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Las flores huérfanas de Arcadio

¿El bebé robado más anciano de españa?

Las flores huérfanas de Arcadio

27.01.13 - 22:10 -
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Hay un hombre de 85 años que busca una tumba por toda España para depositar unas flores. Se llama Arcadio Mas Castelar y lleva toda su vida queriendo saber quién era su madre. Hace doce años viendo uno de esos programas televisivos de reencuentros familiares se le caían las lágrimas pensando que él nunca había podido conocer a la mujer que le trajo al mundo. Inició los trámites sin saber que el camino sería largo y tortuoso, con peregrinaciones por distintas administraciones, el vacío de muchos funcionarios cuando no su desdén, e interminables y complejos papeleos. El vuelva usted mañana del siglo XXI. En ese viaje también contrató un abogado que “me estafó 1.500 euros”, recibió la ayuda de un fiscal humanitario que le abrió las puertas que se le cerraban, y encontró un fiel aliado en Ricardo López, de la Asociación Sos Niños Robados de Gerona. Hace escasamente un mes, a Arcadio Mas Castelar (Barcelona, 1927), la Diputación de Barcelona le entregó en mano un documento con el nombre de su madre biológica: Rosa Barbosa Tomás. Cuando se echó el papel a la cara, a Arcadio se le derramaron unos lagrimones como puños, como si sus ancianos ojos llevaran toda la vida esperando ese baño salado que le ha regalado un halo de esperanza.
Arcadio solo tiene un nombre, dos apellidos y poco más, pero ese papel arrugado de tanto leerlo es su vida. Tras doce años de sinsabores, ese documento le ha devuelto la ilusión de un niño. Sabe que el tiempo no corre a su favor y no quiere perderlo, por lo que ha emprendido la búsqueda de alguna pista que le conduzca hasta su madre. ¿Por qué una persona de 85 años prefiere entregarse en cuerpo y alma a localizar una sepultura en vez de disfrutar con tranquilidad de los últimos años de su vida? La respuesta está en su historia.
Una niñez terrible
La niñez de Arcadio no fue niñez. Fue algo peor que una pesadilla, un castigo, una terrible existencia que le dejó marcado para siempre por culpa de unos padres adoptivos que jamás le regalaron un beso, un abrazo, una caricia, unas palabras de cariño. Rosa Barbosa Tomás, madre soltera de 27 años, modista humilde y sin apenas recursos, prefirió dejar a su hijo al cuidado temporal de unas monjas de la Maternidad de Barcelona hasta enderezar su economía y regresar para hacerse cargo de él. Antes de poder hacerlo, Arcadio fue entregado en adopción (él está convencido que las monjas lo vendieron) a un matrimonio de la montaña de Lérida que acababa de perder a su único hijo. La mujer murió al poco tiempo y el hombre se volvió a casar. Sus nuevos padres lo maltrataron. “Jamás me llevaron a la escuela. Solo me querían para trabajar, para cuidar el rebaño; me molieron a palos. Yo dormía en un corral de burros, me sentía despreciado, era tratado peor que los animales, el que era mi padre me puso una noche un cuchillo al cuello cagándose en la madre que me parió. Eso jamás se olvida. Era un fanático que me apalizaba, y ella… ella era igual. Era su esclavo”. Arcadio lo cuenta como si lo estuviera viviendo, como si no hubieran pasado ochenta años de aquella tortura infantil. Cuando cumplió los doce, se largó de aquella casa y buscó refugio en una hermana de la primera esposa del diablo de su padre adoptivo. Se llamaba María. Pasó su adolescencia trabajando como pastor en las montañas, y aunque ya no recibía palizas, cada vez que bajaba al pueblo, los chavales se metían con él por ser “un expósito”, un niño abandonado por su madre. “Los niños son crueles. Yo he llorado mucho por no tener una madre. ¡Cuánto la he echado de menos! ¡cuánto dolor!”, dice con el corazón roto y recordando sus amarguras por tener que escuchar que era hijo de unos desconocidos o que su madre “era una puta”.
