La oferta que ayer dirigió el presidente del PNV a todos los partidos vascos y, en especial, al PSE, en orden a alcanzar un 'Acuerdo para la estabilidad institucional, la lucha contra la crisis económica y el sostenimiento del bienestar de Euskadi', ha producido la misma onda expansiva que produce una piedra arrojada en un estanque. Todos se han sentido concernidos por ella. El efecto se debe, en gran medida, a lo que la propuesta tiene de sorpresa. Suele ser lo propio del Gobierno realizar ofertas de este tipo, mientras que a la oposición le corresponde por lo general ponderarlas, para luego aceptarlas, rechazarlas o matizarlas. Quizá el PNV, por el hecho de que aún gobierna en las tres diputaciones y en numerosos ayuntamientos, así como por su declarada determinación de seguir liderando la sociedad incluso desde la oposición, se ha creído en la necesidad de actuar como si todavía gobernara y de seguir marcando la agenda política del país. En cualquier caso, mejor esta actitud cooperativa que la otra que hasta ahora parecía haber adoptado el partido jeltzale y que consistía en limitarse a descalificar y deslegitimar la situación creada a raíz de las elecciones del 1 de marzo.
Los contenidos de la propuesta del PNV son impecables. De hecho, son tan de sentido común en una situación de crisis económica que difícilmente podrían ser rechazados por nadie. La lucha contra lo que se considera constitutivo de esta crisis, como es la recesión, el desempleo, la deflación y la caída de la recaudación, exige, como dice el documento, un «compromiso nacional» que incluya la confluencia de todas las capacidades políticas e institucionales en la consecución del mismo objetivo: la recuperación económica. Pero, precisamente por este su carácter genérico, no acaba de verse qué aporta de nuevo la oferta del PNV a lo que ya viene proponiendo y haciendo el Gobierno desde su misma constitución. Porque, si por algo se caracteriza éste, es precisamente por su esfuerzo en el diálogo y la concertación con todos los agentes institucionales, políticos, empresariales, sindicales y sociales en torno a estos mismos asuntos. Lo lógico sería, por tanto, dado que tan grande es la coincidencia de planteamientos, que la oposición se sumara a las propuestas del Gobierno, en vez de tratar de ocupar la posición de liderazgo que a éste le corresponde por la propia naturaleza de las cosas. De otra manera, lo que se presenta como un planteamiento constructivo y bienintencionado podría interpretarse como un intento de obtener beneficios partidarios a costa de una situación, la de la crisis económica, que exige seriedad y no permite escarceos políticos de dudosa motivación y eficacia.