L a madurez democrática en España todavía tiene asignaturas pendientes frente al terrorismo etarra. Tal vez sea porque la madurez democrática es un desiderátum, todavía una declaración de intenciones en nuestra adolescencia ciudadana. Quizás porque como condicionante de nuestro crecimiento están actuando, lastrándolo, una serie de complejos guerracivilistas. Tenemos que ser los más garantistas porque durante mucho tiempo pasamos hambre y fuimos abusados. Es comprensible, es una reacción psicológica entendible como pueblo. En todo caso, sea como fuere, tenemos asignaturas pendientes en Euskadi.
Hasta hace unos pocos años el Estado no estaba presente en todo el territorio colombiano. Allí, hasta el primer Gobierno Uribe, había muchas poblaciones que carecían de una representación de los poderes públicos. Ante esas ausencias, las poblaciones a las que no llegaba el Estado eran gobernadas bien por representantes de grupos de las guerrillas narcotraficantes (FARC o ELN), bien por los denominados paramilitares, bandas delictivas que intentaban disputarle a las denominadas guerrillas el negocio territorial del narcotráfico. En esos pueblos, había alcaldes autoinstalados de las FARC o de los paramilitares, que mantenían a los habitantes subyugados y entregados a tareas logísticas casi siempre en la periferia, cuando no en el epicentro, de empresas criminales.
Las primeras presencias del Estado colombiano en décadas para muchas poblaciones llegaron con la recuperación de puestos de policía hasta entonces abandonados. Tuvieron que entrar a sangre y fuego para tomar posiciones en esas poblaciones, donde en muchas de ellas en años previos habían sido secuestrados destacamentos enteros del ejército o de las fuerzas de seguridad colombianas. Entrar, instalarse y resistir. Después articular las condiciones de convivencia y de seguridad necesarias para que, en un tiempo razonable, los pobladores tímidamente reconvertidos en ciudadanos pudieran ir eligiendo a sus representantes políticos locales. Tal escenario es todavía un mito en muchos lugares de Colombia, pero lo están intentando. Cuando no te asesinan unos, te asesinan otros; cuando no extorsionan a unos candidatos directamente, los compran. Con todo, en la inmensa mayoría del territorio colombiano intenta ondear una bandera que no sea la criminal.
En numerosas poblaciones de Euskadi todavía ondea la bandera de ETA. Lo hace en forma de fotografías de asesinos, extorsionadores o criminales profesionales. Lo hace camuflada entre insignias y pintadas. También lo hace como palabras de enaltecimiento del crimen. Durante muchos años en Euskadi el aire ha estado contaminado con palabras que exaltaban la dictadura del terror, la coacción y la falta de libertades. Todavía, en numerosos lugares, coarta la respiración de muchos ciudadanos que deberían disfrutar de una libertad ganada por la democracia. La responsabilidad es de una banda del crimen organizado ataviada con siglas prostituidas al lenguaje de la política. Esa duda parece que, aun entre la desorientación que a veces promueven nuestros complejos, ya la tenemos despejada... la de la responsabilidad de ETA en la anemia de las libertades en Euskadi. Sin embargo, probablemente todavía no tenemos claro del todo cuán importante es desterrar los complejos frente a ETA y educarnos en ciudadanía frente al terrorismo.
on Patxi López parece vislumbrarse el componente de ciudadanía democrática en la política antiterrorista. Algo que, por tan obvio que es, llevamos décadas sin practicar, sin adherir de manera sistemática a la política antiterrorista. Alguien comentaba (pienso que Savater) que le parecía escandaloso que la muerte repentina de un futbolista convocara diez mil adhesiones, mientras el asesinato de dos guardias civiles fuera un acontecimiento que formara parte del paisaje convivencial... como si se supusiera que ETA ya iba a asesinarlos de todas formas y ese atentado se acoplara perfectamente a nuestros márgenes de tolerancia.
No nos hemos enterado todavía de que ETA se acabará el día en que un millón de ciudadanos marchen por las calles de España durante un fin de semana tras el asesinato de un policía, guardia civil o militar. El déficit de ciudadanía es tan patente tras esos 'selectivos' atentados de ETA que ni siquiera a los partidos políticos se les ocurre convocar manifestaciones en las principales ciudades de España. A Patxi López le han faltado todavía los reflejos ahí, pero igual es porque nada más ha cumplido cien días y además en verano. Cuánto echamos de menos que el PSE junto al PP de Euskadi convocaran una manifestación coaligados con los socialistas y los populares de Madrid y del resto de ciudades de las Españas tras los últimos atentados contra guardias civiles. Todavía se puede convocar una gran manifestación contra el terrorismo en España para el otoño. Es la única expresión de diálogo que ETA debería recibir de nosotros.
Los meandros de la sociedad son inescrutables a veces. Con lo bien que le habría venido a Patxi López un movimiento social organizado para responder cívicamente a ETA, articulando la política de desarraigo terrorista del espacio ciudadano en la que se ha juramentado el nuevo lehendakari, y resulta que ninguno de los grupos cívicos de la segunda mitad de los noventa ha resistido para contarlo. Es lo que tiene la sociedad civil española... todavía demasiado apegada a los partidos políticos, demasiado inmadura, demasiado orientada en el paternalismo, en la dependencia de una autoridad que nos conduzca y que nos diga y que nos guíe y que nos apruebe. Echamos de menos el lazo azul de 1993 que nos recordaba que uno de los nuestros, Julio Iglesias Zamora, estaba torturado por ETA; echamos de menos la frescura impertinente de Basta Ya; echamos de menos las manos pintadas de blanco y las calles de las Españas llenas de ciudadanía indignada por el secuestro o el asesinato de los suyos. Nos hemos dormido mucho antes de que llegara el calor de agosto.
Patxi López ha sido el primer presidente de Euskadi en descubrir públicamente que dentro del uniforme de un guardia civil asesinado yacía el cuerpo desnudo de un ciudadano asesinado por ETA... un cuerpo igual que el suyo, igual que el tuyo. Tenemos un lehendakari habitando Ajuria Enea que está promoviendo la fumigación de la toxicidad ambiental de ETA, que entra en los bares y dice en voz alta que las fotografías de asesinos sólo pueden colgar de los carteles del Ministerio de Interior en los aeropuertos o graparse a un expediente penitenciario. Todos deberíamos ser el ciudadano López de los cien días para ir retirando el lodo dictatorial de las calles democráticas de Euskadi. En esa labor, cada cual tiene que reservar momentos en el calendario para hacer el bien... a ver si a alguien se le ocurre auto-organizar una manifestación frente a ETA a través de Twitter o Facebook. El otoño de la democracia está esperando a la ciudadanía López.
«En numerosas poblaciones de Euskadi todavía ondea la bandera de ETA. Lo hace en forma de fotografías de asesinos, extorsionadores o criminales profesionales», recuerda el autor. «Probablemente todavía no tenemos claro del todo cuán importante es educarnos en ciudadanía frente al terrorismo»