Martes, 15 de mayo de 2007
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POLÍTICA

KATXIN URIARTE
El 'Carnicerito de Murelaga'
Katxin Uriarte, el último mito de la cesta punta, es considerado un ídolo en Aulesti, un municipio en plena transformación que lucha por mantener a sus jóvenes
El 'Carnicerito de Murelaga'
Entre prados. Asomando la iglesia de San Juan Bautista y con 'Neska' a su lado, Katxin juega al golf en los campos detrás de su casa. / José Luis nocito
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En Aulesti es casi imposible perderse. La BI-3447, que enlaza Bilbao y Lekeitio, atraviesa la localidad de arriba a abajo, cortándola en dos mitades. La carretera se convierte en la principal y casi única calle de un pueblo que se encuentra patas arriba a cuenta de las obras de la red de gas propano, la reforma de la plaza, el desmantelamiento del viejo tendido eléctrico... «¿Esta es la capital del mundo!», se escucha en el restaurante Zarrabenta, de donde cuelgan unos impresionantes jamones. En ella vive el último mito que ha dado la cesta punta: Katxin Uriarte.

Pero en Aulesti, donde se le venera como un gran ídolo, o Miami y México, donde hizo una gran carrera profesional, todo el mundo le conoce como 'El Carnicerito de Murelaga'. Carnicero fue su padre y encima de la carnicería, hoy cerrada, vive con su mujer y sus tres hijos. Casi enfrente de la iglesia de San Juan Bautista. Empezó a jugar a pelota mano contra la pared del templo porque por entonces no había frontón en el pueblo. También «tiraba algunas pelotas con la cesta», pero cuenta que se pasaba más tiempo buscándolas en «las huertas de al lado» que jugando. No la pegaba nada mal. Despuntó desde muy pequeño. A los catorce, ganó el Campeonato de Vizcaya de Aficionados, al siguiente el de España y, con quince años, debutó y compitió en el Mundial.

Lo llevaba en la sangre. Su padre fue un gran manista. Conquistó con su tío el Campeonato de Batzokis -el actual Interpueblos- durante tres años consecutivos, entre 1934 y 1936. La guerra truncó una prometedora carrera. A su hijo le fue bastante mejor. El chaval apuntaba unas grandes condiciones, pero el éxito no le cayó del cielo. Quería triunfar en la cesta punta como profesional, modalidad que hoy padece una profunda agonía, pero que vivió tiempos de gloria cuando él era niño. Y se lo curró. Para ir a entrenar, tenía que hacer cinco kilómetros en bici con la cesta y bolsa a cuestas hasta llegar a Munitibar. Allí, se montaba en un autobús que le llevaba hasta Gernika. Durante un año compitió en Durango y Gernika. Arrasó. Y con 16 no se lo pensó dos veces. Cogió las maletas y en 1972 se plantó en Miami. «Era como ir a estudiar fuera», destaca. Sus padres no le pusieron ningún pero: «Sabían que me tenía que buscar un futuro con la cesta».

En Aulesti, un municipio de honda tradición inmigrante, tampoco extrañó su decisión. «Los jóvenes de Aulesti -reconoce el histórico pelotari- están muy arraigados al pueblo, pero por necesidades laborales tienen que salir». Hoy muchos se ocupan en las empresas de los polígonos industriales de las vecinas Markina y Gizaburuaga. Sin embargo, en los años sesenta, muchos vecinos se fueron a Australia, Venezuela, Estados Unidos... «A sitios donde había trabajo. Porque si aquí no se podía vivir... » Pero, subraya orgulloso, «tendemos a volver». Él lo hizo tras triunfar en los frontones de Miami, pero también en los de Bridgeport, Hartford, Dania... y México. No vino con el riñón forrado, pero en absoluto le fue mal la aventura americana. Su mujer, más aplicada que él, aprovechó la estancia y aprendió el inglés. Él sólo lo «chapurreaba»; hablaba «un inglés tabernero», confiesa.

Katxin dice que «la gente de Aulesti quiere vivir en Aulesti». Y no le debe faltar razón. Basta un paseo por el pueblo. A la gente se la ve feliz con lo que tiene, que no es poco: con su bonita presa -que con razón los lugareños la llaman 'su playa' en verano- y su ikastola, en la que cada curso estudian más alumnos, prueba de que la natalidad también empuja lo suyo en este pequeño pueblo que aspira a alcanzar los 700 habitantes que tenía censados no hace mucho tiempo. Se sienten orgullosos de su frontón y probadero, de su «gran» movimiento asociativo y cultural y de su escuela de música y teatro. Aguardan con impaciencia la construcción del vial de circunvalación, reconocen que no les llega «para montar» un equipo de fútbol y disfrutan con una fiesta que desean convertir en fecha señalada: el 'Día de la Marcha' a las nueve ermitas del pueblo. Un recorrido de 15 kilómetros que se «ata» con una alubiada.

Convertido en 'amo de casa', mientras su mujer imparte clases de inglés, el pelotari disfruta jugando al golf en unos cuidadísimos prados sitos en la parte trasera de su casa, con 'Neska', una hembra de pastor belga, ejerciendo de caddie. Con las excavadoras removiendo el subsuelo de la plaza, Katxin enfila la mirada hacia la iglesia de San Juan Bautista. Recuerda que, con sólo ocho años, se levantaba a las siete de la mañana «para coger frontón. Había que pillar sitio porque funcionaba la ley del mayor. Si venía un chaval más grande, ¿a la esquinita! No había discusión». Aquel pequeño se convirtió en el más grande. Y Aulesti, una localidad pequeña, quiere emular a su ídolo. A su campeón.

l.gomez@diario-elcorreo.com

 
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