Comienza 2010 con España presidiendo la Unión Europea. Es nuestra tercera ocasión desde que accedimos al club de los tratados europeos. Y lo hacemos en el vagón de cola de la recuperación económica. También con una cierta sensación de desacoplamiento respecto a la orquesta internacional, como si de repente o no tan de repente España se hubiera quedado ciega para los colores estratégicos.
El presidente Zapatero se ha conjurado para iniciar una nueva época económica en España a través de la sostenibilidad. El conjunto legislativo que proporciona soporte a la doctrina oficial, es decir, la Ley de Economía Sostenible, ha sido criticada por ser un deshilvanado cajón de sastre desprovisto de tersura estratégica. Esto es, una ley derivada de un buen concepto pero sin pensamiento estratégico detrás. Igual es una casualidad o es un accidente coyuntural. Sin embargo, parece improvisación.
¿Qué nos está pasando? Los momentos de crisis son excelentes para hacerse preguntas existenciales. Ligado a la pretendida economía sostenible, otro concepto también muy vinculado a la existencia o no de pensamiento estratégico es la innovación. Lo que se nos está diciendo es que hay que moverse desde un modelo productivo radicado casi exclusivamente en el ladrillo y en el turismo a otro fundado en la innovación. Sin embargo la innovación no es como una palabra que con pronunciarla materializara algo tangible. Es más bien un proceso o, por mejor afinar, una actitud. Y esa actitud innovadora es contraria a la improvisación, aunque innovación e improvisación parezcan hermanadas.
La base de la innovación es el pensamiento estratégico. La innovación necesita representarse el cambio con modelos a largo plazo, es decir, estratégicos. Hay que pensar hacia el futuro comenzando el diseño de los planos de construcción en el presente. Esos planos del edificio de la innovación tienen que ser lo suficientemente flexibles como para adelantarse a las modificaciones de rumbo estratégico que, sin duda, son inherentes a un mundo interconectado donde el centro no existe... es un mundo multicentrado.
Aunque disponemos de un Ministerio de Ciencia e Innovación, carecemos estrepitosamente de un modelo nacional de innovación. Y la financiación para investigación, desarrollo e innovación se comporta a la baja. De nuevo el lenguaje con el que denominamos a las cosas parece ir desacoplado de la realidad encargada de sostenerlas. Es imposible que improvisemos la innovación. La innovación es una actitud que colectivamente no tenemos pero claramente necesitamos.
Tal como están las cosas, a alguien se le podría ocurrir que no sería mala idea comprarles la innovación a los finlandeses. Allí el modelo educativo enseña a los ciudadanos a pensar en la prospectiva desde que son pequeños. De manera que un finlandés es alguien que crece con la tensión del cambio, que contempla el presente como un proceso de construcción del futuro... un futuro donde existe competencia, competencia que actualmente no se detiene en ninguna frontera.
Tenemos empresas españolas situadas entre las diez primeras del mundo. Algunas tienen que ver con las energías renovables, también con la nanotecnología, y otras con la construcción y con las infraestructuras. Los bancos y las telecomunicaciones tampoco están mal situados. Sin embargo, ha sido por visiones y culturas individuales que esas proezas se han conseguido. Estas empresas españolas son líderes globales a pesar de España. Y hay que suponer que es buen momento para pararse a pensar si no hay que detenerse ligeramente a considerar si nos interesa participar en la construcción del futuro o simplemente nos dejaremos llevar por el papel que otros nos adjudiquen.
En la Estrategia Nacional de Seguridad encargada a Solana la mayor amenaza para España es nuestro pensamiento analógico en un mundo digital. A nadie se le va a olvidar el terrorismo internacional ni el crimen organizado. Tampoco las cuestiones de disgregación territorial. Incluso se contemplarán sin duda capítulos relacionados con las ciberamenazas, con la ciberguerra, con la posibilidad de que nuestros sistemas de información se vean afectados por un ataque hostil con el propósito de arruinar infraestructuras o servicios básicos para el ciudadano. Sin embargo, a pocos se les ocurrirá que nuestra mayor amenaza es nuestra manera de pensar... nuestra mayor amenaza es que no tenemos un plan.
A principios de los 2000, entre diversos organismos como el Instituto de Comercio Exterior, el Instituto Elcano o el Ministerio de Asuntos Exteriores arrancó el proyecto 'Marca España', destinado a ver cómo podíamos vender el país en el exterior. En una economía global, un país es como una gran empresa que debe aprovechar sus valores para ganar competividad por el acceso a recursos, a la toma de decisiones y al aprovechamiento de ventajas para sus ciudadanos. Aunque la idea era buena, el desarrollo ha sido pobre o, por lo menos, limitado. Es cierto que en lengua hemos avanzado mucho con el Instituto Cervantes, pero todavía no sabemos cómo aprovechar sistemáticamente las claves culturales para vender 'valor España'.
Necesitamos un Plan España que contemple cómo queremos construir nuestra arquitectura de futuro en el mundo. Es un plan para nuestro bienestar, que nos guíe sobre qué queremos hacer, dónde queremos ir y cómo queremos llegar; que contemple nuestros recursos de manera inteligente y que apueste por los motores del cambio y del progreso. Un plan sobre la posición de España en un mapa multicentrado de operaciones globales donde ya nada se da por sentado.