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L a Feria del Libro de Madrid ha vetado la presencia en casetas de los libros electrónicos. No así las biografías de tonadilleras, los catecismos sectarios, las novelas plagiadas, los poemarios infumables y los manuales de autoayuda firmados por embaucadores, siempre que vengan convenientemente impresos en papel y con su código de barras en la contracubierta. El buen lector sabe que no hay ninguna diferencia apreciable entre los cuentos de Chéjov impresos y esos mismos cuentos leídos en una pantalla, mientras que en medio de la ingente muchedumbre de libros editados en España se cuelan cada año varios miles de artefactos prescindibles, sin ninguna relación demostrada con la Literatura. Lo que separa al libro electrónico del libro impreso es una sola cosa: su soporte. Y en ese aspecto, el electrónico tiene todas las de ganar. No ocasiona gasto de papel, no ocupa espacio, permite al viajero llevar encima cientos de obras y al estudioso disponer de un espacio de trabajo portátil, puede leerse de noche en la cama sin luz que moleste a la pareja, hace más fáciles las búsquedas dentro del texto y sale mucho más barato al comprador. Hay una greguería de Gómez de la Serna que dice: «Donde el tiempo está más unido al polvo es en las bibliotecas». Es otro punto a favor de estos nuevos libros que ni siquiera necesitan un pase de plumero. Pero la feria del Retiro parece haberse alineado en esa trinchera mohosa y polvorienta de un tiempo llamado a perecer como han perecido ya muchos oficios relacionados con la imprenta sin que nadie se escandalice. Los detractores del libro electrónico tienden mucho al argumento estético o, por mejor decir, sibarita. Consideran dramático un futuro donde la lectura no venga acompañada del olor a tinta o del tacto de la celulosa, como si eso otorgara a lo escrito algún sello especial de calidad, la garantía de una sagrada comunión entre lector y libro, la experiencia de «conversación con los difuntos» de que habló Quevedo. Borges, que amaba los libros y las bibliotecas hasta el límite de la perversión, habría gozado de este horizonte de títulos sin fin y de literatura inagotable facilitado por la técnica. ¿Acaso el invento de Gutenberg no fue también una conquista técnica? Ciertamente, la irrupción del libro electrónico plantea algunos problemas mercantiles y legales que es preciso resolver, pero no poniendo puertas al campo como ha hecho la Feria madrileña.

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