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Una bomba para la tía

04.11.11 - 12:14 -
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Una bomba para la tía
Marisa pasea tranquila por la playa de Ereaga. / Bernardo Corral
Victoria tiene 3 años y una curiosidad tremenda por la misteriosa caja envuelta en papel marrón que acaba de llegar a casa de sus abuelos. Es para su tía favorita.
– ¡Abuela, abuela, dámela! Es un regalito para la tía. ¡La quiero abriiiiiiiiiir!
María Jesús cede, pero llama inmediatamente a su destinataria, la periodista y delegada de Antena 3 en el País Vasco, Marisa Guerrero. Por si acaso. Es un envío de la patronal vasca a través de una empresa de mensajería de confianza, pero el nombre de su hija ha salido en las listas de ETA y desde hace año y medio va y viene con escolta.
– ¿Un paquete? ¿En casa? ¡Ama, por favor! Quítaselo a la niña con mucho cuidado, colócalo lo más alto que puedas y salid de allí. ¡Ya!
A Marisa no le falló el instinto aquel 17 de enero de 2002. Los etarras, a los que hoy verá en la Audiencia Nacional, fracasaron con su trampa cobarde, con esos 230 gramos de dinamita envueltos en estraza que debían destrozar la vivienda familiar y a todo el que estuviera dentro, fuese una señora mayor y de salud delicada o una niña tan pequeña que no supo abrir la maldita caja. El dispositivo, con su nitrato de amonio, su nitroglicerina, su serrín... alimentado por dos pilas alcalinas, cada una con dos conexiones, era perfecto. Para asegurar el resultado letal impidiendo cualquier defensa de la víctima, la bomba se accionaba por un sistema de tracción a la apertura de la caja. Victoria lo intentó durante varios minutos, pero no pudo con el paquete. Por fortuna.
La periodista llamó un segundo después a la Ertzaintza. Y se confirmó lo peor. Sabían de una furgoneta con tres paquetes-bomba dando vueltas por Bilbao. Una para el periodista Santiago Silván, de Radio Nacional, que al recibirla en su casa de Getxo sospechó desde el primero momento y alertó a la Policía vasca. La segunda, para el vicepresidente de Vocento, Enrique Ybarra, que fue interceptada en el propio vehículo de reparto. La tercera era la de Marisa y explotó tres horas más tarde en el jardín de la urbanización donde vivía con sus padres, en Leioa, a las afueras de Bilbao. Tres horas en la estantería del salón de casa entre enciclopedias de Periodismo, una biografía del juez Garzón, un tomo de los pueblos de Málaga, tierra natal de su padre, y mansamente apoyado en la portada de una obra maestra del antibelicismo, ‘Por quién doblan las campanas’, de Ernest Hemingway. Tres horas hasta que los artificieros consiguieron volarla sin herir a nadie.
Las secuelas
El lugar del crimen, por desgracia, es una vieja estampa del País Vasco. Profesionales como Marisa o como su padre, Antonio Guerrero, exdirector de EL CORREO y maestro de varias generaciones de periodistas, conocen de sobra esa triste familiaridad que acompañaba al reportero –ojalá sigamos escribiendo en pasado– cuando visitaba esos portales, calles y cuarteles donde han reventado la vida de tanta gente. Fotógrafos disparando al drama, unidades móviles alineadas en la acera de enfrente, ese vecino medio oculto tras las cortina, la luz azul y heladora de la Policía. Todo recuerda a algo ya visto. Pero la foto que hoy se muestra aquí (arriba a la derecha), tomada hace nueve eneros, es inédita. Hasta la fecha desconocíamos el aspecto que tiene una bomba alojada en la biblioteca de casa; podría ser la de cualquiera. Junto a las lecturas de una familia que decidió quedarse en su tierra leyendo a escritores de todas las tintas, defendiendo la libertad y el valor supremo de la vida. La hermana de Marisa –la mamá de Victoria–, que también estaba en la casa de los padres cuando llegó el paquete, con un bebé en brazos, lo ha pasado fatal. Lo normal en el caso de cualquier madre que se imagine a su niña jugando con una bomba. Aquello también se llevó un buen trozo de la salud de la madre de Marisa, que hasta su fallecimiento hace ahora tres años, temió por la vida de su hija.
