El apadrinamiento es una manera de apoyar el desarrollo de comunidades del Tercer Mundo. Un esfuerzo económico que toma como referencia el rostro, los dibujos y quizá, los breves mensajes, de un niño o niña que a menudo sobrevive a duras penas a miles de kilómetros de distancia. A lo largo de los últimos diez años, casi 20.000 vascos se han unido a Intervida para apoyar sus proyectos en tres continentes y, a cambio, reciben puntual información sobre miles de pequeños que crecieron y se beneficiaron de las cuotas que aportaron. Pero la denuncia sobre el desvío de esos fondos ha transformado esa satisfacción en sospecha, decepción y, en algunos casos, desengaño en torno a los mecanismos que mueven la cooperación al desarrollo. Varias personas vinculadas al mundo de la solidaridad, partidarios y detractores de la cuestionada fundación, relatan las impresiones que les merece esta fórmula recaudatoria, ahora bajo sospecha.
JUAN ESCRICH Y MAITE PEÑA
Asoc. Ayuda al Sahara, de Mungia
«Es una manera de limpiar la conciencia»
El apadrinamiento nunca fue una opción para Juan Escrich. «No, me parece una manera fácil de solidaridad y de limpiar la conciencia». Cuando él y Maite Peña, su mujer, se plantearon un compromiso social, ya hace siete años, se inclinaron por la acogida de niños a través de la asociación de ayuda al Sahara que opera en Mungia. «No tiene nada que ver con una ayudita y punto», señala. Desde su experiencia, reconocen que no se trata de una labor sencilla por las diferencias culturales y no se refieren exclusivamente a las barreras idiomáticas. «El mundo de estos niños es muy diferente y hablamos de cuestiones muy básicas. Los más pequeños no saben usar un lavabo porque nunca lo han visto y tienes que enseñarles hasta a defecar».
La pareja reedita su compromiso año tras año e, incluso, han viajado en varias ocasiones hasta los campos de refugiados de la Hamada. «Al final, no te basta con conocer un problema a través de diapositivas, porque es algo efímero. Necesitas ver la realidad tal cual es, eso te proporciona la impresión más duradera». Juan y Maite descubrieron lo que era dar a luz en el desierto, el déficit calórico de una población que sufre los vaivenes de la asistencia externa y la carencia de medicinas o vitaminas, penurias que se han agudizado con el tiempo. «Al final, descubres que lo que se precisa es ayuda directa y en grandes cantidades. Descubres la inmensa suerte de haber nacido en el Primer Mundo, porque en nuestra tierra, aunque seas pobre, tienes algo».
Escrich cree que los escándalos derivados de las acusaciones contra directivos de Anesvad e Intervida perjudicarán profundamente a la cooperación en general. «Vamos a ser claros, lo de las ayudas, en muchos casos, no se ve bien», alega. «Algunos te reprochan que para qué hay que irse tan lejos cuando hay tanta necesidad aquí, y también oyes comentarios con connotaciones racistas. Lo que está ocurriendo crea la imagen de que todos los que se mueven en este mundillo son unos listos y que el dinero no llega a su destino». En su opinión, hace falta reforzar los controles para evitar la 'tentación' humana. «La gente que maneja los fondos en una cuestión tan sensible ha de estar supervisada. Pero si lo hace el Gobierno, se desvirtúa su carácter, porque hablamos de ONG, es decir, de organizaciones no gubernamentales. Entonces, ¿quién ha de vigilar a quién? Creo que debería ser alguien independiente».
CARLOS ÁLVAREZ Y CHARO PUERTA
Intervida
«Ni un euro más si confirman el delito»
El pasado martes Carlos Álvarez y Charo Puerta recibieron la documentación que la Fundación Intervida les proporciona para desgravar su contribución en la declaración anual de la renta. «Algo así te da confianza de que todo es serio y legal, ¿verdad?».
Este matrimonio de Arrigorriaga apadrina desde hace siete años y la denuncia sobre la presunta desviación de fondos les ha sorprendido. Ambos conocían la detención del presidente de Anesvad. «Entonces, cuando ocurrió, yo me planteé la posibilidad de que algo similar pudiera ocurrir con lo mío», confiesa ella. «Pero es como los accidentes de tráfico, confías en que a ti no te va a tocar y tiras para adelante».
Ambos coinciden en que tampoco había motivos para la sospecha. Reciben periódicamente la revista de la entidad, en la que se recogen testimonios de colaboradores que han viajado hasta los lugares beneficiados con sus aportaciones. «Gente como tú y yo, normal y corriente». También les llegan con regularidad cartas de las niñas asignadas. A lo largo de este tiempo, han sido dos pequeñas de Guatemala. «Cambiaron de destinataria porque nos dijeron que sólo se podían enviar hasta una determinada edad». Los sobres contienen fotografías y sencillos dibujos infantiles, pero nunca textos manuscritos.
Por el momento no van a cancelar su cuota, pero aseguran que, si el delito se confirma, la suprimirán. Carlos admite que no resulta sencillo tomar esa decisión porque no quieren perjudicar los propósitos genuinos, pero su esposa se muestra tajante: «No van a ver un euro más de mi cuenta, ni esta organización ni ninguna otra, se llame como se llame. Te timan una vez, pero no dos», señalan. «Sería infame que se estuvieran aprovechando de quienes no tienen un duro para subsistir y de quienes quieren ayudar a los más pobres».
