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El distanciamiento provocado entre UPN y el PP por los Presupuestos Generales del Estado se acentúa y puede convertirse en irreversible

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Fin de ciclo en Navarra
Rajoy y Sanz estrechan sus manos durante el encuentro que celebraron en septiembre para analizar el desarrollo del pacto PP-UPN. / EFE
Lo que en principio parecía un simple desmarque táctico coyuntural amenaza con convertirse en alejamiento estratégico definitivo. De lo que no cabe duda es de que UPN y el PP hacen frente estos días al momento más tormentoso en sus relaciones desde la firma del acuerdo que propició en 1991 la disolución voluntaria en Navarra de la formación que ahora preside Mariano Rajoy a cambio de que los populares se convirtieran en el cauce de representación de los foralistas a nivel nacional y europeo. La predisposición mostrada a principios del mes pasado por parte del presidente Miguel Sanz para evaluar un eventual apoyo de los diputados de su partido a los Presupuestos del Estado ha sido el detonante de una crisis que no ha hecho sino crecer hasta convertirse casi en irreversible.
El mutismo es absoluto en las filas regionalistas. Nadie quiere contribuir a agravar una situación que, según reconocen en privado, está generando importantes roces internos entre quienes apuestan por fortalecer la personalidad diferenciada de UPN y aquellos que se mantienen fieles a una unidad de acción sin fisuras con el PP. «Cada día que pasa las cosas van a peor y a estas alturas es difícil vaticinar cómo va a acabar todo esto», señala un destacado miembro de la formación regionalista que pide permanecer en el anonimato.
Miguel Sanz es el que marca el ritmo de la gestión de las discrepancias en público. En un reciente artículo de opinión, insistía en que UPN «es un partido soberano», a pesar de que sus dos diputados, Santiago Cervera y Carlos Salvador, estén encuadrados en el Grupo Popular, y agregaba que el pacto con el PP contempla «una posición de voto diferente en situaciones especiales que afecten al interés general y la gobernabilidad de Navarra».
El desmarque de los regionalistas en la votación de las cuentas públicas podría encauzarse a través de la abstención, lo que evitaría llevar hasta el extremo el desencuentro con el PP aunque reivindicándose de manera muy explícita como proyecto diferenciado. Mientras, Mariano Rajoy y los principales dirigentes de su partido están asistiendo a esta toma de posición decepcionados y disgustados, al creer, además, que Sanz está empeñado en forzar al PP a romper la baraja y dar el primer paso hacia la ruptura.
Desde el PSN se asiste al desarrollo de la crisis con una mezcla de curiosidad e interés y, según explica Jorge Mori, secretario de Comunicación de la ejecutiva socialista, desde el convencimiento de que Sanz «va en serio» porque «ha dado demasiados pasos para poder recular».
A su juicio, el presidente navarro, que anunció hace tiempo que no se presentará a la reelección, busca «dejar atadas las inversiones relacionadas con el Tren de Alta Velocidad y algunas infraestructuras muy importantes que no se consiguieron durante la etapa de Aznar» y pretende devolver a UPN la autonomía política perdida que le permita una mayor flexibilidad en su política de alianzas. En todo caso, los socialistas niegan cualquier vinculación entre la posición que finalmente adopte UPN en el Congreso y su postura ante los Presupuestos que se discutan en la Cámara foral.
Pacto lejano
El contexto político actual es muy distinto al del momento en que se formalizó el pacto entre regionalistas y populares. El 25 de marzo de hace diecisiete años fueron Jesús Aizpún y Juan Cruz Alli, por parte de UPN, y José María Aznar y Jaime Ignacio del Burgo, por el PP, los que estamparon su firma después de no pocas vicisitudes. Alli era uno de los principales valedores de un acuerdo eminentemente utilitarista, que pretendía ante todo desalojar a los socialistas del Gobierno foral. Le costó vencer las fuertes reticencias existentes en el seno de su partido, esgrimidas fundamentalmente por Aizpún, fundador y referente indiscutible del mismo, quien veía peligrar la versatilidad del proyecto regionalista.
