Domingo, 3 de junio de 2007
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CULTURA

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«Los políticos deben ser ejemplares en su vida privada»
Javier Gomá defiende en su obra al «héroe corriente» que se levanta cada mañana y «vive y envejece con dignidad»
«Los políticos deben ser ejemplares   en su vida privada»
JUEGO DE ESPEJOS. «No somos inmunes a cómo vamos vestidos o a cómo hablamos», dice Javier Gomá, autor de 'Aquiles en el gineceo'. / JOSÉ RAMÓN LADRA
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BIOGRAFÍA

LAS FRASES
Javier Gomá nació en Bilbao en 1965.

Es licenciado en Filología Clásica y en Derecho. Doctor en Filosofía.

Letrado del Consejo de Estado.

Actualmente es director de la Fundación Juan March.

Es autor de 'Imitación y experiencia', por la que recibió el Premio Nacional de Ensayo, y de 'Aquiles en el gineceo', que acaba de aparecer en Pre-textos.

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Una pareja está cenando en casa de unos amigos. El anfitrión prepara la mesa, sirve, recoge y también cocina, mientras que el invitado, que siempre deja estas tareas a su mujer, se siente incómodo ante sí mismo y ante los demás. Su amigo es un modelo; él, no. Con esta sencillez explica Javier Gomá una de sus ideas fundamentales, la del ejemplo y la imitación como base de la ética.

Gomá, director de la Fundación Juan March y con un impecable currículo en el campo del Derecho, sorprendió hace casi cuatro años con su primer libro, 'Imitación y experiencia', una obra de un vigor y ambición poco corrientes entre los intelectuales españoles. Con él ganó el Premio Nacional de Ensayo, y ahora vuelve a las librerías con su segunda obra, 'Aquiles en el gineceo' (Pre-textos), una reflexión sobre la valentía de abandonar la casa de los padres y asumir la madurez, o «fundar una casa y ser útil a los demás», como él mismo resume.

-Usted dice que la conducta ética se basa en lo bueno que vemos en los demás. Pero, ¿en quién fijarse?

-Te guste o no te guste, tú me influyes a mí y yo te influyo a ti. Somos ejemplo para los demás y los demás son ejemplo para nosotros. Si yo veo a mi lado un comportamiento cívico, virtuoso, eso me advierte de que esa virtud es posible, y al mismo tiempo me interpela: 'Y tú ¿por qué no la haces?'. Nos somos inmunes a cómo vamos vestidos o a cómo hablamos. Por lo tanto, cada uno es responsable del ejemplo que da a su pareja, a sus hijos, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo.

-Imagínese a un político que diga: «Soy un gestor estupendo y en mi casa hago lo que me da la gana».

-Es falso que se puedan separar los ejemplos públicos de los privados. Todos vivimos en un red de influencias mutuas. No puedes decir esto pertenece a mi vida privada y no lo toques. Los políticos deben ser ejemplares y responsables también en ese ámbito. ¿Cómo no van a serlo, si tienen una influencia brutal en la sociedad?

-No puede decir: «Soy un buen político, pero una mala persona».

-Los políticos necesitan suscitar confianza, y para conseguirla tienen que comportarse de una pieza. No pueden decir: 'Desempeño mi trabajo a la perfección, pero no pago la Seguridad Social de mi asistenta'. Oiga, si usted tiene una conducta incívica, yo no me puedo fiar de usted, y entonces no le voy a dar mi voto. El político tiene la función importantísima de legislar, pero no debe olvidar que es fuente de moralidad pública, con su actitud, con sus palabras.

El médico y el mecánico

-¿No andamos, precisamente, bajos de 'moralidad pública'?

-Antes la gente moría por la patria, por Dios o por ambas cosas a la vez. Afortunadamente, esto ya sucede muy poco. Pero no sabemos qué valores pueden sustituir a esos ideales absolutos, quizá porque no hemos sacado todo el provecho de la ejemplaridad de las personas. Podemos hablar del bien común, pero me parece demasiado abstracto y, depende cómo se utilice, puede significar cosas muy distintas.

-¿No quedan ya héroes en los que fijarnos?

-Nos hemos acostumbrado a pensar en los héroes como genios locos que hacen cosas extraordinarias y extravagantes.Yo reivindico la heroicidad del hombre corriente que vive y envejece con dignidad, que se levanta todas las mañanas, cuida de su casa y se quiere útil para la sociedad. No se nace digno. Eso hay que merecerlo, hay que ganarse la vida.

