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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Política

El lehendakari convoca las elecciones para el 1 de marzo

Ibarretxe cumple diez años como lehendakari, marcados por el fracaso de sus planes, la sima abierta con PSE y PP, y su mutación de gestor a líder

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Una década de espiral soberanista
Imagen de la solemne sesión que tuvo lugar en la Casa de Juntas de Gernika el 2 de enero de 1999 con motivo de la proclamación de Juan José Ibarretxe como lehendakari. / EFE
Euskadi, hoy. Juan José Ibarretxe sigue siendo, según las encuestas, el candidato a lehendakari preferido por una mayoría de vascos, pero, paradójicamente, los resultados que arrojen las urnas el 1 de marzo pueden impedirle arrancar la que sería su cuarta legislatura como inquilino de Ajuria Enea. El empate técnico entre PNV y PSE que pronostican los sondeos hace prever un cuerpo a cuerpo encarnizado entre el político de Llodio y su rival socialista, Patxi López. Aunque es también mayoritario el porcentaje de ciudadanos que juzga conveniente un pacto entre las dos principales sensibilidades políticas del país, no hay una sola voz que crea factible el acuerdo si Ibarretxe continúa en activo.
Es en este punto donde conviene echar mano de la hemeroteca para desentrañar el presente: la absoluta desconfianza que preside sus relaciones con los socialistas, su inverosímil defensa del tripartito PNV-EA-EB incluso cuando los propios socios lo han hecho saltar por los aires y hasta la pátina de líder que conserva contra viento y marea encuentran explicación en los diez años transcurridos desde que el Parlamento vasco eligió por primera vez, a finales de 1998, a Juan José Ibarretxe Markuartu como lehendakari de Euskadi. Ayer se cumplió exactamente una década desde que juró por primera vez su cargo en la Casa de Juntas de Gernika. Una década en la espiral soberanista -sucesivos intentos de superar el marco estatutario condenados al fracaso- propiciada por un hombre a quien sus coetáneos veían en sus inicios como un gestor sin especial ambición política y que acabó por revelar su madera de líder -tenaz para unos, mesiánico para otros- y se hizo con las riendas del nacionalismo incluso por encima de su propio partido.
LA ENTRADA EN ESCENA
El político que aún no lo parecía
«No le veíamos como un político, sino como un gestor incómodo incluso con el pacto de legislatura con EH que le llegaba impuesto por Arzalluz, Egibar y por el acuerdo de Lizarra. Pero nos equivocábamos». Así recuerda al primer Ibarretxe un miembro del actual tripartito que le ha tratado desde que se instaló en la Lehendakaritza, precedido por una fama de eficaz tecnócrata y «hombre de números» ganada durante sus años como vicelehendakari. Especialmente por su decisivo papel en la renegociación del Concierto Económico con Rato y Rajoy, en la etapa dulce de las relaciones PNV-PP tras la llegada de Aznar al poder. Todo había comenzado a gestarse cuando el propio lehendakari Ardanza comunica por carta a Arzalluz en 1994 su decisión de batirse en retirada a cuatro años vista. Ambos ven en el ex alcalde de Llodio y ex presidente de las Juntas Generales de Álava el candidato idóneo para tomar el relevo, en un contexto apacible en lo económico y también en lo político. La unidad contra ETA estaba garantizada en la Mesa de Ajuria Enea y el pacto con los socialistas y EA procuraba estabilidad al Ejecutivo.
Ibarretxe se resiste pero acepta finalmente el reto. Acelera sus estudios de euskera y gana las elecciones en octubre de 1998: el pacto de Ajuria Enea ya se había roto y las negociaciones secretas de los nacionalistas con ETA y Batasuna durante el verano habían alumbrado, primero, la tregua decretada por los terroristas y, poco después, el pacto de Lizarra, el germen de la estrategia de acumulación de fuerzas abertzales que partiría al país en dos bloques enfrentados. La llegada del lehendakari coincidió con el final de la entente institucional de una década con el PSE y, en consecuencia, marcaría también para siempre con la huella del recelo las relaciones entre ambos. En eso tuvo mucho que ver, como recuerdan quienes vivieron en primera persona aquella etapa, la «pantomima» de negociación con los socialistas para formar gobierno, que le valió una durísima réplica de Jesús Egiguren durante la investidura. El PSE se sentía engañado. La vía transversal había quedado abortada. El lehendakari bautizó a la recién nacida legislatura como «la de la paz» y, en su nombre, formó un Ejecutivo minoritario nacionalista -PNV-EA- con el apoyo explícito de la izquierda radical.
LOS PRIMEROS AÑOS
La huella del asesinato de Buesa
