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Las guerras de un Nobel de la Paz

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Las guerras de un Nobel de la Paz

13.09.13 - 09:23 -
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Las guerras de un Nobel de la Paz
Barack Obama se dirige a las tropas en Camp Pendleton. / Michael Nelson (Efe)

Cuando Barack Obama fue elegido por primera vez como presidente de Estados Unidos, muchos quisieron ver en él a una 'paloma', término que en la política norteamericana designa a quienes rehuyen el poder militar en pro de la diplomacia, por oposición a los 'halcones', ávidos de actuar 'manu militari' en cualquier parte del mundo donde se vean amenazados los intereses del 'Tío Sam'. Quienes así pensaban se apoyaban en la postura contraria a la intervención en Irak que el por entonces senador demócrata por Illinois había adoptado. Obama, un antiguo organizador comunitario reconvertido en profesor de Derecho, parecía casar mal, con sus modales propios de la 'Ivy League', con los rudos guerreros del Pentágono. Su juventud y poca experiencia con el estamento castrense, por otro lado, podía derivar en que generales cargados de condecoraciones minusvalorasen sus capacidades como comandante un jefe, un error que ya cometieron con otro mandatario que accedió al cargo con cuatro años menos que él, John F. Kennedy. Mas el tiempo que lleva viviendo en la Casa Blanca dibuja un perfil muy diferente de este premio Nobel de la Paz que está a punto de verse embarcado en su cuarta operación a gran escala en el extranjero.

"No me opongo a todas las guerras", dijo Obama en aquel discurso pronunciado en octubre de 2002, mucho antes de que atrajese la atención mundial. "A lo que me opongo es a una guerra estúpida" basada "no en la razón, sino en la pasión, no en principios, sino en la política", puntualizó un hombre que recordó que su abuelo materno se alistó el día posterior al ataque japonés contra Pearl Harbor y que luchó en Europa a las órdenes del general Patton.

Casi una década después de pronunciar estas palabras, Obama entraba en el Auditorio Municipal de Estocolmo para recoger el premio Nobel de la Paz. Y volvió a lucir la actitud realista que caracteriza su presidencia. "Decir que la fuerza a veces es necesaria, no es un llamado al cinismo, es un reconocimiento a la historia; las imperfecciones del hombre y los límites de la razón", proclamó el líder demócrata. "Los instrumentos de la guerra tienen un rol a jugar en la preservación de la paz", prosiguió el mandatario. Y recordó que su país había "ayudado a asegurar la seguridad global por más de seis décadas con la sangre" de sus ciudadanos y "la fortaleza" de sus tropas. Esbozó entonces cuál era su idea de una operación militar necesaria. "Creo que la fuerza puede ser justificada por razones humanitarias, como ocurrió en los Balcanes o en otros lugares que han sido marcados por la guerra. La inacción destroza nuestra conciencia y puede llevar a una intervención posterior más costosa", manifestó.

Líneas rojas

Es con ese propósito que Obama afronta ahora su cuarta operación militar de envergadura en el extranjero. En 2012 manifestó su renuencia a embarcarse en una guerra en Siria a menos que el régimen de Bachar el-Asad cruzase la "línea roja" del empleo de armas químicas contra su propio pueblo. Dicha barrera fue franqueada, según Washington, el pasado 21 de agosto con un ataque en la periferia de Damasco que, según estimó Médicos sin Fronteras, dejó más de 1.300 muertos.

Más de dos años después de iniciado un conflicto que ha segado las vidas de decenas de miles de personas, Estados Unidos se apresta a intervenir para castigar una acción que evoca los mayores horrores conocidos por el hombre. Para ello, el Pentágono ha situado en el Mediterráneo cinco destructores equipados con misiles crucero 'Tomahawk' con un alcance de casi 2.000 kilómetros y mantiene dos portaaviones en el Mar de Arabia desde los que pueden despegar cazas de combate para diezmar las fuerzas con que cuenta Damasco. Paralelamente, Obama ha pedido autorización al Congreso, aunque no está legalmente obligado a ello en su calidad de comandante en jefe ni está atado a la decisión que emane del Capitolio. La operación duraría un máximo de 60 días, prorrogable por otros 30 bajo ciertas condiciones y no contempla la participación de tropas terrestres.

