Hay que temer más que nada a los gobiernos que actúan impulsados por el miedo. Tzvetan Todorov -pelo blanco y rizado, hablar pausado y profesoral y experiencia de inmigrante del Este que llegó a Francia en los sesenta- alerta contra las reacciones desmedidas ante lo que se entiende como amenazas, a veces sin razón. El intelectual francés, que estos días ha visitado España para presentar su último libro ('El miedo a los bárbaros', Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores) y recoger el premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, sostiene que son precisos cambios drásticos en la educación para integrar a los inmigrantes y asegura que la consecuencia de una guerra siempre es otra guerra.
-Usted divide el mundo en cuatro grupos de países. ¿Se acabó para siempre un mundo organizado en torno a dos grandes bloques?
-Suelo clasificar los países ahora no en dos bloques, sino en cuatro: países con apetito, los que creen llegada su hora de tener un lugar entre los privilegiados; resentidos, no hace falta explicarlo, y son muchos, desde Marruecos a Pakistán; temerosos, todos los países occidentales ricos; e indecisos, un colectivo que no sabe muy bien qué papel quieren adoptar. Pero no son categorías con vocación de durar un tiempo largo, sino que se dan en un momento y pueden cambiar muy deprisa.
-En ese mundo tan complejo, bajo la amenaza del terrorismo global y en plena crisis económica, ¿pueden surgir ahora propuestas totalitarias?
-El campo de la predicción del futuro, aunque sea desde la experiencia histórica, no es una ciencia exacta. Dicho eso, no creo que estemos en una situación digamos pretotalitaria. No creo que sean los totalitarismos la principal amenaza de la Humanidad en este momento. En cambio, sí creo que Occidente se está dejando llevar por el miedo a lo que pueda suceder en el futuro en el ámbito político, por el temor a una invasión del Islam; el económico, por el previsible poderío chino; o el medioambiental, ante la posibilidad de un deterioro que amenazara la supervivencia en el planeta.
-Algunas de las circunstancias que se dan ahora se vivieron también en los veinte y los treinta, y aquello desembocó en totalitarismos y una guerra.
-El miedo es mal consejero. No podemos estar pensando todo el tiempo en que pende sobre nosotros una amenaza grave, porque eso genera reacciones irracionales que a veces son mucho más devastadoras que el mal que se teme. En cuanto a la crisis económica, espero que tenga también consecuencias positivas y desde luego que no sea una preparación para el advenimiento de otra guerra.
Lento progreso
-El desarrollo del conocimiento no ha terminado con las guerras ni la miseria, como preveían algunos pensadores ya hace más de dos siglos. ¿Son consustanciales al ser humano y no van a desaparecer nunca?
-Desde la Ilustración, se piensa que la difusión del conocimiento y el fin de los prejucios acabará con las guerras y las miserias. No hace falta decir que no ha sido así. Pero aunque no se han erradicado las guerras, es imposible que haya una entre 27 países europeos que en el pasado se enfrentaban continuamente. Y eso ha sido posible gracias a la iniciativa de constituir la UE. Si algún día los países resultantes de la división de Yugoslavia entran en la UE también la guerra será imposible entre ellos.
-Pero el mundo es mucho más que Europa...
-Esa ausencia de guerras en Europa no es la única mejora. Si miramos en el interior de cada país lo que sucedía hace un par de siglos también observamos cambios. No hay pena de muerte, como antes, que se utilizaba frecuentemente, y de forma muy cruel. En Francia, se practicaba el descuartizamiento... Hace apenas unos años, las mujeres no tenían derechos cívicos, y hoy los tienen. Hasta fechas reciente, el rico o el noble imponían su voluntad por encima de la ley, algo que tampoco pasa hoy. Sí se ha producido progreso, no se puede decir que no lo hay. Pero no creo que la guerra ni los pobres desaparezcan.
-¿Por qué?
-Porque el deseo de obtener ventajas o beneficios sobre los demás está en los individuos. Siempre habrá ese deseo también de enriquecernos para vivir mejor o sentir que tenemos una vida más importante. En ese sentido, suelo citar a Rousseau cuando decía que el bien y el mal manan de la misma fuente. La pasión por la riqueza, por estar por encima de los demás, van a estar ahí siempre. Si a eso añadimos que vivimos en un mundo con recursos limitados y una población que no para de crecer, eso ayuda a pensar que en el futuro seguirá habiendo conflictos. Pero eso no nos conduce al Apocalipsis, aunque sí a adoptar algunas medidas.
