Los guardas de los albergues de montaña reciben al montañero y le facilitan el avituallamiento, pero también suelen ser los primeros en auxiliarles si sufren un percance. «El 90% de los rescates se tramitan desde aquí», confirma Javi, responsable del refugio 'Ángel Sopeña' de la Federación vasca de Montaña en las campas de Arraba, a veinte minutos de Igiriñao. Él suele llamar al 112 para avisar de que algún montañero se ha accidentado.
El pasado martes, 1 de mayo, arrancó la temporada montañera, que dura hasta el 1 de noviembre. En estos siete meses Javi está obligado a vivir en el refugio; el resto del año, durante los fines de semana. En sus quince años de experiencia al frente del hospedaje ha visto de todo. Hace tres años permaneció 61 días incomunicado por las nevadas. «Las imprudencias de la gente dan para escribir un libro. Ahora la gente viene a la montaña sin afición, como si fuera a la playa a Neguri», protesta.
El guarda coge las llamadas para reservar literas, las prepara y cobra el alojamiento. También pone el desayuno y, si alguien quiere comer, cocina unos «huevos con chorizo». No en vano se trata de uno de los lugares de Vizcaya más alejados de cualquier núcleo urbano. Su presencia garantiza la seguridad del edificio. «Si se abandonara, ya no existiría debido al vandalismo. El sábado pasado unos gamberros destrozaron cinco coches en Pagomakurre», afirma.
Una lesión en una pierna ha frenado su ímpetu montañero, pero planea una excursión para los próximos días. Un amigo, jubilado y socio del club de montaña bilbaíno Juventus, intenta batir la marca de 1.950 ascensiones al Gorbea. «Le quedan 10 u 11, y le prometí que el día que consiguiera el récord, yo le acompañaría», confiesa. Se lo debe. Él siempre que sube le lleva el pan y el periódico; hasta allí no llegan los repartidores.