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PERFIL DE JAVIER GÓMEZ BERMÚDEZ

El juez del 11-M

Impenetrable e impredecible, sus mejores momentos en la Audiencia Nacional le granjearon enemistades manifiestas en el PP

07.04.13 - 13:18 -
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Javier Gómez Bermúdez, malagueño de 50 años, era considerado un bastión del PP por su rígidez con los etarras cuando era juez de vigilancia penitenciaria. De la conservadora Asociación Profesional de la Magistratura, llegó a la Audiencia en 1999 y ha pasado por todos los puestos de la Sala de lo Penal, que presidió entre 2004 y 2012 hasta que los vocales conservadores del CGPJ le retiraron su apoyo por el de Fernando Grande-Marlaska.

Impenetrable e impredecible, según su entorno, sus mejores momentos en la Audiencia -juicio del 11-M, vista oral del Yak-42- le granjearon enemistades manifiestas con prohombres del partido como Federico Trillo. El coletazo final fue, a juicio de los populares, la medalla al mérito policial que le concedió Alfredo Pérez Rubalcaba cuando era ministro del Interior por su "impulso en la lucha contra el terrorismo". Y es que Bermúdez no oculta que fue el "padre" de la 'doctrina Parot' cuando presidió la sección primera.

Así, el temor a que la silueta del ahora instructor proyecte en la calle Génova es real. El último ejemplo fue en verano pasado cuando el instructor acusó al ministro Jorge Fernández Díaz de revelación de secreto por el 'caso Publio Cordón'.

Un admirador del Quijote

Algo de ciprés tiene el ya conocido como juez del 11-M. Respetuoso, severo y de enérgica rectitud, dentro de la Audiencia Nacional. Divertido y afable, fuera de ella. Salvador Francisco Javier Gómez Bermúdez, casado con la periodista Elisa Beni, se convirtió en juez con 25 años (estudió Derecho en Granada) y comenzó a trabajar en municipios pequeños como Torrox y Montilla antes de dirigir el Juzgado de lo Penal número 2 de Almería. Allí estuvo una década, llegando cada mañana a bordo de una potente motocicleta BMW, una de sus pasiones, junto con las nuevas tecnologías.

"Le tiene un profundísimo respeto a la institución judicial y promueve que los demás lo tengan también", aseveran sus conocidos, quienes acentúan su halo de trabajador infatigable dotado de un gran intelecto. "Sabe divertirse, pero la reflexión y el afán de conocer le han marcado siempre". "Es un intelectual y el que apaga la luz al salir; no le importa meter horas", subrayan sus colegas.

Tal talante resulta mesurable: llegó a dictar más de medio millar de sentencias al año -los retrasos en la Justicia le rechinan porque "perjudican al inocente"- y ha intervenido en casos de una delicadeza extraordinaria, como la ejecución de la sentencia del Banesto, la condena a UGT por el fraude de la PSV o el proceso a la cúpula de ETA detenida en Bidart (Francia).

La conciencia del nieto

Conjura el peligro con música y lectura. Tiene por ley leer una vez al año 'El Quijote', su obra preferida. Regla número dos: la fe en la Justicia cabe en una medalla. Del cuello del presidente del tribunal del 11-M cuelga un medallón. Pertenece a la época de Alfonso XIII y es el que su abuelo Francisco Bermúdez recibió cuando alcanzó el grado de togado. En 1937, vapuleado por la cólera de los tiempos, decidió guardarlo y pidió a su esposa que, si alguno de sus descendientes se convertía en juez, le hiciera entrega del distintivo. El mismo día de 1987 en que aprobó la oposición en Madrid, el joven Francisco Javier -hijo de un prestigioso abogado- viajó a Málaga. Esa noche, la abuela le contó la historia. Y don Francisco Bermúdez ha vuelto desde entonces a impartir la Ley. Sobre el corazón de su nieto. Un medallón es, a veces, un faro.

Nadie ha logrado conocer las confidencias que aquel noble veterano hizo durante horas a su nieto, sentado al lado de su cuna como solo un abuelo sabe sentarse junto a su nieto. Pero a éste le ha quedado un inequívoco respeto a la tradición de la Justicia, a la memoria de la ética y un "gusto por la docencia", como demuestra el hecho de que sea profesor de la Universidad Europea de Madrid.

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