Lo que ocurrió inmediatamente después «forjó su carácter». Más bien, le marcó para siempre y contribuyó a profundizar uno de los rasgos de su personalidad política que suelen reprocharle sus adversarios: la renuencia a labrar acuerdos fuera de su órbita ideológica. La ruptura de la tregua de ETA a finales de 1999 comienza a ahondar la sima. Ibarretxe tarda en reaccionar y se resiste a dar carpetazo a su pacto con Otegi; incluso aprueba los Presupuestos de 2000 gracias a EH. El asesinato en enero del teniente coronel Pedro Antonio Blanco, el primero desde el final del alto el fuego, tampoco basta para que el lehendakari rompa definitivamente con los radicales: el acuerdo parlamentario queda únicamente suspendido. Ibarretxe no cortó amarras con la izquierda abertzale hasta febrero, arrastrado por el impacto del asesinato de Fernando Buesa. El atentado que acabó con la vida del dirigente del PSE y de su escolta, Jorge Díez, marcó «un antes y un después» en su trayectoria, según coinciden todas las fuentes consultadas. El lehendakari, una vez más, mostró cierta lentitud de reflejos: ETA asesinó al portavoz socialista a pocos metros de Lehendakaritza pero Ibarretxe no se acercó al lugar del atentado ni llamó a la familia inmediatamente y tardó horas en hacer pública la condena de su Ejecutivo. Los ánimos se caldearon en extremo y la tensión contenida estalló a la salida del funeral en la catedral de Vitoria. Los no nacionalistas increparon a Ibarretxe. La manifestación de repulsa arrojó la lacerante fotografía de un país dividido en dos mitades irreconciliables y derivó en lo que Nicolás Redondo definió como «un Alderdi Eguna en día de luto». El presidente vasco, jaleado por los suyos, abandonó la marcha antes de que socialistas y populares llegasen a la Virgen Blanca, donde se pudo escuchar el angustioso grito del hoy presidente del Senado, Javier Rojo: «¿Dónde está el lehendakari?».
Los analistas que han seguido al milímetro los pasos de Ibarretxe están convencidos de que el abismo que le separaba de los no abertzales se ensanchó en aquellas jornadas aciagas sin posibilidad de vuelta atrás. «Está rompiendo lazos políticos y afectos humanos de años», sentenció entonces el socialista Ramón Jáuregui. Las mociones de censura que PSE y PP presentaron contra él en 2000 acrecentaron la división y le reafirmaron en su estrategia. Para unos, el lehendakari decidió entonces «que no quería saber nada más» con los no nacionalistas. Para otros, el «vía crucis» despertó al animal político y empezó a moldear al líder. «Esos dos años, hasta el adelanto electoral de 2001, se los pasó resistiendo. Ahí se consolidó su carisma».
EL TRIUNFO DE 2001
Nace el líder
El marchamo de faro indiscutible del nacionalismo democrático se lo debe, a partes iguales, a las urnas y al entonces presidente de su partido, Xabier Arzalluz. La victoria incontestable en los comicios de mayo de 2001 frente al tándem Jaime Mayor Oreja-Nicolás Redondo -la coalición PNV-EA logra más de 600.000 votos, 25.000 más que el entonces llamado bloque constitucionalista, y 33 parlamentarios- encumbra a Ibarretxe, que resulta vencedor en un cuerpo a cuerpo entendido más como un duelo entre dos concepciones distintas de país que como una cita electoral al uso. El triunfo se tiñe con connotaciones épicas y contribuye a hacer brillar el aura de Ibarretxe como guía ideológico del nacionalismo. Su indiscutible ascendiente entre la base social del PNV y su arraigo en los batzokis frente a dirigentes más pragmáticos -una aureola que explica su proclamación por cuarta vez como candidato a pesar del desgaste- hunde sus raíces en esta etapa. No en vano, tan solo una semana después de los comicios, Arzalluz proclama que el nacionalismo ha encontrado ya a su «líder» y anuncia su progresiva retirada del primer plano político.
El lehendakari interpreta el triunfo como un espaldarazo a sus planteamientos y toma la iniciativa. De estas fechas data su primera alusión a la necesidad, para él insoslayable, de consultar a los vascos sobre la vigencia del marco estatutario. Ha invertido siete años en el empeño.
LOS PLANES Y SUS EFECTOS
«¿Qué hay de malo en ello?»
Las dos últimas legislaturas de Ibarretxe tienen en común su insistencia en abanderar un nuevo estatus vasco que reconozca el derecho de autodeterminación y permita inaugurar una nueva relación «amable» con España y la identificación de los anhelos del tripartito con los del conjunto de la sociedad, con frecuentes apelaciones al pedigrí democrático de sus iniciativas. No se ha cansado de repetirlo: «¿Qué hay de malo en ello?». El apoyo que le ha prestado en ese empeño la izquierda radical también ha sido una constante. En diciembre de 2004, casi un año después de la designación de Imaz como sucesor de Arzalluz, le prestó tres votos, imprescindibles para aprobar el plan Ibarretxe, rechazado después en Madrid. Tras las comicios de 2005, el respaldo de los radicales propició su reelección. El último regalo envenenado de la izquierda abertzale lo recibió el verano pasado: un voto para aprobar la ley de consulta y remover las aguas internas en el PNV.
El proyecto conocido por su nombre ocupa, durante años, el primer plano de la actualidad política, contribuye a tensar la cuerda con PSE y PP y a cohesionar al tripartito, al que Ibarretxe demuestra fidelidad inquebrantable por encima incluso de su partido. Todavía hoy, con un Gobierno herido, Ibarretxe sigue defendiéndolo como «cauce central». La tradicional bicefalia del PNV se reescribe durante el mandato de Ibarretxe. El lehendakari se hace con las riendas y el mando empieza a bascular desde Sabin Etxea hacia Ajuria Enea.
Los recelos no tardan en asomar: la pugna interna esconde el intento del lehendakari por mantener las riendas, hasta que a Imaz no le queda más opción que salir de escena para no provocar un nuevo trauma en el PNV. Ibarretxe ha mantenido el liderazgo hasta que la anulación de la consulta prevista para el 25 de octubre certificó el segundo fracaso de sus planes. El soberanismo ha quedado aparcado, por ahora. Pero nadie duda, tampoco en su partido, de que florecerá de nuevo en campaña.

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