Obama sigue así un patrón similar al que rigió la intervención en Libia en 2011 que desembocó en la caída del dictador Muamar Gadafi. En aquella ocasión, los proyectiles disparados desde navíos estadounidenses sirvieron como ariete para abrir paso a las fuerzas aéreas de Francia y Reino Unido, países que desempeñaron el papel protagonista dentro de la operación 'Odisea del Amanecer'. EE UU cedía el mando a sus aliados y optaba por mantenerse en segundo plano. La acción militar se amparaba en la resolución 1973 aprobada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 16 de marzo de 2011 que autorizaba el uso de la fuerza para establecer una zona de exclusión aérea y para garantizar la protección de la población libia. Se daba así vía libre, gracias a las abstenciones de Rusia y China, a un ataque que culminaría con la muerte, el 20 de octubre de ese año, del 'perro loco de Oriente Medio', tal y como lo definió en su día Ronald Reagan.

Sangría incesante

Nada que ver con las dos operaciones que Obama heredó cuando se instaló en el 1600 de Pennsylvania Avenue. Irak y Afganistán fueron las guerras de George W. Bush. La primera fue siempre vista por el primer presidente negro de Estados Unidos como un tremendo error y la segunda tolerada como un mal necesario al que era preciso buscar una salida en cuanto fuese posible.

Estados Unidos atacó Irak el 20 de marzo de 2003. El objetivo: derrocar a Sadam Hussein. La excusa: las presuntas armas de destrucción masiva almacenadas por el régimen. Un argumento que el por entonces secretario de Estado, Colin Powell, debió vender en la ONU y que acabó demostrándose falaz. Casi cinco años después, Obama tomó el testigo de Bush gracias, en buena medida, al hartazgo de la población con una aventura que solo en 2007 se cobró la vida de 904 soldados estadounidenses. El mandatario demócrata había prometido durante su campaña poner fin a esta sangrienta empresa y lo hizo. El 18 de diciembre de 2011 se retiraba el grueso de los casi 50.000 militares que Washington mantenía movilizados en el país árabe. Atrás quedaban cerca de nueve años de pesadilla, 4.400 soldados muertos, 31.000 heridos y más de 800.000 millones de dólares gastados. A partir de ese momento sería el Gobierno iraquí el encargado de lidiar con una insurgencia que sigue perpetrando atentados casi cada día.

Por lo que a Afganistán se refiere, los bombardeos comenzaron el 7 de octubre de 2001. No había transcurrido ni un mes desde los atentados del 11-S cuando Estados Unidos lanzó un mar de fuego sobre los talibanes, los integristas islámicos que detentaban el poder en Kabul y que habían dado cobijo a Osama bin Laden, el hombre que se había convertido en el enemigo número uno de Washington. Derrocarles fue relativamente fácil. Otro asunto era cantar victoria. Para cuando Obama fue elegido, miles de soldados estadounidenses seguían luchando contra la insurgencia. Y a diferencia de Irak, el nuevo inquilino del Despacho Oval comprometió un incremento de tropas. No sería sino hasta el 1 de mayo de 2011 cuando EE UU se desembarazaría de Bin Laden. Y no lo localizarían en ninguna remota cueva de las montañas afganas sino en el vecino Pakistán, alojado en una fortaleza ubicada a apenas unos cientos de metros del equivalente paquistaní a West Point. Obama se cobraba la pieza a la que nunca pudo echar el guante su predecesor y ponía en marcha la retirada. A finales de 2014, la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), en la que Estados Unidos aporta el grueso de las tropas, finalizará una misión en la que han perdido la vida más de 2.000 militares estadounidenses.

Para entonces, Obama habrá logrado desembarazarse de las guerras legadas por la Administración republicana. Firme defensor de los 'drones', que han abatido a numerosos miembros de Al-Qaida, incluyendo algunos de sus líderes como el clérigo radical Anuar el Aulaki, muerto en Yemen durante el bombardeo de un avión no tripulado, será plenamente responsable de cualquier acción militar en la que Estados Unidos pueda verse empantanado. Alcanzada la victoria en Libia sin derramamiento de sangre estadounidense, el objetivo ahora es disuadir a cualquier régimen de cruzar las "líneas rojas" como presuntamente hizo El-Asad. Alejarse, en definitiva, de una inacción que aboque a "una intervención posterior más costosa".

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