Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) se estrena al frente del Ministerio de Educación convencido de que va a sufrir «algunos rasguños y arañazos», pero comprometido con ese desafío. «Hay que sacar la educación, que es un bien público superior, de la disputa entre partidos», asegura.
-¿Dudó al aceptar el cargo de ministro?
- No dudé. Agradecí al presidente la confianza depositada en mí.
-¿Y qué puede hacer un metafísico en el Gobierno de Zapatero?
-Yo soy profesor de Metafísica, añado lo de profesor porque quizá decir sólo metafísico o filósofo es mucho decir; pero he sido rector de la Universidad Autónoma de Madrid durante siete años y puedo asegurar que durante toda esa época el agua salía de los grifos, se abrían las puertas, las personas cobraban y vivíamos de una manera organizada y coherente. Con esto quiero decir que hay una cierta idea de que una persona que se ocupa de unos determinados asuntos ligados al mundo del pensamiento luego tiene una mala visión de la realidad, no es pragmática y no es eficaz. Creo que en esto estamos un poco equivocados. La reflexión y el pensamiento ayudan muchísimo a ser muy eficaces en la práctica.
-¿Pero qué es lo que le lleva a usted a aceptar esta responsabilidad pública?
-Estar a la altura de mis propias palabras. No quiero parecer una persona que se limita a hacer discursos. Quiero estar a la altura de lo que digo. Digo lo que pienso y pienso lo que digo. Lo que me lleva a aceptar este ministerio es la responsabilidad. Por eso acepto asumir esta responsabilidad en coherencia con lo que digo y con lo que pienso. Y he dicho sí. Yo sé que es un desafío, que no es un asunto fácil. Medio en broma medio en serio suelo decir que prefiero las cosas que me quitan el sueño a las cosas que me dan sueño. Es un reto muy atractivo, me parece una gran responsabilidad y he dicho que sí.
-Imagino que será consciente de que se va a colocar en el escaparate público de la política...
-En cierto modo estaba ya con medio pie en un espacio público como presidente de los rectores de España. Sé el precio que esto supone, sé que hay quienes piensan que es mejor mantenerse a una prudente distancia en la que uno es mejor quedarse a salvo de cualquier rasguño, pero yo en este momento he optado por el camino de recibir rasguños y arañazos si hace falta. También pido a todos los medios de comunicación, a las personas que analizan y reflexionan, que la crítica esté basada en argumentos y en motivos. Necesitamos mucho una crítica que estimule.
-En su primer mensaje ha defendido la firmeza y el diálogo en relación con el proceso de Bolonia. ¿Por qué está costando tanto este debate en el mundo universitario?
-En general todas las transformaciones en el sistema universitario han suscitado debate, su crítica y su contestación. En la Universidad tenemos una forma de hacer y de entender las cosas que no considera como algo pernicioso y extraño que haya personas que piensen de forma diferente. El límite siempre es hacerlo del modo adecuado, con las formas adecuadas. Lo que hay que hacer es atender a los motivos y a las razones que puede haber detrás. También es cierto que ha durado demasiado este proceso, que ha habido demasiados altibajos, demasiados cambios ministeriales, y esto ha podido producir determinada incertidumbre. Pero también quiero decir que hay que mejorar los procesos de comunicación, no me estoy refiriendo a la propaganda; que hay que escuchar las buenas razones que pueda haber, e ir poco a poco implantando este proceso. No se trata de imponer unos criterios cerrados. No hay que uniformizar y algunas cosas las tenemos que hacer mejor.
-La UPV ha decidido retrasar al curso 2010-2011 la implantación del proceso de Bolonia. ¿Quizá convendría un retraso más general?
-Yo más bien creo que hemos tardado en hacer las cosas. La palabra «retraso» no me gusta demasiado. Lo que se puede hacer es ir buscando los tiempos en cada momento para ir haciendo los cambios con seriedad y con rigor. Cada uno verá cuál es su mejor opción, pero también éste es un espacio muy competitivo. Y es un espacio en el que los títulos que están adaptados al espacio europeo tendrán también mayor aceptación por parte de los estudiantes. No creo que sea en principio bueno paralizar procesos. Sobre todo porque no creo que sea más fácil hacer las cosas dentro de un año que ahora. A veces creemos que dejar un tiempo favorece la resolución de los asuntos. Lo que favorece la resolución de los asuntos es escucharlos, enfrentarlos, debatirlos.