-¿Cuáles?
-Frenar el crecimiento demográfico y encontrar la manera de compartir los recursos disponibles de la manera menos injusta posible, en vez de distribuir en función de la dominación militar. El peligro de ésta es que una guerra siempre engendra otra guerra, a menos que nosotros mismos nos impongamos la prohibición de dejarnos llevar por la tentación de ejercer la dominación por la fuerza.
Los inmigrantes
-Uno de los grandes problemas de Europa hoy es el derivado de la difícil integración de los hijos de los inmigrantes. ¿Cómo se arregla eso?
-No hay fórmulas mágicas, pero me parece que la única vía es la educación, dicho en un sentido amplio, lo que incluye la acción pública, las actitudes y los mensajes transmitidos por los políticos y los medios de comunicación y por supuesto la escuela, que tiene un papel fundamental. La tarea no es nada fácil, y es muy frecuente que los profesores se encuentren desamparados ante la magnitud de su trabajo. Hay aulas en muchos colegios de la periferia de París con chicos de hasta 20 nacionalidades diferentes. Ante una situación nueva hay que plantearse la educación de una forma nueva.
-¿En qué sentido?
-Yo sugeriría insistir mucho más en la diferencia entre la cultura y la nacionalidad. Es posible compatibilizar identidades múltiples. Los judíos franceses se han sentido siempre miembros de la cultura judía y al mismo tiempo ciudadanos franceses de pleno derecho. Hay que lograr que eso pase con otros colectivos, explicar a los niños que pueden ser árabes y franceses al mismo tiempo. Para ello, ayuda mucho demostrar que la historia de un país no está llena solo de páginas gloriosas y momentos en que ha sido injustamente atacado. Cualquier país tiene páginas negras y tenemos que enseñar, dando ejemplo nosotros en primer lugar, a tener una mirada crítica sobre nuestra propia historia.
-¿Y cómo se resuelve el problema de la libertad de expresión? Aquí se puede caricaturizar a Dios o blasfemar, sin problema, pero no parece que pase igual con el islamismo. Ahí está lo sucedido con las caricaturas en el periódico danés.
-No pienso que haya que poner límites a la libertad de expresión, pero tampoco hay que erigirla en un valor absoluto. En nuestras sociedades no está permitido decir cualquier cosa.Y a veces, aunque no esté expresamente prohibido, no las decimos porque somos conscientes de la tensión que pueden causar. Nadie diría, por ejemplo, que todos los negros son unos violadores. Porque no es cierto y porque decirlo generaría gran tensión en algunos grupos de nuestra sociedad.
-Pero ante una referencia religiosa, los musulmanes suelen reaccionar con mucha más dureza. Eso parece evidente.
-Se debe a varios factores, en especial que esas comunidades proceden de antiguas colonias y viven en unas condiciones en las que están sufriendo a diario discriminación por el color de su piel, el apellido, su forma de hablar el idioma... Se sienten diariamente humillados y marginados. La razón por la que hubo una reacción tan fuerte por las caricaturas del periódico danés no fue porque representaran a Mahoma con una bomba en su cabeza. Se percibió como una agresión a su comunidad. No hay que prohibir las caricaturas, pero conviene recordar que no fue una creación espontánea de un dibujante, sino que respondía a que la dirección del periódico pidió caricaturas para ridiculizar la religión musulmana.
-¿Está sugiriendo que el fondo del problema no es la religión?
-Efectivamente. El problema es que se quería ofender a una comunidad. Y nadie quiso prestar oídos a la gente que protestaba. Hay que recordar que el Gobierno danés está en el poder gracias al apoyo de un partido xenófobo que quiere expulsar a los musulmanes de su territorio. La caricatura se publicó por las mismas fechas que un chiste en el que se pregunta qué diferencia hay entre una rata y un musulmán y la respuesta es que una rata no pide ayuda social. El problema no se puede reducir en modo alguno a un asunto de libertad de expresión.