Durante muchos años, la Iglesia vasca ha sido objeto de controversia y crítica. De lo que no hay duda es de su fuerte configuración, con hondas raíces históricas, aunque -y éste es un fenómeno más general- su relevancia haya disminuido sensiblemente. Con las últimas decisiones se hace evidente la voluntad vaticana por modificar su rumbo en un doble aspecto. En primer lugar, diluyendo su excesiva identificación con el nacionalismo vasco, que ha condicionado toda su actividad, en especial su presencia pública en las delicadas tesituras de toma de postura ante todo tipo de violencia y, en particular, la terrorista. Y en segundo término, variando su orientación pastoral, demasiado avanzada para los aires que actualmente predominan en las instancias romanas y en el conjunto del episcopado español. Diversos grupos cristianos, algunos pujantes y muy bien considerados en Roma, se han sentido marginados en la Iglesia vasca por el carácter excluyente de la línea predominante. También es verdad que hay un reconocimiento muy extendido a Ricardo Blázquez por haber introducido una mayor pluralidad eclesial.
A la Iglesia vasca se le plantean grandes retos. De la categoría humana y espiritual de la inmensa mayoría de su clero cabe esperar, más allá de ocasionales reticencias por unos nombramientos impuestos, no sólo la aceptación del obispo auxiliar, que se da por descontada, sino la asunción de ésta y futuras decisiones -que se complementarán en breve, al menos, con el relevo del titular de San Sebastián- como una ocasión para ampliar los horizontes de una Iglesia que siempre ha tenido una notable personalidad.