-También defiende un pacto escolar. ¿Por qué?
-Es decisivo. Llevamos tantos años diciendo que con la educación se ha hecho un asunto de transacción política. Cada grupo ha hecho un modelo modificado con el anterior. Hay cuestiones que tienen una dimensión de Estado. Como está transferida Educación a las comunidades autónomas, tenemos que darnos cuenta de que se trata de un bien público común. Hay que encontrar los requisitos para establecer un marco más estable que permita aplicarlo y desarrollarlo después desde la diferencia de cada opción política. Este ir y venir, este trastorno permanente de los planteamientos, hace daño. Yo he defendido que busquemos un gran pacto entre todos sobre la educación, sacarla de la disputa entre partidos. Yo lo he hecho hasta ahora y lo seguiré haciendo de ministro.
-¿Qué se puede hacer contra el elevado fracaso escolar que hay en España?
- El fracaso escolar y el abandono escolar son muy inquietantes. Tenemos que estudiar muy a fondo cuáles son las causas, que no sólo tienen que ver con la escuela o el instituto, sino que tienen una gran dimensión social. Esto no es un asunto de los profesores, de los institutos o de los colegios, es un asunto de toda la sociedad. Si creemos que la educación es un factor determinante de la transformación y de la equidad social, toda la sociedad debe sentir que es un problema fundamental y entre todos debemos analizar las causas. El asunto de la educación no sólo compete al ministerio, sino que compete a toda la sociedad.
-La educación vertebra la articulación social...
-Es evidente. Estamos en un tiempo difícil, de gran exigencia de modelos políticos, sociales, económicos y de valores. Por eso, insistir en la educación y en la cultura como un vehículo de transformación está clarísimo. Por eso es la hora de apostar en innovación, en ciencia, en educación y en cultura para generar otros modelos de sociedad y otros modos de hacer las cosas en la sociedad.
-¿Y el papel de los profesores?
-Yo creo en la labor de enseñar. Creo en estudiar, en el trabajo singular de cada uno. Alguien puede pensar que son palabras pasadas de moda, la de enseñar y estudiar. Por supuesto que creo en el aprender, y que hay formas muy diversas para trabajar, y no sólo los apuntes y la memoria. Lo que quiero decir es que la tarea maravillosa de enseñar, la tarea maravillosa de ser profesor o profesora, no siempre tiene el reconocimiento social que merece.
La «palabra arriesgada»
-Usted destaca la importancia de la palabra y ha llegado a decir que le gusta «hacer el amor» con las palabras...
-La palabra sigue siendo importante. Y ser hombre de palabra. He aceptado el cargo para estar a la altura de las propias palabras, de mi palabra, más allá del vocerío, y de decir lo que a uno se le ocurre y ponerlo todo perdido lleno de palabras. La palabra es también una forma de comprometerse por hacer las cosas ajustadas y hacer las cosas justas. Yo sí creo que lo que nos diferencia precisamente de los animales es ser hombres de palabra. Tenemos que abordar los problemas con la palabra, con una palabra comprometida, y, a veces, arriesgada.
-Al volver a fusionar Universidades con Educación y desligarla de Innovación, ¿se ha rectificado un error?
-No hago la valoración política de la distribución de los ministerios, pero tanto entonces como ahora siempre he dicho que la educación universitaria es educación y es educación superior. La clave reside en la coordinación. La innovación, la ciencia y la investigación también son aspectos universitarios. Con independencia de la infraestructura de los ministerios, la coordinación y la cooperación y la colaboración son determinantes. Hay asuntos en los que será indispensable hablar con otros ministerios. Yo soy ahora miembro de un Gobierno, no sólo soy ministro. Hablaré muy especialmente con el Ministerio de Ciencia e Innovación, pero no conviene olvidar que la Universidad es también innovación, ciencia e investigación.