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Con el síndrome de Diógenes

CULTURA

Con el síndrome de Diógenes

09.03.10 - 02:38 -
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Las excentricidades están a la orden del día en el coleccionismo de tebeos. Germán Menéndez rememora una situación impagable vivida por Pascual Ferry, uno de nuestros dibujantes más internacionales. «Contaba de un friki que le llegó con un montón de tebeos, todos embolsados, y con un cronómetro y un pequeño ventilador a pilas. El tipo accionaba el cronómetro, sacaba el tebeo de la bolsa, se lo pasaba a Ferry, que debía firmarlo a toda velocidad. Luego el tipo secaba la tinta de la firma con el ventilador y lo guardaba de nuevo rápidamente para que no estuviera fuera de la bolsa más de 30 ó 40 segundos».
Oler los tebeos es algo común entre los devoradores de historietas. «El olor es un elemento muy importante», defiende Félix Romeo. Alberto García Marcos piensa que este acto, que él realiza sin rubor, «es algo consustancial al lector de cómic. A menudo en los foros se comenta lo mal que huelen los tebeos de tal editorial en los últimos tiempos. Volvemos al tema de la infancia. Los recuerdos se refuerzan con mucha más intensidad en la memoria a través del olfato que a través de otro sentido. Además, cuando compras un cómic en tu librería, es vital no llevarte nunca el primero del montón, que ya ha sido manoseado por otros clientes».
Algunos van más allá: acarician las páginas y se muestran preocupados por la sombra del síndrome de Diógenes. «Compramos y compramos y no nos desprendemos jamás de una colección aunque no acabe de convencernos», subraya Félix Linares. García Marcos ha asumido ya su inconsciente obsesión: «Un par de veces en mi vida me he decidido a vender algunos de mis cómics. Siempre he acabado arrepintiéndome».
Sin duda, el cómic se presta a la militancia ferviente y el coleccionismo desatado, «porque tiene algo de clandestino, de mala consideración social, de sospecha de inmadurez», afirma rotundo Linares. Aunque el objeto de sus desvelos valga millones.
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