L es diré algo que me deja atónito y hasta me indigna un poco: oír decir a gente de mi edad que los jóvenes de ahora son peores que los de antes. O que no leen nada. O que en nuestra época sabíamos mucho más y estudiábamos con fiereza. O que nuestros profesores eran más cultos y los contenidos de nuestros libros de texto eran más completos y veraces, y que, en conjunto, éramos mejores personas, más conscientes de la realidad en que vivíamos y más capaces de responsabilizarnos de nuestros actos y de desenvolvernos con agilidad en un mundo complejo. Con demasiada frecuencia he tenido que escuchar este tipo de juicios en boca de amigos por los que siento afecto y respeto, pero a quienes, al fin y al cabo, conozco lo suficiente como para saber que no han leído un libro entero en su vida. O que fueron unos pésimos estudiantes en un sistema educativo, por decirlo sin acritud, bastante penoso. Dejémoslo ahí. Que cada cual explore sus catacumbas si tiene ganas de ser sincero consigo mismo. Pero no deja de ser curioso comprobar cómo nos engañamos con la memoria una y otra vez. Y cómo además estamos dispuestos a defender nuestros errores con profusión de ruido, gran alarde de fruncimiento de ceños y estiramiento y agitación de arrogantes dedos índices. La cuestión es que, en cierto modo, educamos a nuestros enemigos. Toda generación desconfía de la siguiente porque será la encargada de jubilarla. Y en rigor, de enterrarla. Por una parte, tratamos de transmitir nuestra cultura a los que vienen detrás (y tratamos, por supuesto, de hacerlo de la mejor manera posible), pero por otra no podemos evitar saber que vienen a liquidarnos. Lo grave es que sigamos tragándonos aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. ¿No es increíble que seamos incapaces de librarnos de esa fantasmagoría? Ni leíamos más, ni los libros eran más completos, ni estaban mejor escritos, ni nuestros profesores poseían aptitudes más elevadas ni mejores disposiciones didácticas, ni el sistema era más eficaz ni nada de nada de todas esas turbias y tristes gaitas de antaño. En el fondo, el mensaje inconsciente que toda generación pretende lanzar a la siguiente es: 'No seréis mejores que nosotros'. O, peor aún: 'Nosotros habríamos sido mejores si hubiéramos contado con vuestros medios'. Pero eso no es verdad. Y suena a justificación barata. Como si estuviéramos disculpándonos por no haber sido capaces de demostrar que éramos tan buenos como creíamos.