Se diría que nos gusta debatir por debatir, debatir sin saber qué es aquello por lo que discutimos. Aquí se discute más que se debate: para esto último ha de haber argumentaciones razonadas y coherentes. Todo lo demás son improvisaciones: muy hispano, sin duda.
Desde hace tiempo se plantea una polémica absurda sobre si canciones, libros, artículos, fotografías y todo eso que se ha dado en llamar 'industria de los contenidos' (cuyos productos están hechos por artistas o intelectuales) pertenecen a sus autores o son propiedad universal. En este último caso, el escritor, el músico o el artista es el mecenas que -en una sociedad que aún no ha aniquilado la propiedad privada- nutre democráticamente de 'cultura' (ojo) a todos los demás. Y punto.
Tal cosa es la que defienden quienes consideran imprescindible el gratis total de los contenidos culturales ofertados en Internet, el supermercado de lo sublime y de lo banal. Que tales contenidos tomen forma de libro o de película y se compren (aun a buen precio) simultáneamente en una librería o en un cine es algo que consideran una estupidez: ¿Quién va a pagar cuando se puede lograr algo gratis? Obviamente, no dicen lo mismo cuando se trata de una lavadora o unas lentejas con chorizo: el día en que eso se aloje también en Internet estamos definitivamente perdidos y estos modernos que veneran la tecnología y se casan con Twitter habrán ganado la partida.
Este falso debate lo que plantea es un (oculto) duelo a muerte entre los partidarios de la realidad y los devotos de la virtualidad, llamada también 'sociedad del conocimiento', sociedad en red y otras muchas cosas tan cursis como fantasiosas. Estos últimos son gente capaz de poner su vida -que suele ser poco interesante- en la Red no sólo para su exhibición pública sino para ser comercializada, si se tercia, por algún listo como el dueño de Facebook.
'Tecnologistas virtualizadores', fanáticos de la modernidad tecnocrática, se creen profetas del futuro y son pobres víctimas de una ilusión fatal creada por los gurús de la conexión por la conexión, nuevos utopistas de nuestra pintoresca era. También grandes vagos comparten el plan. Ellos ignoran lo que cuesta escribir un libro, una canción o un pequeño sobresalto meramente humano (cultura, pura) capaz de darnos algo en qué pensar. Lo roban todo y se creen con derecho a hacerlo: es lo propio de los grandes incultos. Todo lo cual sólo favorece a los grandes monopolios (reales) de la virtualidad, empezando por Microsoft y acabando por Apple y Google. Así de sencillo.