En un país normal la crítica al Gobierno es lo más normal del mundo y se basa en cosas tan habituales como, por ejemplo, detectar la distancia que hay entre las buenas intenciones de las leyes y la realidad que las motiva. Este seguimiento, que debería hacer una oposición normal, escasea en esa España obsesionada por los juicios de intenciones, el 'te vas a enterar' y señalar la paja en el ojo ajeno sin tener en cuenta la viga del propio.
Motivos de crítica no faltan. Ahí está la interesante y bienintencionada Ley de Dependencia de la que tan ufanos están los socialistas. La puesta en marcha de tal ley -con más 1.100.000 ciudadanos dependientes en toda España, según datos oficiales- no va a ser nada fácil. Posiblemente no se ha calculado que, a su amparo, la cifra de dependientes va a aflorar de manera inapelable, lo mismo que la de esos cuidadores en la sombra, perfectos ejemplos de una 'España oculta' que ha apechugado, como ha podido, no sólo con las cargas de la vida sino con tareas de las que presume el Estado del Bienestar. ¿Ah, los ciudadanos excelentes y silenciosos!
Hace dos meses, mucho antes de aprobarse la ley y como consecuencia de una antigua ley autonómica, en mi comunidad, Cataluña, había una cola de ¿un año! para la evaluación del grado de discapacidad de los afectados. Un año, antes de que los servicios correspondientes constaten la deficiencia y los discapacitados, y sus cuidadores, dispongan de alguna ventaja. Un año de espera puede ser decisivo en ese viejecito, o en ese otro enfermo. Un año es, para el cuidador exhausto, un tiempo larguísimo. Un año de afanosa burocracia es un tiro al corazón de una ley de tan buenos propósitos. Es sólo un ejemplo de una imprevisión concreta, habrá muchas más en esa ley: España está llena de gente que cubre responsabilidades que el Estado no ha querido, no ha sabido asumir. Gracias a esa gente funcionamos todavía.
Las leyes mueren cuando no pueden aplicarse y los gobiernos que así actúan coquetean abiertamente con la demagogia. No estaría mal que la oposición hiciera sus deberes y ayudara a que las leyes se adaptaran a la realidad, en vez de servir de cartel electoral. La Ley de Dependencia pretende reconocer la responsabilidad pública en lo que hasta ahora ha sido responsabilidad privada: excelente. Pero eso no basta. Legislar, gobernar, es hacer posibles los propósitos más atinados. Las urnas también pasan cuentas sobre esto.