fuera de casa solo e «hiciera lo que ha hecho». «No es nada atrevido. Además -añadía- es muy niño».
Mientras Iker desafiaba los peligros de la noche durante los cinco kilómetros que separan Amorebieta de Lemoa, su familia se reconcomía por dentro pensando que le hubiera pasado algo malo, incluso que le hubiesen raptado. «El padre estaba convencido de que no estaba en Amorebieta», comentaban desde la Cruz Roja de la localidad, que consiguió reunir en un primer momento a catorce voluntarios para buscar al niño. La inmediata colaboración recibió el agradecimiento por parte de sus padres y el tío tras su aparición. Primero fue la madre, que no paraba de llorar, quien agradecía el apoyo brindado a través de una llamada de teléfono. «Gracias, gracias de verdad. Tenéis ganado el cielo», repetía la mujer. A su llamada, pasadas las siete de la tarde del martes, siguieron a continuación las del padre y el tío. «Todo agradecimientos», señalaron.
Después de veinte angustiosas horas, ayer trataban de recuperar la calma, volver a lo cotidiano y pasar página... Por esa razón, Iker regresó a las aulas de la ikastola Lauaxeta para recuperar cuanto antes la normalidad. «No hacía más que dar las gracias y repartir besos», comentaban algunos de sus compañeros de estudios. Su padre, sin embargo, se tomó una jornada de descanso, según aseguraron desde la Federación Vasca de Baloncesto, en la que ejerce de secretario. En la guardería de la BBK de Basauri, donde trabaja su madre, eludieron hablar del tema. Ahora deberán olvidar la pesadilla que vivieron cuando su hijo decidió no regresar a casa por miedo a que le riñeran por su primer suspenso en su expediente académico.