¿Cómo es posible que alguien se muera en su casa y nadie se dé cuenta hasta varios meses después? Es la cruda historia de José Fraga -Pepe para vecinos y familiares-, que vivía solo en el tercero derecha del número 25 de la calle Zizeruene del barrio de Otxarkoaga, en Bilbao. Los Bomberos le encontraron cadáver en el sofá el pasado martes a las cinco de la tarde. Según la autopsia, por el grado de deterioro del cuerpo, pudo fallecer hace meses, probablemente entre cuatro y seis.
«Fuerte y saludable», el hombre, de 58 años y soltero, se quedó solo al morir su madre, hace unos 30 años. «Era muy independiente, hacía su vida», comentaba ayer Ángela Gallego, vecina del portal de al lado. Precisamente, en el número 23, a unos metros de distancia, reside una tía del fallecido. Isabel, de edad avanzada, explicaba ayer, sin evitar caer en un lapsus, que ella y la hermana de Pepe, afincada en Algorta, «fuimos las que denunciamos que faltaba de casa».
Según la mujer, su sobrino «solía» visitarla: «venía y me hablaba», decía la mujer, sin ocultar que Pepe no le daba explicaciones. También mantenía contacto con su hermana Benita, «iba a verla todos los fines de semana o al menos una vez al mes». Sin embargo, «desde diciembre» comenzaron a echarle en falta. Al principio, pensaron que habría salido a trabajar fuera. Pepe «era ya mayor y trabajaba en lo que le salía, de encofrador, soldador...», cuenta la tía.
Libritos y farias
Nadie tenía llaves de su casa, salvo él, y no cogía el teléfono. Últimamente en el móvil «salía el buzón de buzón», se justifica Isabel. Tampoco respondía a las llamadas al timbre. «Le habían cortado la luz y el agua», por impago. La Ertzaintza se presentó el lunes en el domicilio para intentar localizarle.
Los vecinos también llevaban tiempo sin verle por el barrio. «No era de conversar, pero siempre saludaba». «Era un buen chico, hablaba poco», coincidían ayer los que le conocían. De vez en cuando, Pepe se acercaba hasta el bar más cercano y «tomaba un café o una copa y fumaba un farias». Llevaba siempre «unos libritos» y soltaba peroratas a los camareros. «Era especial, pero no se metía con nadie, una buena persona», resumían.
Pasaban los días y Pepe seguía sin dar señales de vida. La vecina del cuarto empezó a notar un «fuerte olor», aunque la época coincidió con un problema con el pozo séptico.
En las reuniones de comunidad, concretamente, en la última, en la que trataron sobre la posibilidad de instalar un ascensor, algunos propietarios comentaron la extraña y larga ausencia del vecino del tercero derecha. Como vivía de alquiler, «no tenía que dar la cara». Un propietario planteó que se avisase a la tía. «Me chocaba y me daba la impresión de que estaba dentro. No se le veía mucho, pero por lo menos una vez a la semana... Y hacía cuatro o cinco meses que no salía, desde Navidad», indicaba C.G.L.
Ángela Gallego confiesa que para ella había sido una «sorpresa». La mujer le conocía «desde chiquito», cuando su familia se trasladó del barrio de San José, entre Zorroza y Castrejana, hasta Otxarkoaga. «Me he quedado helada, le habrá dado un infarto», aventuraba.
Los Bomberos que entraron en la vivienda «hicieron un gesto» que confirmó a todos la fatal noticia. Sanitarios del Samu certificaron el fallecimiento e informaron a la tía. El caso de Pepe no es el primero ni el último, sólo un ejemplo más de la deshumanización de las ciudades. Probablemente, esto en un pueblo nunca habría pasado.