-Dentro y fuera de casa.

-La participación pública no sólo se produce a través de elecciones o en organizaciones como las ONG. También se da en casa y en el trabajo. Piensa en un médico. Su ejemplo es tan importante como el de un político.

-¿Y el de una persona que cobra 600 euros al mes?

-Hay muchos trabajos alienantes y frustrantes, y eso es una obvia imperfección de la sociedad, que en ningún momento voy a negar. Pero he dicho médico como podía haber dicho mecánico: yo veo a muchos que tratan de ser modélicos en su trabajo y se les ve felices y realizados en lo que hacen. Sería muy injusto negarles su capacidad de dar ejemplo.

-La obra que acaba se publicar trata de cuando Aquiles deja su hogar, el gineceo en el que está mimado por su madre, Tetis, y sale a la guerra aun sabiendo que va a morir. ¿No es un poco cruel este mito que representa el paso de la adolescencia a la madurez?

-Sí, en cierto modo. En la adolescencia vives una ociosidad subvencionada por los padres y te sientes único, irrepetible. Es lo que yo llamo el estadio estético. Cuando te haces maduro, sabes que eres sustituible, que perteneces a una cadena, que cuando tú faltes serás remplazado por el siguiente eslabón. Lo que importa no es ya tu propia subsistencia, sino también la de los que están a tu alrededor y más allá. Por eso digo que aquí ya estás en el estadio ético. Es la experiencia más radical, la de la mortalidad, no la de la muerte, que es un hecho físico.

Apetito sensual

-Pero, como le pasa a Aquiles, cuesta dejar a los padres.

-Es una separación necesaria. Es la única manera de crecer, de hacerse adulto. Y el dolor va repartido: el padre llora cuando se casa su hija, aunque también se siente feliz porque sabe que empieza su propia vida. Una vez que comienzas a vivir por ti mismo, a hacer cosas por ti mismo, sientes un apetito a veces sensual y voluptuoso por seguir haciéndolas.

-Según las estadísticas, la gente cada vez se marcha más tarde de casa.

-Yo he vivido intensamente ese estadio estético en el que te consideras el centro del mundo. Pero llega un momento en que te aburres de ti mismo y quieres abrirte a los demás y ser útil, aun a riesgo de saber que eres sustituible y de ser consciente de tu mortalidad. Hasta que llegas a la madurez, estás mimado, protegido, consentido. Pero te hartas de no tener una vida propia. Hay gente que recuerda su adolescencia y su primera juventud como un paraíso perdido. Yo no. Además, no por entrar en la sociedad tienes que convertirte en un mero instrumento social.

-Entrar en la sociedad, ¿significa para usted trabajar y casarse?

-Bueno, casarse o lo que sea. Prefiero no hablar de fórmulas cerradas y sí de 'fundar una casa'. Lo que ocurre es que esas dos cosas ejercen una presión mucho más llevadera que antes. La pareja admite fórmulas distintas donde el grado de compromiso varía mucho. Y en el trabajo, hemos llegado a las 40 horas semanales como máximo y al mes de vacaciones. En comparación con el siglo XIX, supone una gran conquista. Ahora la gente se puede quedar en la ociosidad subvencionada de los padres hasta los 35 años y tener un sexualidad activa. Además, se ha producido una multiplicación por mil de la capacidad de consumo y, en consecuencia, de la persona que busca sobre todo el placer.

Todos lo mismo

-¿Qué efectos negativos tiene esta situación?

-Eso tiene un riesgo: que la evolución de nuestra personalidad se detenga. Las personas están volcadas en la satisfacción de sus deseos y tienen un grado de compromiso bajo. Falta entonces el individuo que quiere vivir por sí mismo, que aspira a ser un ejemplo y a ser útil. Nos creemos únicos, aunque de hecho nos integramos en una gran masa en la que todos hacemos lo mismo. En los programas de testimonios y en los 'realities' de la tele, cada uno trata de exhibir su particularidad, y se ve que quienes salen en la pantalla creen en ella. Pero todos dicen cosas muy parecidas.

-Todos tenemos derecho a opinar.

-A lo largo de la historia, la individualidad ha estado sometida al poder político y religioso. Desde el siglo XVIII, hemos ido ganando espacios de libertad. Esa liberación es muy importante, y si no la hubiéramos hecho la tendríamos que hacer. Está bien revindicar la espontaneidad. Pero, al mismo tiempo, me temo que al ser espontáneos en una sociedad de masas se libera mucha vulgaridad estética y ética.

 
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