El horror en la vida cotidiana

Errata Naturae publica ‘Huellas’, de Ida Fink, una colección de cuentos que relata con sutileza las atrocidades del Holocausto

ANTONIO PANIAGUAMADRID
La escritora polaca Ida Fink. / RC/
La escritora polaca Ida Fink. / RC

El filósofo Theodor Adorno dudada que se pudiera escribir un poema después de que aconteciera el horror de Auschwitz. Explicar lo inexplicable es una tarea que exige años de maduración. Sobreponerse a las atrocidades perpetradas contra los judíos y tomar la pluma para describir lo terrible se antoja una tarea de titanes. Pero eso es doblemente valioso el libro Huellas (Errata Naturae), una colección de 20 relatos escritos por la polaca Ida Fink, que sufrió en carne propia la barbarie nazi y que estuvo confinada en el campo de concentración de Zbaraz, su ciudad natal, en plena juventud, a los 20 años.

Los cuentos que alumbró Fink describen la devastación que supuso en la vida cotidiana la persecución del pueblo semita, y lo hizo con resonancias tonales que evocan al mejor Chéjov. No en balde algunos estudiosos se refieren a Ida Fink como la Chéjov del Holocausto. Como el maestro ruso, Fink ama el detalle, muestra su destreza en la narración de sucesos aparentemente nimios pero que revelan el dolor de la pérdida. Las historias que se agrupan en Huellas están habitados por personajes que viven el dolor y el espanto y, por vivir insertos en lo terrorífico, se aferran con denuedo a la vida.

Ida Fink se sintió con fuerzas suficiente para contar aquellos sucesos ominosos muy tarde, en 1971, cuando tenía 50 años. Se ve que tolerar el pavor requiere un largo proceso de sedimentación. En estos casos, la literatura más que nunca se convierte en un intento de trasponer los límites del lenguaje. Aunque Ida Fink vivió muchos años en Israel, nunca abandonó el polaco como herramienta de escritura. Eso sí, en solidaridad con los escritores polacos que sufrieron la censura comunista, se negó a publicar en su país, lo que hizo de ella una especie de apátrida de las letras.

En Huellas contemplamos a una estudiante que se va acercando a la muerte sin haber conocido el amor; se habla de una pareja abocada a sobrevivir enclaustrada en un desván; se describe a personajes errantes en busca de sus familiares desaparecidos. Como Primo Levi, la autora de Huella deja que los hechos hablen por sí solos, para que sea el lector el que juzgue en última instancia. Al fin y al cabo sobran los adjetivos para relatar semejante inhumanidad. Fink apela a la sutileza y prescinde de llamar por su nombre a esos recintos del exterminio que fueron los campos de concentración montados por el Tercer Reich.

"El arte del fragmento"

Para explicarlo en palabras de los editores de Errata Naturae, la de Ida Fink es una escritura que, como Szymborska en la poesía, no busca lo épico, lo trágico, lo sublime, sino que es portadora de lo mejor del arte del fragmento, que ennoblece y metaforiza la cotidianidad, el detalle, el evento, y los inserta líricamente en un contexto que trasciende una realidad que sólo en apariencia es insignificante.

Ida Fink logró escapar del campo de concentración en 1942. Unos documentos falsos que daban fe de que ella y su hermana eran de origen ario sirvieron a las Fink para conseguir el pasaporte a la libertad. Todas las peripecias que sufrieron en ese peregrinaje por Europa están reflejadas en un libro delicado y bello, El viaje, editado en 1991 por Mondadori y que cosechó el Premio Anna Frank de literatura.

Ida Fink falleció en septiembre de 2011, a los noventa años de edad. Murió en Israel, donde trabajó en una biblioteca musical. En 1995 se hizo acreedora del Premio Yad Vashem, la más alta distinción que se concede para honrar a la literatura sobre el Holocausto. En 2008, el director de cine Uri Barbash dirigió la película Spring 1941, basada en su trabajo. El libro está editado en colaboración con el Centro Sefarad Israel, dentro de la colección Papeles de Sefarad, que dirige Mercedes Monmany.

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