Arcadio fue siempre un inconformista. Su empecinamiento en cambiar la vida errante de pastor por otra más fructífera pronto dio sus frutos. A los 18 años aprendió el oficio de albañil y cuando en invierno era complicado trabajar, acudía al colegio, donde un maestro, previo pago de cien pesetas mensuales, le enseñaba las letras y los números. “Quería saber leer y sumar… ¡qué menos!. Yo era muy bueno con las manos… si hubiera podido estudiar creo que habría podido llegar a ser un buen arquitecto”, se sincera. A los 20, emigró, primero a Andorra, y luego a Francia, a Toulouse. Se casó y tuvo cinco hijos (dos chicos y tres chicas) que le han dado tres nietos. En Francia se ganó bien la vida como albañil, y ya jubilado regresó a España, a San Miguel de Fluviá, un pequeño pueblo de apenas 700 habitantes del Alto Ampurdán, en Gerona, donde sigue viviendo en la casa que se construyó con sus propias manos.
"Pasó algo raro"
Pero en todo este tiempo, Arcadio, que enviudó hace unos años, nunca olvidó a su madre, a la que jamás conoció, pero sobre la que necesitaba saber algo. “Yo estoy seguro que mi madre no quiso abandonarme. Creo que en la Maternidad de Barcelona se aprovecharon de que era una madre soltera, sin dinero y seguramente analfabeta, para hacerle firmar con un garabato cualquier documento de renuncia. En aquellos años, 1927, quién iba a ayudar a una joven sin marido y con un bebé. Ahí pasó algo raro. Estoy seguro que me vendieron”.
El antiguo pastor quiere gastar los últimos cartuchos de su vida en localizar a su madre. Lleva doce años haciendo gestiones. Al principio (y casi al final también) todo fueron problemas. Gracias a un convenio entre la Diputación de Barcelona y la Generalitat, consiguió que las instituciones localizaran en los archivos el documento donde consta el nombre de ella. Acceder al registro no le resultó sencillo. La mediación del fiscal de Gerona encargado de investigar los casos de niños robados en esa provincia le abrió las puertas que se le estaban cerrando. “Este fiscal demostró una enorme humanidad. Se dio cuenta de que, a sus 85 años, Arcadio no podía esperar meses de papeleo para poder tener acceso al documento”, cuenta Ricardo López Martín, tesorero de la Asociación Sos Niños Robados de Gerona y la persona que más ha ayudado a Arcadio en esta aventura. Ricardo está convencido de que Arcadio no fue entregado en adopción voluntariamente.
Ya iba siendo hora de que Arcadio conociera a su madre, que hoy tendría 112 años, así que sin más demora y con el respaldo de la Fiscalía, Arcadio y Ricardo se encaminaron un día de diciembre a la Diputación de Barcelona. “Cuando le dieron el papel y leyó en un renglón ROSA BARBOSA TOMÁS ,le empezaron a temblar las piernas y lloró como un niño”, recuerda Ricardo.
¿Quién era Rosa? ¿Dónde está enterrada? ¿Le entregó realmente en adopción? ¿Obró alguien de mala fe?, son algunas preguntas que Arcadio se formula. En este tiempo ha podido averiguar que su madre tenía otras dos hermanas, y que seguramente ella, o una de sus hermanas, se ganaba la vida como modista. También ha sabido que Rosa tuvo otros seis hijos y que nunca se casó. “Tengo dos hermanas y cuatro hermanos y no hay cosa que me gustaría más que saber de ellos, o de algún primo, o sobrino que me conduzca hasta mi madre”. Saber quién era su madre ha sido la alegría más grande de su vida, una vida de novela. Y ahora solo espera escribir el último capítulo depositando unas rosas, hoy aún huérfanas, en la tumba de otra Rosa.
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