Lo de Maitane, Lara y Julio no es cuestión de suerte. Es cierto que aún no han cumplido los 25 años, que hace menos de un año que han terminado la carrera, que tienen trabajo estable y grandes posibilidades de crecer profesionalmente, que sus sueldos superan con amplitud la barrera de los mil euros, que no han tenido que navegar y naufragar en decenas de currículums sin respuesta... Son afortunados, porque se han reconocido sus méritos, pero no suertudos. Al fin y al cabo, todos esos logros precoces son la consecuencia lógica de un esfuerzo notable y continuado a lo largo de los años de carrera. Ellos fueron los números 1 de la última promoción de Derecho en la Universidad de Deusto y de Medicina e Ingeniería Industrial en la Universidad del País Vasco. En un momento en el que un título universitario es poco más que un billete hacia el paro o la precariedad laboral, ellos ya recogen los frutos de años de esfuerzos y privaciones. Los tres son simpáticos, algo tímidos y ven el futuro muy abierto.
JULIO BLANCO. 23 AÑOS.
Número 1 de Ingeniería Industrial en la UPV
«En el trabajo, el expediente es algo anecdótico»
Julio es de Legazpi (Guipúzcoa) y es el único miembro de su cuadrilla que ha estudiado en la Universidad. «El resto hizo FP y todos están colocados con mayor o menor eventualidad», por lo que no se considera muy especial. A no ser porque «yo sí tengo contrato indefinido, algo que igual no es del todo corriente».
Lo cierto es que no hay nada en su trayectoria que sea corriente: terminó Ingeniería Industrial con una nota media de 10 y antes de eso, desde abril del año pasado y mientras hacía su proyecto fin de carrera, ya comenzó a trabajar cuatro horas al día en una ingeniería. Una vez con el título de licenciado, el pasado mes de noviembre le contrató la compañía en la que ha se había estrenado, Sener Ingeniería y Sistemas, ubicada en Getxo. «Me dedico al desarrollo de proyectos de energía solar, al diseño de plantas solares térmicas».
Para alcanzar todo eso a la tierna edad de 23 años ha padecido los mismos sacrificios que Maitane y Lara durante los años de estudiante: «Lo importante es estar motivado, saber organizar el tiempo que dedicas a cada asignatura y sacar partido a las clases, tratar de comprender lo que te están contando». Luego, en casa, dedicaba tres horas diarias al estudio, «en épocas de exámenes más», y a otras cosas. «Si te organizas bien da tiempo a todo. De hecho, es necesario salir con los amigos, hacer deporte...». También es cierto que se considera afortunado porque «gracias al esfuerzo que hizo toda mi familia yo me dediqué a la carrera de pleno, sin necesidad de buscar trabajos a tiempo parcial» para sobrevivir en Bilbao.
Sigue viviendo en la capital vizcaína, de alquiler en un piso compartido, y cada día toma el metro hacia Getxo, donde «continúo con mi formación técnica a la vez que me voy introduciendo en el ejercicio de la Ingeniería». «La principal diferencia con la carrera es que en la Universidad se adquieren conocimientos teóricos, te plantean problemas que debes resolver. En el ejercicio del oficio eres tú quien tienes que decidir cuáles son los problemas a resolver». Hay más diferencias entre el mundo académico y el profesional: Julio asegura sin darle mayor importancia que en su entorno nadie se deslumbra ante su expediente académico: «A medida que pasa el tiempo, pasa a ser cada vez más anecdótico. Lo importante es cómo trabajes».
En cuanto al futuro, es un concepto algo abstracto. Aunque le gustaría regresar cerca de su pueblo -«allí están mis amigos de toda la vida»-, en su empresa actual está «muy a gusto y no contemplo marcharme». Así que, de momento, seguirá viajando a Legazpi un fin de semana de cada dos y soportando el rodeo en el recorrido del autobús y los molestos transbordos. Eso sí, este mes de mayo podrá disfrutar de las fiestas locales con toda tranquilidad por primera vez desde los tiempos del instituto.
También valora, en el día a día, disponer de tiempo tras el trabajo sin la sombra constante de los libros que le persiguió durante años. «Ahora uno puede cultivar sus aficiones: jugar al ajedrez, leer... y estoy aprendiendo a tocar la guitarra».
LARA GALBARRIATU. 24 AÑOS.
Número 1 de Medicina en la UPV.
«Hago todo lo que no pude en los últimos años»
Lara vive ahora un edén con fecha de caducidad: el 22 de mayo. Esa es la fecha en la que comenzará a trabajar como residente en el servicio de Neurocirugía en el Hospital de Cruces. Los cuatro meses que separan el examen del MIR, el pasado 20 de enero, y el momento en que se ponga la bata blanca los está aprovechando para hacer «todo lo que no pude en los últimos seis años: ir al cine, a conciertos, salir a tomar el aire... valoras el estar tranquilo, disfrutando del tiempo libre, incluso del simple hecho de no hacer nada». Se explica de un modo expresivo y combina un énfasis casi juvenil con escuetos silencios reflexivos para decir exactamente lo que quiere decir.