De hecho, la ejecutiva de UPN trató en vano hasta el último instante de que sus diputados y senadores conservaran la libertad de voto pero, aun así, la asamblea del partido se decantó por la unión con los populares. La diferencia fue clara: 418 votos favorables y 193 en contra.
Hasta ese momento, la división del centro-derecha navarro había posibilitado al PSN ser el partido mayoritario y, a su vez, esa condición le permitía acceder de forma automática a la presidencia del Ejecutivo al no poder conformarse mayorías alternativas debido a la fragmentación parlamentaria y al nulo entendimiento entre regionalistas y nacionalistas. La normativa vigente en aquel momento, modificada después en 2001, no primaba la conformación de coaliciones electorales y, por ello, UPN y el PP se vieron abocados a fusionarse para lograr la primacía.
El resultado fue inmediato. En las elecciones forales de mayo la suma de fuerzas les llevó al liderazgo y el 3 de septiembre Juan Cruz Alli se convirtió en nuevo presidente. Ocupó el cargo hasta 1995, año en que abandonó UPN tras no ser elegido para optar a la reelección y pasó a liderar una formación de nuevo cuño, Convergencia de Demócratas Navarros. Dio ese paso reivindicando su talante centrista frente a las «políticas fundamentalistas, excluyentes y reaccionarias» de su antiguo partido. La escisión apeó a los regionalistas del Gobierno foral sólo durante poco más de un año. Recuperaron el poder en 1996 con Miguel Sanz al frente y no han vuelto a perderlo.
Plataforma privilegiada
Hasta este mes de septiembre, la placidez había sido el signo distintivo en las relaciones entre UPN y el PP. Lo fue, por supuesto, durante la etapa en que gobernó José María Aznar, que ofreció a los regionalistas una plataforma política privilegiada, y también lo ha sido durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero.
A pesar de determinadas matizaciones públicas del presidente Sanz para atemperar el duro discurso oficial del PP, relacionadas, por ejemplo, con el proceso de paz que impulsaba el Gobierno socialista o con la investigación de los atentados terroristas del 11-M, las relaciones entre ambos partidos nunca llegaron a chirriar. Ni siquiera lo hicieron cuando desde las máximas instancias de UPN se expresó cierta inquietud por la poca visibilidad política de sus diputados frente al protagonismo adquirido en el Congreso por Uxue Barkos en nombre de Nafarroa Bai.
Críticas y alabanzas
La campaña electoral para las últimas elecciones forales agrió las relaciones entre regionalistas y socialistas navarros hasta cotas nunca vistas. La posibilidad, anunciada por las encuestas, de que una entente entre el PSN y Nafarroa Bai desplazara del Gobierno a UPN llevó a sus dirigentes a realizar declaraciones de extrema dureza contra la política antiterrorista del Gobierno. Sólo la crisis postelectoral de los socialistas navarros, provocada al verse obligados por parte de la ejecutiva federal a facilitar a UPN el acceso en minoría al Ejecutivo foral, hizo que amainara el temporal y las descalificaciones se convirtieran en halagos.
Desde entonces la situación se ha ido asentando progresivamente y los socialistas han garantizado la estabilidad política en Navarra en lo que resta de legislatura. A cambio, Sanz ha reconocido los excesos verbales cometidos en la pugna electoral del año pasado y ha alabado en reiteradas ocasiones el papel jugado por Zapatero en el proceso que le llevó a repetir en la presidencia navarra.
En este contexto, los apuros del Gobierno socialista a la hora de recabar apoyos suficientes para lograr la aprobación de los Presupuestos del Estado no han dejado indiferente al presidente navarro y ha aprovechado la coyuntura para dar un golpe de timón. Ni siquiera el desembarco de los principales dirigentes del PP en Pamplona para intentar cerrar la brecha abierta ni la cena celebrada en Madrid con Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal hace dos semanas escasas le ha hecho cambiar de idea.
La suya es una apuesta muy arriesgada, porque nadie acierta a vaticinar cómo quedaría la relación de fuerzas entre UPN y el PP en Navarra en caso de ruptura. Pero Sanz parece dispuesto a no echarse atrás sin que, al menos, cambien las reglas de juego de la vinculación que ata a su partido con los populares.

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