S egún la encuesta Infancia 2008 realizada por la Universidad Pontificia de Comillas, la falta de conciliación entre la vida laboral y familiar parece que repercute en el sentimiento de soledad que manifiestan los niños y que se desencadena cuando regresan del colegio y están solos en casa, o cuando se encuentran solos aunque estén acompañados por sus padres.
Es mi intención hoy realizar una breve articulación entre el sentimiento de soledad de los menores y el estilo educativo de los padres, más allá del estrés que conlleva para los adultos la conciliación entre la vida laboral y familiar.
En primer lugar, es oportuno reflexionar en torno al hecho de que el sentimiento de soledad infantil no tiene que ver exclusivamente con el tiempo real que un niño pasa con sus padres, siempre y cuando exista un equilibrio, sino que más bien es una emoción que se subjetiviza en relación al grado de afecto e interés que muestran los padres por sus tareas, juegos o preocupaciones cotidianas.
En segundo lugar, conviene recordar que la mera presencia física de los padres o de un cuidador no garantiza la ausencia de soledad en el niño, sino que es la manera de escuchar y responder a sus demandas lo que posibilita que se encuentre acompañado emocionalmente o aprenda progresivamente a estar solo.
En tercer lugar, el estilo educativo de los padres (autoritario, democrático, negligente, permisivo) nos descifra la manera que tiene el adulto de interactuar con el menor en aspectos básicos para el desarrollo de su personalidad como el afecto, la comunicación, la transmisión de normas, y el autoconcepto y la separación con el otro.
Por ejemplo, un estilo autoritario favorece en el niño la dependencia del adulto, el miedo a estar solo y genera un escaso autocontrol en la conducta cuando se ausentan los padres. Cuando están solos en casa, con trece años no se responsabilizan casi nunca de sus tareas cotidianas, y se dedican a ver la televisión, a navegar por Internet, a hablar por el móvil o a otros asuntos.
El estilo 'laissez-faire' (negligente) se distingue por la poca atención que prestan los adultos a las necesidades psicológicas del menor, aunque estén físicamente presentes en el hogar, y por la repercusión que esta actitud tiene en la formación de su autoconcepto y en los procesos de adaptación social. Los menores que no han sido valorados por sus padres se descalifican (soy una mierda, no valgo para nada), y creen desde una posición depresiva que no merece la pena esforzarse, porque no van a conseguir nada.
Sin embargo, si los padres son muy permisivos hay afecto pero no hay control. En el estilo parental democrático sí que se da un alto nivel de comunicación, afecto y estructuración de límites, que favorece la autonomía sin desajustes patológicos. Así, en su recorrido personal los niños van aprendiendo a hacerse personas, a responder de sus actos, a estar solos, a equivocarse, a intentar resolver los conflictos con los otros respetando las normas consensuadas, y a adoptar un criterio que les permite con cierta dosis de ilusión construir su propio camino.
Pero, durante todo este proceso de aprendizaje, lo que no se dice en las encuestas es que los padres intentan cada día dar lo mejor de sí mismos a su prole, a pesar de la dificultad que conlleva la entrañable tarea de educar en lo que es posible.