Durante los años de carrera fue casi ajena a lo que ahora disfruta porque se centró en los estudios, y eso le valió el número 1 de su promoción con una nota media de 9,45. Y, dice, todo ese esfuerzo palidece comparado con los últimos seis meses de 2006, consagrados íntegramente a preparar el examen del MIR, al que llegaba a dedicar doce horas diarias. «Colocarte delante de un libro durante tanto tiempo exige madurez, mucha disciplina y voluntad. Pero, a pesar de ello, no tengo la sensación de haberme perdido cosas».
Durante su etapa universitaria ha podido disfrutar de largos veranos de holganza y viajes porque ninguna asignatura la reclamaba en setiembre. En épocas de estudio tomaba oxígeno practicando bailes de salón («llevo dos años con ellos y es una hora y media de escape estupenda») o tocando el piano a cuatro manos con su hermano pequeño, «algo que me relaja mucho». Él sigue sus pasos, estudia cuarto de Medicina, pero Lara rechaza comparaciones y, aunque reconoce haber dejado el listón alto, asegura que «es muy buen estudiante, mi mejor amigo, y le ayudo en todo lo que puedo».
Todo eso del ocio está muy bien, pero esta joven bilbaína ya ansía comenzar a trabajar. Ahora tendrá enfrente a gente en vez de libros y eso, aunque no le produce temor, sí le inspira «una responsabilidad muy importante que no puedes eludir. Ya no estaré sobre la teoría, sino sobre cosas prácticas: la medicina se centra en las personas en el momento en el que son más humanas que nunca, en la enfermedad».
Por delante le quedan cinco años de residencia para obtener la especialidad. Eligió Neurocirugía porque «me gustan las operaciones quirúrgicas» y en ese ámbito las cosas del cerebro y de la columna ocupan un lugar destacado en dificultad y trascendencia. «Sí es complicado, pero todas las cirugías entrañan dificultad».
También le interesaría formar parte de alguna investigación y asume la necesidad de seguir estudiando y actualizándose durante el resto de su carrera profesional. Pero eso será más adelante. De momento, aún le quedan tres semanas para disfrutar de sus últimas grandes vacaciones. «Suena fuerte, ¿no?...».
MAITANE MURGA. 23 AÑOS.
Número 1 de Derecho en la Universidad de Deusto.
«Me queda todo por aprender»
Maitane lamenta no poder dar un halo romántico a su inclinación por el Derecho Económico: «Me gustaría decir que elegí esta carrera porque el Derecho y la Economía mueven el mundo, pero la verdad es que decidí estudiarla antes de saber qué es el mundo», reconoce esta chica de Llodio tras una sonrisa humilde y casi traviesa. Seis años después de haber tomado aquella decisión, trabaja en el departamento de Mercantil de un prestigioso bufete. Su incipiente pero ya meteórica carrera se apoya en un montón de libros atornillados a su memoria durante horas de estudio y privaciones. Número 1 de su promoción, nota media de expediente académico de 9,2 y nota de conjunto de matrícula de honor fueron sus credenciales.
Alcanzar lo que ya ha conseguido fue lo que la movió a estudiar Derecho Económico en Deusto, una carrera «con muchas posibilidades de trabajar, ya sea en empresas, bancos, bufetes...». Comenzó tan motivada como atemorizada porque «todos decían que era muy difícil». Así que desde el principio asumió la necesidad de tolerar ciertas renuncias como «dejar de salir en carnavales si hay exámenes cerca. Pero todo se ve compensado por la satisfacción de saber que lo has hecho lo mejor posible».
También se esfuerza por dejar claro que todo lo anterior no la convirtió en una asceta bajo la luz de un flexo: sacaba tiempo para sus clases de inglés, para ir al gimnasio y para «apuntarme a todas las cenas que se organizaban; a nadie tendría que parecerle una empollona, excepto por las notas...».
El año pasado, antes de finalizar el último curso, el esfuerzo ya comenzó a dar frutos. «Participé en procesos de selección y firmé un precontrato para empezar a trabajar en setiembre» en el bufete Gómez-Acebo & Pombo Abogados. No hubo sorpresas y terminó la carrera en junio, disfrutó del verano más relajado que cualquiera se pueda imaginar y en setiembre comenzó su nueva vida.
Durante cuatro meses recibió un curso en Madrid -«en las torres Kio, impresionante»- con el resto de 'juniors' que se incorporaban a la empresa en España. Desde enero está en la sede de Bilbao, «trabajando y aprendiendo mucho».
-Con ese expediente, ¿aún le queda algo por aprender?
-¿Me queda todo por aprender!
Pese a que tan arrolladora entrada en el mundo laboral presagia grandes cosas, asegura que en estos momentos sus ambiciones sólo son «trabajar día a día y aprender lo máximo que pueda». ¿Y planes de futuro? «No me lo planteo. El futuro se planea solo».