Marisa afronta desde aquel 17 de enero una vida «semiclandestina» acompañada por dos escoltas y un coche con inhibidores. «En el momento que interiorizas que alguien te quiere matar se produce un quiebro vital. La sorpresa es mayúscula. Por el hecho de ser periodista, de trabajar en un medio de comunicación en el País Vasco que defiende una sociedad tolerante, democrática y pacífica, quieren acabar contigo, te colocan en su diana. Desde entonces, mi vida, como la de tantos otros, se convirtió en una cárcel. Nadie se imagina lo que es vivir sin libertad. Hay un terror a poner en peligro a la gente que quieres. Vas restringiendo tus movimientos hasta que te asfixias y para poder tomar aire debes salir del País Vasco».
Entonces tenía 41 años y las ideas tan claras como hoy. No se ha sometido a una preparación especial para enfrentarse a dos de los tres etarras que quisieron matarla. Idoia Mendizabal, ‘Ilargi’, y Asier Arzalluz escucharán esta mañana cómo el fiscal pide para cada uno de ellos 19 años, 11 meses y 29 días de cárcel por un asesinato terrorista en grado de tentativa. La misma pena, la máxima por este tipo de delito, le reclama el fiscal al que fuera jefe militar de ETA entre 2003 y 2008, Garikoitz Aspiazu Rubina, ‘Txeroki’, en la actualidad preso en Francia, que supuestamente dio la orden del atentado. Los tres miembros del comando Olaia acumulan un macabro historial. Aunque les reviente, también tendrán que escuchar a la mujer que trataron de eliminar hasta tres veces «por defender una Euskadi en la que cabemos todos los que queremos convivir pacíficamente desde la diversidad de ideas. Lo único que quiero es que se haga justicia, declararé tranquila pero firme. Contaré los hechos como ocurrieron. También lo que sufrimos yo y mi familia».
En su relato saltan anécdotas que visualizan la angustia que le estruja el alma desde que el 18 de septiembre de 2000 el entonces consejero vasco de Interior le comunicó que ella y su padre eran objetivo de ETA. Once años de sustos terribles, como el que sufrió a los pocos días de recibir la bomba. Ese invierno de 2002 volvía tarde a su casa. Un escolta entró en el portal. El otro se quedó detrás de ella, en la acera, y de repente, apareció un chico corriendo. «Yo me dije ‘viene a por mí, ¡me va a matar!’. Entonces conocí el miedo, una sensación que he sentido muchas veces en estos años». Lo volvería a oler, a palpar, más veces. Un año más tarde, el 14 de junio de 2003, ETA colocó 30 kilos de explosivos en un coche aparcado en la puerta de su trabajo, en las instalaciones de Antena 3 en Bilbao. Falló el detonador y, una vez más, la Ertzaintza lo desactivó. El 5 de septiembre de ese mismo año apareció de nuevo y junto a su padre en las listas de los asesinos. Y el 31 de diciembre de 2008 no le dejaron comer las uvas en paz. Esta vez sí, ETA consiguió pulverizar un edificio enorme y acristalado en Bilbao, sede de algunos medios como ETB o Antena 3. Una furgoneta con 100 kilos de explosivos arrasó su despacho.
"Que no salga gratis"
«Vivir bajo esta pesadilla durante más de once años ha sido una carga, a veces, insoportable. Ahora quiero que se haga justicia, que todo el peso de la ley caiga sobre ellos. Quiero que sean conscientes de que asesinar, extorsionar, secuestrar, amenazar... no sale gratis. En un Estado de Derecho, la ley debe cumplirse. Ésa es la base sobre la que hemos construido una sociedad democrática».
Por la sala de vistas desfilarán esta mañana una veintena de agentes, dos psiquiatras, además de dos de los tres acusados y su víctima. Hablarán de pruebas periciales e informes médicos.
Marisa Guerrero quizás no tenga oportunidad de agradecer la labor a tantos ertzainas, policías, guardias civiles, escoltas, jueces y fiscales que han velado por su vida y por las de muchos otros. No quiere olvidarse de ellos. Tampoco «de los resistentes que han aguantado con pie firme y a cara descubierta, aunque les fuera la vida en ello. Los que no arrojaron la toalla». Por todos ellos, por las familias de las víctimas que aguantaron el dolor y la indiferencia, Marisa reclama un relato veraz de lo ocurrido, el reconocimiento del daño causado y el perdón a las víctimas en esta nueva Euskadi que trata de asentar la paz tras anunciar ETA el cese definitivo de la violencia. Ni Idoia ni Asier se excusarán esta mañana, pero Marisa no se rinde. Eso sí, cada 17 de enero celebra su otro cumpleaños y da gracias por que Victoria no consiguiera abrir el ‘regalo’ de la tía.
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