«El cómic en vivo en un género en sí mismo», señalaba ayer por la tarde el dibujante Rober Garay, rotulador en mano. El autor de 'Roque Star' o los 'Últimos coletazos de Andrés y Néstor' -publicadas en EL CORREO- daba forma sobre la pared de la sala Amárica a una viñeta en la que contaba una historia.
«Tienes que usar una fórmula un poco distinta. En el estudio, sólo lo ves tú. Pero delante de la gente, has de darle un orden al dibujo, para que resulte interesante», razonaba el artista. Mientras, el doble panel en el muro de la sala de exposiciones funcionaba como una especie de pizarra mágica, sobre la cual iban apareciendo los personajes de Garay.
Una joven maniatada y pechugona era el primer elemento de una composición en la que el autor planteaba «una repersentación épica y típica, con la clásica chica en apuros, sometida al ataque salvaje de una criatura de otro mundo». Como eco de sus palabras, la mano del profesional hacía aparecer un gigantesco tentáculo de «un cefalópodo del Averno». Y luego, un héroe.
Mientras tanto, el realizador, articulista y comiquero Borja Crespo trabajaba con un pequeño esquema previo, en un trocito de papel. Desde allí, el artista llevaba al gran formato de la pared «una historia de cuatro viñetas, en la línea de los últimos tebeos que he sacado como autor, por ejemplo, 'Devuélveme mi secreto». El trazo expresivo y la aproximación intimista y poética se conjugaban en la breve historia, enmarcada en un día de lluvia. «E, también, una especie de reivindicación de la infancia recuperada, con la magia de los cuentos».
En este mismo sentido, Crespo destinaba un espacio para una serie de dibujos. Alguno de ellos pertenecía a sus relatos, ilustrados originalmente por Chema García, en un volumen editado por Astiberri bajo el título 'Cortocuentos'. Otros tenían relación con «mis otros estilos, más 'underground'».
Una cita y una exposición
«Esto es más vivir sobre la hoja, tocas el papel continuamente y no tienes el mismo control de la línea. Tienes que aprovechar el fomato para improvisar y ser más exprsivo, como en el graffiti», valoraba Crespo.
Esa soltura -junto a la experiencia de los dos vizcaínos en dibujar ante el público- le daba sana envidia al vitoriano Mikel Díaz de Corcuera, que la víspera había plasmado en viñetas una cita. Cerca, el alavés Gerardo Armesto había narrado momentos de una exposición. Y el público, sobre todo el infantil y disfrazado, dibujaba, comentaba y corría por la sala .