El -o la; se encuentra en ambos sexos por igual- torpe social es uno de los pocos personajes evitables cuyo esbozo de retrato subjetivo me faltaba por perpetrar. Ya había pasado por la quilla al zafio repulsivo, al patán ineducado, al tonto de turuta, al tonto de elite, al bueno abominable, al pesado incontinente, al pesado Winchester -de repetición-, al vampiro que te chupa la energía y al sincero impertinente. Pero no había tocado -de lejos, con un palo; como le dio el cura la extremaunción al feo Picio- todavía al torpe social en la galería de elementos que hacen la parte de la vida obligadamente gregaria aún más desagradable. Procedamos con el espécimen.
El torpe social comparte naturaleza con el sincero impertinente. Con la diferencia de que este último suele ser tonto y el torpe social, no siempre. De hecho, conozco a alguno dotado de cierta inteligencia. Lo que caracteriza al torpe social no es tampoco la mala voluntad o el afán de mostrarse agresivo y faltón. Lo que le lleva a meter la pata y resultar ofensivo es su necesidad de intervenir en una situación social que le resulta incómoda por su envaramiento, artificiosidad o languidez. A este tipo de torpe, un páramo de silencio durante una de esas situaciones le produce angustia existencial. Entonces, para aliviarla, trata de romper el hielo y quiebra el silencio con lo primero que se le pasa por la cabeza, sin filtrarlo. Y puede decirte de repente y fuera de contexto, porque no lo hay: «Qué gordo estás». A lo que por educación, la que a él se le obtura por su particular incomodidad, le respondes -como diría mi amigo Manuel Jabois-: «Como una tapia». En vez de una contraofensiva con la misma campechanía: «Pues yo a ti te veo igual de tonto que siempre.»
Ésta es la esencia del torpe social: su carente sentido de la oportunidad y la improcedencia de sus comentarios. Lo que no sé es si después se aplica una autocrítica y se da cuenta de la antipatía que ha generado su torpe observación falta de tacto. Probablemente no, sino todo lo contrario, porque lo único que ha pretendido es animar el cotarro en estado mortecino.
Pero con todo, éste es el tipo de torpe más venial. El peor es el de la clase rinoceronte que carga y hace alunizajes en un escaparate de cristalería de Murano. En esta subdivisión del torpe social, a la falta de tacto se une el peligroso aditivo de que es un enterado. Por ejemplo: «¿Qué tal está tu padre?». «Bien. Ha salido todo muy bien». «¡Bah! Pero no creas. A esas edades, después de una operación de ese tipo, duran muy poco».
Claro que igual estoy equivocado y el torpe social no es inocente, sino que practica su arte con insidia y mala leche. Hay gente muy buena para el rencor, pero no puede evitar la debilidad de mostrarlo. «¡Cuánto tiempo sin verte! Si creía que te habías muerto».