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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

Política

las víctimas, según gesto por la paz
«El capricho de unos asesinos a sueldo me arrebató la mitad de mi ser»
La viuda del juez Lidón narra por primera vez el horror del asesinato y las dificultades que tiene para rehacer su vida

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«El capricho de unos asesinos a sueldo me arrebató la mitad de mi ser»
Marisa Galarraga, al lado de Maixabel Lasa, y Fernando Garrido, a la izquierda de la imagen. / BORJA AGUDO
Igual de emocionados, Marisa Galarraga y Fernando Garrido mostraron ayer las dos caras del dolor provocado por el totalitarismo criminal de ETA. La viuda del juez José María Lidón confesó que, seis años después del asesinato de su marido en Algorta, no se siente con fuerzas para rehacer su vida. «El capricho de unos asesinos a sueldo me arrebató la mitad de mi ser», explicó con lágrimas en los ojos en la que fue su primera intervención en público tras el atentado. El hijo del general Rafael Garrido y de Daniela Velasco y hermano de Daniel Garrido -muertos por la explosión de una bomba que también acabó con la vida del conductor del coche militar, José Mari Teixeira-, quiso transmitir un mensaje de esperanza a Marisa y al resto de las víctimas del terrorismo: «el tiempo cura, es milagroso, suaviza el dolor, aunque éste siempre persista», proclamó.

Los testimonios de Galarraga y Garrido, precedidos por la exposición del profesor de la Universidad de Deusto Galo Bilbao sobre la presencia de las víctimas en el sistema educativo, cerraron ayer la sexta edición de las jornadas sobre los damnificados por la violencia que durante tres días ha celebrado Gesto por la Paz en la capital vizcaína.

Marisa Galarraga, filóloga y profesora de bachillerato en un colegio de Bilbao, rindió homenaje a su marido, un catalán «que amaba el País Vasco mucho más que otros que dicen amarlo hasta la médula». El juez Lidón, dijo, «era un hombre bueno, optimista, cariñoso, cercano y generoso» que «no soportaba la injusticia».

Traumatizada por el atentado, que vivió en primera persona -dos pistoleros salieron al paso del coche del matrimonio a la puerta del garaje de su vivienda, el 7 de noviembre de 2001-, las imágenes de aquella mañana le asaltan muchas noches como una inevitable pesadilla. «Mi vida y la de mis hijos dio un giro de 180 grados por el capricho de unos asesinos a sueldo», volvió a repetir.

La viuda del juez Lidón recordó también el funeral y denunció «que muchos políticos sólo quieren salir en la foto». No pasó por alto que «el entonces delegado del Gobierno del PP» (Enrique Villar) exigió «con un sinfín de llamadas, cada vez en peor tono» que se reservara un sitio en primera fila a José María Aznar. La familia se negó y Aznar no fue a la misa. «Al día siguiente, un periódico y un programa de televisión nos pusieron poco menos que de terroristas», lamentó.

Marisa recordó lo íntimamente unida que vivió a su marido durante treinta años de relación. «Cuando íbamos de cena, podíamos tirarnos hablando hasta las tres de la mañana», dijo. Su asesinato le cayó como una losa, «pero un día me di cuenta de que sólo había pensado en mi sufrimiento y en el de mis hijos. Pero, ¿y él? Le han privado ver cómo sus hijos acababan la carrera o la boda del mayor y tampoco va a poder disfrutar del nacimiento de su primer nieto».

De baja desde que hace un año sufrió una crisis de ansiedad que se reprodujo, con mayor virulencia, el pasado mes de septiembre, Marisa vive con la esperanza de que «los asesinos sean juzgados y condenados, y que, a poder ser, pasen 30 ó 40 años en la cárcel, lo que me daría un poco de paz».

«Recordamos lo bueno»

El 25 de octubre de 1986, en San Sebastián, Fernando Garrido, guía de montaña en Pirineos, perdió en el mismo atentado a su padre, gobernador militar de Guipúzcoa, un general «atípico», «muy abierto de mente» que «estudiaba euskera»; a su madre, «la mejor mamá del mundo»; y al pequeño de sus cinco hermanos, «que tenía toda la vida por delante». Él, que escuchó la explosión de la bomba, recuerda que vivió aquel indescriptible drama «como si estuviera dentro de una burbuja, atontado».

El paso del tiempo le ayudó a superarlo: «Nos juntamos los hermanos muchas veces y sólo recordamos los momentos bonitos». No obstante, «desgraciadamente, de vez en cuando, te vuelve todo a la cabeza. Personalmente, me echo a llorar cada vez que veo a la gente sufriendo porque ha perdido un ser querido, sea en un atentado o de cualquier otra manera. Me identifico tanto con ellos...».

Optimista por naturaleza, Fernando Garrido celebra que «la gente se porta cada vez mejor con nosotros. Es muy agradable». Eso sí, no puede entender «a quienes aplauden la violencia ni, sobre todo, a quienes insultan a los familiares de los muertos, con burlas, desprecios o diciendo: 'algo habrá hecho'. Es inhumano. ¿Qué clase de corazón tienen?».

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