«Lo sentimos mucho, porque si no fuera por estas entidades no sé cómo podríamos contribuir a luchar contra la pobreza en el mundo». Se trata de 21 euros mensuales, una cantidad que no resulta nimia cuando, según explican, se trata de un matrimonio con dos hijos pequeños. «¿Poco dinero? Es relativo», puntualiza Charo. «Yo trabajo cuatro horas al día y mi marido recibe un sueldo normal. Todos tenemos muchos gastos personales y es un pequeño sacrificio y aún mayor si no llega donde debe».
ISABEL ARAMBURU
Ayuda en Acción
«El socio no puede actuar de detective»
Isabel Aramburu siempre pensó que el apadrinamiento era una buena forma de echar una mano. Una fórmula quizá modesta, «pero si todos nos escudamos en lo poco que podemos hacer, al final nadie hace nada». Hace diez años decidió pasar de las palabras a los hechos. «Lo recuerdo porque un mes más tarde de apuntarnos, Jordi González presentó el primer telemaratón que recaudaba fondos con este fin». La cuota inicial a Ayuda en Acción, la entidad elegida, eran 30.000 pesetas y se convirtieron en 200 euros a partir del año 2002.
Entre las razones que esta donostiarra afincada en Castro Urdiales aduce para apoyar a Ayuda en Acción está la manera que tienen de emplear los fondos. «Nos gustó que no supusiera privilegios», explica. «El dinero no se destina sólo a un chaval -que es lo que puede parecer cuando apadrinas a alguien- y así evitas discriminaciones. Se trata de mejorar las condiciones de toda una comunidad, ya sea construyendo un pozo o levantando una escuela».
Durante casi ocho años, ella y su marido tuvieron una ahijada en Etiopía, a la que ahora con el paso del tiempo ha sustituido otra niña también de la misma región. «Cada seis meses, recibíamos una carta de Setagn Derese, un dibujo, de vez en cuando una foto. Las cartas, que relataban pequeñas incidencias de su comunidad agrícola, llegaban en inglés, así que las escribiría algún miembro de la organización. Pero lo que más ilusión nos hacía eran las fotos: veías cómo se iba haciendo mayor». El matrimonio se planteó, incluso, visitar Amhara, en el corazón de Etiopía, pero la situación del país, les disuadió.
Isabel reconoce, no obstante, que aquella iniciativa concitó un interés por el mundo de la cooperación. Su marido viajó hace tres años a Bengala Occidental y conoció de primera mano un ambulatorio y una leprosería sostenidas por Anesvad, además de un centro de FP en la selva donde se enseñaba un oficio a las niñas, que podían de ese modo preservar su autonomía y zafarse de prematuros matrimonios concertados.
No alimenta dudas sobre la eficacia del trabajo de Ayuda en Acción, miembro de la red internacional ActionAid Alliance, y tampoco considera que recabar información sobre la gestión de la entidad sea responsabilidad de los abonados, tal y como algunos han planteado. «No podemos actuar como detectives, excede de nuestra capacidad», señala. «Lo que es evidente es que si estamos es porque hemos querido, y si alguien tiene alguna sospecha, pues se cierra el grifo y punto».
MARTA ONZAIN
Anesvad y Amnistía Internacional
«Me dijeron que no tenía buena fama»
Hace un año, Marta Onzain tuvo ciertas dudas sobre la efectividad de Intervida. «Alguien que trabaja en una web sobre ONG me dijo que no tenía muy buena fama y pensé en darme de baja». Pero, entonces, esta bilbaína se trasladó a trabajar a Bruselas, sus prioridades cambiaron y la puntual desconfianza no se tradujo en la baja. Prosiguió con su apoyo, prolongado durante más de ocho años, a la fundación. Se había sumado a su vasta comunidad de colaboradores gracias al anuncio en una revista. El primer beneficiario fue un niño indio del que todos los años recibía trabajos manuales.
La vocación solidaria de Marta no estaba colmada con esta aportación y en 2003 se convirtió en socia y voluntaria de Amnistía Internacional, atraída por su defensa de los derechos humanos desde una posición neutral y sin ideologías. También le parecía un rasgo positivo que sus colabores pudieran integrarse en la dirección. «Una entidad solidaria ha de contar con personal contratado y desinteresado, porque esa inversión de tiempo sólo se hace desde la mayor convicción en los objetivos».
La detención del presidente de Anesvad no incrementó sus inquietudes. «Prefiero no pensar que aquí hay corrupción». La noticia de las presuntas irregularidades ya no permite mantener la confianza más o menos ciega. «Llamaré al teléfono de atención a los abonados y si no me quedo satisfecha con las explicaciones, me daré de baja, sin ningún cargo de conciencia», afirma con rotundidad.
También es categórica con respecto a la trascendencia de lo ocurrido. «Esto va a perjudicar muchísimo», lamenta, al tiempo que apunta la necesidad de una institución que fiscalice con rigor la actividad de estas agrupaciones. «Así la gente estaría más dispuesta a participar. Ahora, en cambio, con el escándalo, se sentirán reforzados todos los que son reticentes a colaborar con la cooperación, aunque para algunos, como yo, lo que ocurrirá es que recabaremos más información antes de comprometernos».
Marta, de cualquier manera, lo tiene claro. Ella seguirá concediendo tiempo y dinero a estas causas. «No, no voy a dejar de participar, creo que es necesario», precisa. «Tan sólo me lo pensaré más».