Por lo que parece -así se dice- el nuevo Gobierno vasco es el gobierno del gran cambio. El Gobierno que va a establecer la democracia, las libertades y la igualdad. Es el Gobierno del cambio porque -así se dice- con el gobierno anterior, estos preciados bienes públicos no existían.
También parece que pasó el momento de los grandes y exaltados discursos, en los que el nuevo Gobierno, y sus proyectos, se han presentado, y sobre todo han sido presentados, como un nuevo y maravilloso cataclismo. Como un cambio histórico y también como un cambio de era (¡nada menos!). Como un cambio de régimen, como una auténtica revolución (aquí de la exageración periodística se pasa al cretinismo mediático). Pero ya pasó el momento de la demagogia y ahora resulta conveniente reflexionar con los programas concretos en la mano. Con el del partido gobernante y con el del amigo reciente del partido gobernante; y especialmente con el suscrito conjuntamente por ambos partidos. Y ver en serio, es decir, en relación con las decisiones políticas que afectan a la vida de los ciudadanos, qué es lo que se quiere cambiar, si tales cambios son cambios relevantes, y si por tanto existe, o puede existir y en qué puede consistir tan deslumbrante cambio.
Primero lo del cambio democrático. El anterior Gobierno no habría practicado la democracia y el nuevo -en eso consiste el cambio- la va a poner en marcha. Sería de agradecer que se nos dijese cuáles son esos incumplimientos y vulneraciones democráticas concretas anteriores, que ahora se van arreglar de una vez por todas. ¿Se refiere, por ejemplo, a que el anterior Gobierno vasco ha privado de derechos y libertades democráticas a determinados ciudadanos? ¿A quiénes? Si esta es la vulneración, más bien deberíamos consignar que quien ha privado de derechos a determinados grupos han sido el PSOE y el PP con la Ley de Partidos y con la impugnación e ilegalización de numerosas candidaturas.
¿Se refiere, por ejemplo, a que el anterior Gobierno ha mantenido una actitud de desprecio respecto a diversas y plurales opiniones? ¿Se refiere en consecuencia a que el nuevo Gobierno va a establecer un nuevo sistema en el que tales opiniones se integren operativamente en sus decisiones políticas? ¿O por el contrario, como el anterior Gobierno y como todos los gobiernos democráticos representativos existentes en el mundo, va a decir que escucha con mucha atención tales opiniones? Obviamente esto último es lo que hará. Oír lo que dicen las otras voces y hacer lo que previamente tenga decidido.
Quizás la crítica al Gobierno anterior en la cuestión democrática provenga de que el mismo ni siquiera ha dado cauce para escuchar las distintas opiniones políticas y sociales. Pues no. Porque el Gobierno anterior al menos intentó organizar una consulta para escuchar lo que pensábamos los ciudadanos sobre unas importantes cuestiones, y no parece que el actual Gobierno sea muy partidario de organizar consultas.
O sea que en lo que atañe a las responsabilidades de ambos (viejo y nuevo) gobiernos, no se va a dar el cambio democrático. A no ser que el nuevo Gobierno y los medios que le apoyan, o que más bien reniegan del Gobierno anterior, identifiquen la falta de democracia con las decisiones políticas que no les gustan, afirmando así que si el contenido de una política pública concreta no coincide con sus intereses es antidemocrática. Es un argumento absurdo y peligroso. La democracia nada tiene que ver con los contenidos de las concretas políticas públicas. La democracia hace referencia a muy serios pero al tiempo muy específicos y limitados asuntos: derechos, libertades, igualdad ante la ley, proceso y sistema electoral, regla de mayorías y protección de las minorías. Y punto. Que sea absurda la confusión no quiere decir que en demasiadas ocasiones no se utilice demagógicamente. A veces no es fácil defender ciertos intereses y resulta más presentable afirmar que lo que está en juego no son esos concretos intereses, sino las altas exigencias democráticas. Suele colar.
n este orden de confusiones viene a cuento esa frase impresionante que cada nuevo gobernante opone al anterior: Yo, al contrario que mi antecesor, voy a ser el gobernante (lehendakari) de todos y para todos. Nunca queda claro qué se quiere decir en concreto con esta frase. Lo que no puede querer decir es que las decisiones del gobernante van a considerar por igual todos los intereses de todos los ciudadanos. Eso es imposible. Porque resulta que el país, nuestro país, es plural (¿o no?), lo que implica que el gobernante (el viejo y el nuevo) tratará de incorporar en su decisión al mayor número de intereses materiales e identitarios que pueda. Pero no todos. Y no por igual. En consecuencia resulta inevitable que algunos sectores de la población vean al gobernante como 'muy su' lehendakari; que otros le vean menos; y que otros no le vean nada. Y que no pase nada. Es lo que tiene la deseable (¿o no?) pluralidad. En todo caso en este punto del liderazgo tampoco se observan los cambios.
También se afirma que se va a restablecer o garantizar la igualdad, lo cual quiere decir, dentro del discurso del cambio, que el anterior Gobierno hacía lo contrario: practicaba la desigualdad. Sin embargo, nuevamente se nos ocultan cuáles son esas específicas desigualdades propiciadas por el anterior Gobierno. No aparece a tal efecto ninguna denuncia expresa en el programa conjunto. Así, suponemos que la frase del Programa conjunto, «igualdad política de todos los ciudadanos vascos, con independencia de cuál sea su lugar de nacimiento, lengua, sexo, religión o ideología», no es sino un puro recurso retórico para hacer creer que con el famoso cambio se implantará esa igualdad antes inexistente.