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El cónclave más largo de la historia

11.03.13 - 19:37 -
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El cónclave más largo de la historia
Fachada de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. / Archivo

Cuando los 115 cardenales se reúnan para elegir al sucesor de Benedicto XVI nadie duda de que las deliberaciones serán rápidas. De hecho desde comienzos del siglo XX ningún cónclave ha durado más de cuatro días. Sin embargo, no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que los fieles debieron esperar meses e incluso años para que el Espíritu Santo tuviera a bien indicar a los purpurados el nombre del Papa. El cónclave que eligió a Gregorio X posee el récord de duración: 34 meses, casi tres años. La silla de Pedro quedó tanto tiempo vacía que se tomaron medidas tan drásticas como el encierro de los cardenales en la sala de deliberaciones o el racionamiento de los alimentos de los purpurados. Tanto se prolongó el cónclave, que durante el proceso perecieron tres de los cardenales electores.

En noviembre de 1268 el Papa Clemente IV falleció en la ciudad de Viterbo (Italia). En ese momento comenzó la ‘sede vacante’ de la Iglesia Católica más prolongada de sus 2.000 años. Los 19 cardenales se reunieron en cónclave en la catedral de la misma ciudad donde había fallecido el Pontífice (como era habitual en la época). Sin embargo, en el siglo XIII los cardenales disponían de una mayor libertad que en la actualidad durante el proceso. De hecho, no estaban incomunicados con el exterior, salían y entraban del recinto religioso cuando querían y hablaban con quienes quisieran. Se producía una votación diaria y, en caso de no haber acuerdo, los cardenales regresaban a sus aposentos de la ciudad.

Así fueron pasando las semanas con votaciones infructuosas. Los cardenales estaban divididos en dos grandes facciones. Por un lado los partidarios del Rey de Nápoles y Sicilia, Carlos de Anjou, (que representaba los intereses de Francia) y por otro lado el grupo de cardenales italianos. Una vez más se desató una soterrada guerra de poder en la cúpula de la Iglesia. Estrategias, pactos y traiciones. Casi un año después, la impaciencia ya hacía mella en los fieles. Pero también en los reyes y nobles de la cristiandad, todos interesados en que el obispo de Roma fuera cercano a sus propósitos. Para acelerar el proceso, los cardenales fueron recluidos en el Palacio Papal de Viterbo, donde permanecieron incomunicados. Era el primer aviso.

Sin embargo, la medida resultó insuficiente y el ‘habemus papam’ se resistía. Además, cada vez quedaban menos cardenales electores, y es que tres fallecieron durante el tiempo que duró el cónclave. Los magistrados de la ciudad de Viterbo decidieron aumentar la presión sobre los purpurados y racionaron los alimentos. Además, se retiró parte del techo del palacio para que las inclemencias meteorológicas apremiaran a los cardenales a decidirse por un candidato. Pero las medidas de presión no daban resultado.

Nuevo Papa, nuevas reglas

En septiembre de 1271 la situación ya era insostenible. Felipe III de Francia obligó a los purpurados a designar un reducido comité formado solo por seis de los cardenales electores para designar un candidato de consenso. Con la amenaza de Francia ya sobre sus cabezas y el riesgo a posibles cismas, el comité eligió a Tebaldo Visconti como máximo pontífice. Sin embargo, había un problema. Visconti no era sacerdote, sino diácono y además se encontraba en Tierra Santa, concretamente en Acre como legado papal. Cuando fue informado emprendió el camino a Roma, donde fue ordenado sacerdote y posteriormente obispo, requisito imprescindible para ser Papa. Finalmente, el 27 de marzo de 1272 adoptó el nombre de Gregorio X para ejercer su pontificado.

La Iglesia Católica ya tenía nuevo líder. Sin embargo, la imagen había quedado deteriorada por el largo interregno sin un Pontífice. Para tratar de evitar que algo tan bochornoso sucediese, Gregorio X reformó el sistema de cónclave mediante el 'Ubi periculum', donde fijó que los cardenales quedarían incomunicados y verían reducida su ración de alimentos progresivamente a partir del cuarto día. El sistema pretendía acabar con las eternas luchas de poder entre la jerarquía eclesiástica. Solo se aplicó en el siguiente cónclave. Posteriormente se suprimió y las intrigas de la Curia volvió a dominar las elecciones papales.

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