Nadal se convierte en mito

El balear es el primer tenista en la historia en ganar ocho títulos de un mismo ‘Grand Slam’ gracias a su triunfo ante David Ferrer

VICTORIO CALERO
Nadal besa su octava 'copa de los mosqueteros'. / Afp | Atlas/
Nadal besa su octava 'copa de los mosqueteros'. / Afp | Atlas

Las peripecias con la raqueta de dos deportistas españoles protagonizan la tarde en París. La grada francesa, dividida entre la perplejidad y el recelo, aplaude pero sin mucho entusiasmo. Hay más tensión que golpes talentosos. Es una final. Las condiciones del partido no son buenas para Nadal: el cielo, repleto de nubes; la temperatura, fría. Incluso llueve a ráfagas, no lo suficiente como parar el duelo. Así sus golpes no son mortales. Pero es así como hace historia. Nada ni nadie le para. Ni siquiera Ferrer, que llegaba a la final sin haber cedido un set y con seis horas menos en pista que su oponente. Rafael Nadal Parera es insaciable.

Hace nueve años de la primera victoria de Nadal en Roland Garros. Su camiseta naranja sin mangas del momento y los pantalones piratas ya no existen. Sí perdura su sed de triunfos, esa que le lleva a ganar su octavo título en París. Enfrente, David Ferrer aguanta al principio del duelo pero acaba cediendo tras dos horas y 16 minutos por 6-3, 6-2 y 6-3. El trofeo convierte a Rafa en el primer jugador de la historia en lograr el mismo Grand Slam en ocho ocasiones. Un triunfo que le pone con un récord en París de 59 victorias por una sola derrota y que le otorga su séptimo torneo en este 2013. Parecen ya muy lejanos los siete meses de lesión; en estos momentos la gloria es suya.

Las primeras palabras del campeón fueron para su rival: Felicitar a Ferrer. Es un luchador. El ultimo año tuvimos momentos complicados. Nunca pensé que algo así podría ocurrir, añadió. Ferrer también tuvo halagos para su oponente: Él es el mejor. Tengo que seguir trabajando para hacerlo mejor. Espero que no sea la última final de Grand Slam. Felicito a Rafa por el récord. Si hay alguien que se lo merece es él, concluyó el finalista.

Durante el partido, a medida que transcurría el tiempo y aumentaban las prestaciones de uno y otro, las heridas de Ferrer se agigantaban. Los dos buscaban poner en marcha su plan, pero solo Nadal lo consiguió. Fue él quién franqueó todas las trampas que le planteó su rival. Extrañamente, el alicantino estuvo más lento que de costumbre y fue incapaz de hacer sufrir al balear. Cosas de la tensión. Como consuelo, el alicantino sube una posición en la clasificación y termina este Roland Garros como nuevo número cuatro del mundo. Nadal como quinto. Todo tras su novena final y séptimo título en el 2013.

Nadal, intratable

El inicio del partido confirmó, por si había alguna duda, que se trataba de una final de Roland Garros. Los nervios pesaban y bloqueaban a ambos. Eso propició errores y fallos inexplicables. La mano temblaba. Así, loco y confuso, empezó un encuentro que entró en calor rápidamente. El que mejor saltó a la pista fue el alicantino, que se puso 3-2 a su favor. Hasta ahí llegó Ferru. A partir de ese momento su rival se ajustó y comenzó a triturarle. El partido se jugaba de la derecha del manacorense al revés de su oponente. Así era imposible para el alicantino. Del 2-3 se pasó al 6-3 del balear.

Un alud de derechas ganadoras invadió el inicio del segundo acto. Ferrer se había desenganchado. Por eso cedió un parcial de 7-0. La bola de Nadal era imparable y, mientras tanto, Ferrer andaba totalmente bloqueado. Debe ser difícil medirte a un rival que te ha ganado las 16 últimas veces sobre tierra batida. De vez en cuando se animaba con su derecha. A veces se acordaba de cortarle el ritmo al manacorense, de llevarlo a la red y de hacerle dejadas. Pero era imposible.

El ya ocho veces campeón de Roland Garros estaba más agresivo que nunca. Dentro de la pista era incontestable. No mostraba debilidades, solo virtudes. En medio de ese vendaval, un espontáneo con una bengala en la mano saltó a la pista y paró el partido. Poco tiempo, lo suficiente para que el público parisino, muy callado todo el partido, se avivase y rechazase el acto. Perdió ese juego Rafa, pero inmediatamente después cerró el set.

Los puntos clave eran de Nadal. El alicantino luchaba pero cedía. Sin embargo la lluvia fue incrementando su intensidad. El duelo fue perdiendo ritmo, algo bueno para Ferrer, que se animó. Él y la grada, que se arrancó con un ¡David, David!. Con 3-3, tuvo bola de 'break', pero tres errores no forzados sepultaron sus opciones. El manacorense era el campeón. Y ya después de que Usain Bolt le entregase la Copa de los Mosqueteros, volvió a vivir un instante eterno: la octava vez que levantaba el trofeo y escuchaba el himno español. Nadal, que no tiene límites, ya ha alcanzado lo imposible. París ha glorificado al mejor tenista sobre tierra batida de la historia.

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