 CON VISTAS. Desde Goikomendi, el rincón favorito de Torrontegi y donde pastan vacas, se divisa la bahía de Gorliz, parte de Plentzia y hasta Barrika. / FERNANDO GÓMEZ |
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GORLIZ
Alcalde: Patxo Igartua (PNV).
Corporación: PNV- EA (7 conceajles), Plataforma Vecinal Independientes de Gorliz (3) y PP (1).
Población: 4.882 habitantes
Hospital: Es el edificio más emblemático del municipio. Levantado en 1919, fue la primera construcción que se realizó totalmente con hormigón armado en España.
HERRI TORRONTEGUI
Apoyo: Herri ha vuelto a la competición como director de equipo del bilbaíno Efrén Vázquez, al que quiere ayudar a llegar al Mundial de Velocidad, huérfano de pilotos vascos desde la retirada del gorliztarra.
Momentos estelares: Sus dos victorias en el Campeonato del Mundo. La primera en el circuito checo de Brno y, dos meses después, su inolvidable hazaña en el circuito de Jerez, donde ondeó por primera vez la ikurriña. |
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Viendo al pequeño Herri, de sólo tres años, dando trompitos con su bicicleta amarilla por la plaza del pueblo, aunque con la cabeza bien protegida con un bonito casco azul, Torrontegui sospecha lo que se le viene encima. El pequeño es un calco de su padre, el piloto más brillante del motociclismo vasco al que muchos, irónicamente, creen familiar de Chuck Norris por el enorme parecido de un hermano suyo con este actor. Porque en pueblos como Gorliz todo el mundo se conoce, por mucho que la población se cuadruplique en verano o se expanda con un sinfín de urbanizaciones trepando colinas y montes.
En Gorliz, los Torrontegui no necesitan presentación. «El aita» -Félix- nació en un caserío situado junto al humedal de Gatxamiñe. Su madre, Esperanza, también es natal de esta localidad costera. «Una familia humilde y trabajadora» que salió adelante con el popular bar Bidepe y una tienda de ultramarinos en el barrio de San José. Los negocios estaban pegados y se comunicaban por dentro. En la familia «todo el mundo» sabía que debía echar una mano. Había muchas bocas que dar de comer: los padres y siete hermanos, aunque uno de ellos -Jesús Mari, al que le llamaban 'Sarita'- falleció muy joven. Herri o Francisco Javier es el benjamín. Así que la carga de trabajo recayó, sobre todo, «en los más mayores»: José Antonio, Alejandro ('Txintxu'), Juan Félix ('Zana') o Iñaki ('Trampín'). En los Torrontegui, todos «tenemos apodo».
Colgado de los paneles
«Al salir de clase, tenían que repartir por las casas los pedidos de las compras». «Yo viví más relajado», pero no tranquilo. Los mayores le tenían a él de juguete. Para lo bueno y lo malo. Cuando Herri «era un cacanajo» y no levantaba un palmo del suelo, le solían dejar colgado de los paneles de publicidad del Bidepe. Entonces, el suelo parecía que le quedaba a una distancia sideral. «A veces me pasaba colgado un buen rato. Tenía que agarrarme con fuerza y no soltarme. Gritaba fuerte para ver si alguien me bajaba. Si me caía, me daba una hostia de cuidado», recuerda sonriente.
En la terraza del bar, Herri era el más querido. La clientela que se acercaba y solía jugar también a la rana empezó a llamarle así «porque me veía casi siempre con los pantalones caídos. Me decían que iba andando como los 'herritxis' o aldeanos. Y de tanto llamarme 'herritxi' me quedé con lo de Herri». Con muy poco interés por los estudios -«me pesaban mucho los libros y siempre he pensado que los profesores no sabían enseñarme», ironiza- hizo piña con los hermanos Xabier y Jon Artolozaga y su primo Kepa. Pasaron su infancia en San José, una de esas peculiares barriadas que pertenecen a un ayuntamiento distinto al que están pegados y donde, sin embargo, hacían toda la vida. «Era como vivir en tierra de nadie. Un poco raro». El piloto y sus colegas daban un pasito -pero literal- y se plantaban en Plentzia.
Elexalde, el principal núcleo de Gorliz -donde se encuentra la playa, la Casa Consistorial y el hospital- les quedaba lejísimos. «Íbamos a misa los domingos a Plentzia, nos acercábamos al astillero de Plentzia y pescábamos en botes en el puerto de Plentzia. Así que cuando alguien te preguntaba 'tú serás de Plentzia, ¿no?'... tenía que decir que sí».
Pero no. Torrontegui siempre se sintió de Gorliz, un pueblo donde no le daba tiempo a aburrirse. Jugaban a policías y ladrones y a 'txorro-morro-piko-taio-ke'. Y se las ingeniaban para sacar dinero de todos los sitios. Montaban un taller de reparación de bicicletas para echar una mano a los veraneantes: «Quitábamos las piezas de una bicicleta para ponérselas a otra», remarca. Hubo veranos que se dedicaron a la cría de patos y pollitos, «de aquellos amarillos. Compramos una gallina 'kika'. Nos echó 32 huevos». Vendieron cada polluelo a 25 pesetas. Y en ocasiones aprovechaban los tambores de jabón para organizar fiestas de cabezudos.
Luego, cuando ya empezó a «oler a gasolina» y con la indemnización que recibió un hermano suyo herido en un accidente de tráfico, inició un idilio con las motos, cuyas máximas gestas coronó con los Grandes Premios logrados en 1989 en Checoslavaquia y Jerez. Había nacido la leyenda de Herri. Y todos querían transmitirle su cariño. «Un mismo día tuve tres recibimientos oficiales. Uno me preparó el Ayuntamiento de Bilbao, otro el de Plentzia y el último el de Gorliz. ¿Impresionante!».
Así es como ve a su pueblo. «Lo tiene todo». Mar, monte, brío en verano y «calma en invierno, aunque no es de esos pueblos 'fantasmas' que se quedan sin gente cuando llega el frío», subraya Herri, que explota una empresa de lubricantes y que algo se huele mientras su pequeño Herri amenaza con derrapar y hacer otra cabriola con su bici.
l.gomez@diario-elcorreo.com