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A la vista de cómo van nuestros jóvenes estudiantes, vamos a tener que esperar los avances de la genética para inculcarles conocimientos, ya que, como afirma Boncinelli, «crearemos seres más longevos, listos y productivos a partir del gen emx-2». El científico italiano asegura que este gen nos diferencia de los animales, y añade: «los peces no tienen el emx-2 y son unos cretinos». ¡Y algunos bípedos que no nadan también, señor mío! Lo dicho, habrá que esperar, dada la vagancia mental en la que hemos acostumbrado a nuestros hijos. O alcanzan el conocimiento vía laboratorio o vamos de glúteo. Y eso mientras rezamos para que la enseñanza pública no se vaya por el desagüe de la enseñanza neocom y privadísima.
Verán, he leído en un examen de una alumna de Pedagogía -ya saben humanidades y futuros formadores de niños- lo siguiente: 'conyebar'. La falta espantaría a mis monjas y supondría expulsión del colegio de por vida y pese a cualquier enchufe familiar. Y va la señorita y añade: «bueno, pero se escribe con ordenador y corrige las faltas». Y se queda tan ancha y digna. Lo malo es que las máquinas corrigen errores, no la insipiencia. Mi queridísima pez (siguiendo a Boncinelli), el caso es que la ortografía no sólo sirve para que usted luzca su ignorancia, sino para comprender el sentido de las palabras: conllevar, viene a ser 'llevar con', y lo que usted ha escrito debe de ser válido para otra galaxia o para su confuso cerebro.
¿Qué rayos hemos hecho de la enseñanza? Tal vez hemos subvencionado tanto las lenguas extranjeras, las nuevas tecnologías... Y los aprobados masivos. Y los profesores 'comprensivos' que elevan a categoría psicológica la edad del pavo como un asunto sobre el cual pasar de puntillas, que nos hemos olvidado de formar a nuestros analfabetos universitarios. Quienes, por cierto, llevan a gala su ignorancia supina como una muesca imprescindible de eso que llaman 'democracia', 'todos iguales, todos tenemos derechos'. ¡Coño y a formarse también!
Nada, nada, mi cabreo 'conyeba' (¿era eso?) una carga de antigualla inmensa, de la vieja escuela donde los estudios tenían lógica y sentido, a la par que nos transformábamos en dueños del mundo porque nos esforzábamos en comprenderlo. ¿De qué serán ustedes, mis perezosos jóvenes, dueños en su madurez? Si llegan a tal evento, porque, ya puestos, y dado que prima lo joven, tal vez se nos queden en eternos niños. ¿O eran peces?

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