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Diamante vasco
L as campañas electorales vascas son muy dadas a las metáforas. Se explaya la natural creatividad de nuestros políticos, y llenan el imaginario público nuevos tropos, imágenes sugestivas, bellas figuras retóricas que nos describen o nos pintan el futuro color de rosa. Da gusto.
La campaña que nos viene promete. Un mes antes de empezar surgió una metáfora luminosa, resplandeciente: 'El diamante vasco'. La ha creado el lehendakari. «Tenemos que cuidar el diamante vasco», afirma estos días de precalentamiento. Es una alegoría sorprendente. Sea bienvenida, pues nada odia más el ciudadano que el discurso repetitivo. Asombra la metáfora por esa idea de que hay que cuidar los diamantes, que los creíamos piedra preciosa que no necesita muchos mimos para mantenerse. Es dura, lo que la hace 'invencible' -tal es su etimología griega- y por tanto nos viene como anillo al dedo. Pero, ay, también es frágil, y un buen golpe o una mala caída lo destrozan. Conclusión: para cuidar el diamante vasco convendría no tratarlo a tortas, ni zarandearlo o darle martillazos. O sea, lo contrario de lo que han practicado estos años los mentores de la parábola del diamante vasco. Quizás no han caído en la fragilidad sustancial de la joya en cuestión.
Caracteriza al diamante, también, que lo compone un elemento, sólo uno, el carbono. Forzando la metonimia, avanzando hacia el oxímoron, el diamante vasco lo forman cinco elementos, cinco. Al menos, en la versión de Ibarretxe del 25 de enero, cuando presentó el concepto en sociedad. El diamante vasco tenía por entonces cinco elementos, a saber: innovación, igualdad, identidad, participación y autogobierno. Nada menos. ¿Qué se hizo del derecho a decidir de otros tiempos? ¿Tantos esfuerzos soberanistas para esto? ¿O los referendos se dejan para los periodos de gobernar, pues ahora se trata de conseguir votos y mejor no asustar? Esta retahíla de elementos diamantiles tiene un toque tecnocrático, lleno de plácidos lugares comunes, por mucho que la experiencia demuestre que, a la hora de la verdad, de la identidad y autogobierno nacionalistas suele salir un conejo. Cuando el lehendakari anunció la metáfora en el Euskalduna, ante su partido, gustó. Quizás la militancia anda ya deseosa de un retorno a la tierra.
Sin embargo, el diamante vasco encoge. Encoge rápido. Se vio quince días después, en el discurso de Ibarretxe del Fórum Europa. El diamante vasco ya no tenía cinco elementos. Tenía cuatro. A este ritmo nos quedamos enseguida sin diamante. Más asombroso: no sólo son menos, sino que ya no son los mismos elementos. En los albores de febrero, en la versión de Ibarretxe que figura en la página web del Gobierno vasco, los elementos del diamante vasco son los siguientes cuatro: 'autogobierno', 'formación y servicios sociales avanzados', 'apoyo a la economía real y al empleo industrial' y 'alianza estratégica público-privada'. Diamante camaleónico, vale para un roto y para un descosido.
El diamante vasco se transmuta. Reduce elementos, cambia con los días. Del primero (el de enero) sólo sobrevive el autogobierno, ha perdido cuatro elementos y ganado tres. Si los vascos se hubiesen empleado a fondo en la alquimia habrían encontrado en dos patadas la piedra filosofal y habrían sacado oro hasta de las piedras de arrastrar.
Es emocionante. A lo mejor al avanzar la campaña electoral otro golpe de timón ideológico reduce los elementos de nuestro diamante a tres, luego a dos, y el 1 de marzo se nos queda ya uno solo, llamado carbono o soberanismo. Metamorfosis más difíciles se han visto.
Pero es parábola bonita. La brusca mezcla de diamante y vasco evoca a Audrey Hepburn en Tiffany's desayunando talo con chorizo. Por eso gusta la aportación del diamante, pues no era joya que formase parte de nuestro universo simbólico. Hasta la fecha preferíamos 'la perla'. 'La perla vasca' se ha llamado a los futbolistas, ciclistas, taekwondistas, pelotaris y demás esforzados que destacan. Habrá que llamarles en adelante 'diamantes', para estar a la altura de los tiempos. Con la ventaja de que es joya que no hay que cultivar y tampoco requiere cuidados cansinos.
A nuestros deportistas les debe de gustar la novedad semántica. Quizás por eso apoyan a los nacionalistas con tal furor. En las listas de apoyo a Ibarretxe es el grupo profesional mejor representado. Hay entrenadores, futbolistas, ciclistas, motociclistas, gentes relacionadas con el atletismo, el remo, los clubes de fútbol, amén de monitores deportivos y preparadores físicos. Están también baloncesto, taekwondo, natación, automovilismo, rugby... Todos quieren a Ibarretxe, en cuyos apoyos sobreabundan los deportistas. Resulta un fenómeno extraño, sobre todo porque hasta donde llega la memoria los deportistas no aparecen nunca entre los apoyos a los no nacionalistas. Cuando firman algo, siempre es nacionalista, batasuno si se tercia (recuérdese el vergonzoso episodio del nombre Euskal Herria para la selección). Ni por error aparecen deportistas vascos en listas de otro perfil, o en movilizaciones ciudadanas no específicamente nacionalistas. ¿Todos los deportistas vascos son nacionalistas, no hay ninguno que no lo sea?
Es algo rarísimo, pues estadísticamente algún deportista no nacionalista tendría que haber, resulta inverosímil que sólo la mitad de los vascos que es nacionalista destaque en el deporte y la otra parte no. Sin duda el nacionalista tiene aventajadas condiciones físicas y resulta proclive a identificarse con la camiseta, pero tampoco los otros son mancos. Hay que desechar la idea facilona de que el ejercicio físico genera por sí mismo querencias nacionalistas, por lo del retorno a lo natural o a las esencias populares. Tampoco parece verosímil que los pluralismos sociales y políticos desaparezcan al dar saltos, correr, jugar al fútbol o lo que sea. Caben otras hipótesis. Una: el nacionalismo vasco entiende que los auténticos líderes sociales son los deportistas y por eso echa el resto para incluirles en las listas. Dos: el deportista vasco no tiene mucha personalidad y llega colectivamente a la conclusión de que mejor no pensar diferente a lo que dicen los mandos. O bien tiende a 'nacionalistizarse', no sea que la afición más aguerrida le afee la conducta y repudie por no vasco, que ya sería. O bien es por la subvención. O porque, después de todo, la práctica deportiva les hace mimetizarse con el pueblo nacionalista vasco, para ser políticamente correcto. O porque les da corte que les llamen españoles. O, definitivamente, para que con el tiempo les llamen 'diamantes vascos'.
«¿Todos los deportistas vascos son nacionalistas, no hay ninguno que no lo sea?», se pregunta el autor al referirse al «grupo profesional más representado en las listas de apoyo a Ibarretxe». «Resulta inverosímil que sólo la mitad de los vascos que es nacionalista destaque en el deporte y la otra no», asegura

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