No se trata de cumplir el aforismo jesuítico «en tiempos revueltos no hacer mudanza» sino de, reconociendo la derrota, apelar a la calma y la autocrítica, para aprender algo de la situación creada a los socialistas en España. Derrota de dimensiones desconocidas, no por inesperada, sino por el desplome que sus datos significan.
Espero que los socialistas aborden esto con calma y responsabilidad. Y con tranquilidad; la vida sigue. Es el momento de demostrar capacidad de reflexión, sin precipitaciones y desde la solidaridad interna, buscando la complicidad recíproca y la implicación colectiva. El PSOE debe encontrar la serenidad que le aportan tantos años de historia y tantas situaciones distintas vividas por un partido más que centenario.
Y autocrítica; mal empezaríamos echando balones fuera y buscando explicaciones simplistas. La derrota ha sido tremenda: 10 puntos de diferencia respecto al PP, más de 2.200.000 votos. Si este hubiera sido el resultado de unas elecciones generales, el PSOE rompería hacia abajo su suelo histórico desde 1977 (el cosechado por Joaquin Almunia en el año 2000, 125 diputados en el Congreso) bajando hasta 116 escaños.
Autocrítica: ni la acción del Gobierno ha sido la adecuada, ni la explicacion de la misma ha sido adecuada. Tampoco el PSOE ha renovado sus mecanismos de relación con la ciudadanía, al contrario, se ha ido convirtiendo más en una estructura de poder que en un instrumento societario.
Todo esto ha afectado a la línea de flotación del PSE-EE y a la meritoria acción del Gobierno vasco, que no se ha reflejado en las urnas, obteniendo un resultado muy escaso, en torno al 17% de los votos de Euskadi.
Una crisis económica al principio negada y luego mal diagnosticada. Una reforma laboral sin consenso con las centrales sindicales, con huelga general por medio. Ajustes en lo más fácil: funcionarios, empleados públicos y pensionistas, tras políticas expansivas neoliberales (cheque-bebé, deducción fiscal universal de 400 euros, plan eñe -pan para hoy, hambre para mañana-). Medidas ineficaces para crear empleo y tomadas prácticamente en solitario, sin capacidad de implicación de otras fuerzas sociales y económicas.
La presidencia de la UE, esa oportunidad de gran escaparate para España, pasó con más pena que gloria. España fue diluyendo su peso en Europa y su política económica empezó a ser dictada desde Bruselas, a tenor de las exigencias de la Alemania de Merkel.
De esa responsabilidad no nos escapamos nadie: tanto la tiene el Gobierno, como el conjunto de los grupos parlamentarios que hemos apoyado con el voto todas las medidas adoptadas.
Hay una cuestión particularmente dolorosa para quien esto firma: el tema ETA, la liquidacion final de la organizacion terrorista, se ha conducido políticamente, en los últimos meses, de una manera inadecuada. La gran victoria sobre ETA, que ha obtenido la ciudadanía, que les ha conducido a una situación de práctica extinción, se ha gestionado sorprendentemente mal por parte de nuestros gobernantes. Estos meses de 'no legalización', de Sortu, de Bildu, han transformado la participación electoral de la izquierda abertzale en un triunfo para ellos. Se les ha hecho la campaña electoral. La conversión de «balas en votos» lejos de valorarse como un gran triunfo de los demócratas, ha constituido, en la práctica, una victoria de ellos. La sumisión del Gobierno a las presiones del PP ha afectado directamente al PSE-EE y al Gobierno vasco, que tan bien ha conducido la política de 'tolerancia cero' frente al terrorismo.
Inaceptable en esa tesitura el papelón jugado por algunos dirigentes del PP como Jaime Mayor Oreja y su corifeo mediático. ¡Qué indecencia tratar a Patxi López, a Odón Elorza, a Jesús Egiguren como socios de los terroristas, y a Antonio Basagoiti de tonto útil! ¡Qué desatino achacar a quienes más han hecho contra ETA la complicidad para su continuidad! En la extrema derecha española, tan presente entre los duros del PP, la democracia es algo instrumental: solo les vale si les favorece, y es evidente que han intentado la perpetuación de ETA para justificar su propia existencia.
Queda mucha tarea: reconocer los errores, acertar en el diagnóstico y valorar otras formas de acción política, como las que se expresan en tantas plazas del país estas últimas semanas. Escuchar a toda esa gente, que ni vivió la sacralizada Transición, ni votó la intocable Constitución: ahí hay mucha energía popular, democrática, a la que los socialistas no pueden hacer oídos sordos. Cualquiera que pase unas horas en la Puerta del Sol, puede asistir al difícil parto de un nuevo movimiento, responsable, pacífico, una corriente renovadora de la acción política.