Viernes, 30 de marzo de 2007
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DEPORTES

CICLISMO
Por Álava, entre inundaciones y sequía
Igor González de Galdeano, ahora secretario técnico del Euskaltel, enseña uno de sus itinerarios de entrenamiento
Por Álava, entre inundaciones y sequía
NIEVE. El alto de Zaldiaran guardaba restos de la última nevada. / JOSÉ MONTES
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Vitoria debe de andar por ahí. Una ciudad en niebla. Atino con el aparcamiento del hotel Lakua y aguardo la llegada de un punto naranja. Del maillot de Igor González de Galdeano, hasta hace dos años ciclista y ahora secretario técnico del Euskaltel-Euskadi. Naranja: buen color para hacerse ver en un día con el aire lleno de ceniza. Por algo es también el tono elegido para los flotadores salvavidas. Álava es hoy territorio inundado. Vamos a pedalear sobre un paisaje empapado por el deshielo y la crecida de los ríos. Es paradójico: los pantanos rebosan mientras el ciclismo alavés pena por su peor sequía. «Antes nos juntábamos una docena de profesionales, Mauleón, Salvador, los Beloki, Kintana, mi hermano Álvaro...», recuerda Igor. Ahora, Álava tiene sólo dos dorsales en el Pro Tour, Koldo Fernández de Larrea y Arkaitz Durán. Los últimos. «Por eso, la Fundación Euskadi quiere crear un equipo amateur en Álava». Para regar el desierto.

No hay ciclistas en un lugar perfecto para el ciclismo. Vitoria es un imán para el cemento. Lo reúne. Y libra a sus alrededores de más ladrillos. En dos pasos, estás fuera. Al campo. Sobre un tapete verde, ablandado por las últimas lluvias. Fértil. Galdeano lo ha tricotado mil veces con sus pedales. Aunque advierte: «Tengo algo abandonada la bicicleta. Hago más footing». Aun así se atreve con 100 kilómetros. Hacia Salinas de Añana, Espejo, Miranda, Treviño y Zaldiaran. Por las viejas postales de su biografía ciclista. De cuando Álava era cantera de músculo. Ahora es época de barbecho. De espera.

En Trespuentes, el río Zadorra se hace poderoso. Casi ahoga los arcos del puente romano. El pueblo parece una isla. El inicio de la ruta facilita la conversación. Hablamos de la victoria de Fernández de Larrea en la Tirreno-Adriático. De ese nuevo esprinter. Y de otro, veterano, único y genial: Freire. «Viste cómo preparó la llegada de la Milán-San Remo. Cuando Boonen le peleó la posición, no opuso resistencia. Eso podía significar dos cosas: o que iba sin fuerzas o que le sobraban y no le hacía falta esa colocación. Y así fue. ¿Ganó tan fácil...!», relata Galdeano, antiguo compañero del cántabro y siempre admirador de su talento. Tras Nanclares y justo antes de Pobes, se corta la charla. El terreno se fortalece, se encrespa. Es la subida a Salinas. Vacía. Privada. Para nosotros. Dura en su final y con una bufanda de niebla que sólo se desata en la cumbre. «Hasta vamos a ver el sol». Sí, pero apenas un momento. Al menos no llueve. Tenemos suerte: la mañana está entre dos días achubascados. Las orillas nevadas de la carretera salpican el asfalto. Respiramos aliento blanco. El tramo final nos amarra al piso. En las rutas anteriores, los profesionales me hablaban mientras ascendíamos. Les sobraba aire. Hoy no. Cabeceamos en silencio. Arriba, Igor se confiesa: «Esto es lo que hay». No está mal. Llevamos una media de treinta kilómetros por hora. Su músculo tiene buena memoria.

Por Treviño

Abajo, en el pueblo de Salinas, repartimos un vistazo por las terrazas de madera donde descansaba la sal evaporada de los manantiales. Hasta el río tiene nombre salado: Muera. «Ahora están restaurando todo esto para promocionar el turismo». Vale la pena llegar hasta aquí. Esperan Espejo, el rebosante pantano de Sobrón y el giro hacia Miranda de Ebro, un cruce de autopistas y vías férreas. Coto para el tráfico. Lo esquivamos por Rivabellosa, aunque un enorme charco nos impide completar el atajo. Es sólo un instante. Enseguida tiramos hacia Treviño, el condado fronterizo. «En Espejo se concentraba antes el equipo La Brasileña». El último gran conjunto alavés. Su extinto buque insignia. También vestía de naranja. Galdeano y Miguel Madariaga quieren que el ciclismo alavés deje de ser un deporte residual.

A Treviño llegamos por donde traza el río Ayuda. Una denominación adecuada. Echamos un bocado y unos tragos. Galdeano se mantiene bien. «Pero se notan los diez kilos de más». No tanto. «Por aquí el viento suele soplar a favor. Siempre es mejor para volver». Hoy no aparece. La niebla lo tapa todo. Hasta el aire. «Por aquí suele entrar la Vuelta al País Vasco hacia la meta de Vitoria». Es uno de sus lugares. Tiene casa cerca, en Lapuebla de Labarca. Treviño, que pertenece a Burgos, ha sido colonizado por 'chalets' de Vitoria. La anexión silenciosa. «Esto está hecho para andar en bici. Puedes elegir llano o subida. Sin coches». Cierto.

Desde arriba de Treviño envía su mensaje de altura la antena de Zaldiaran. Es un puerto amable -cuatro kilómetros clementes- y blanqueado por la última y tremenda nevada. «Aquí había metro y pico de nieve». El bosque, caduco, aguarda a abril para decorarse. Sobre las gafas repiquetean unas gotas impertinentes. «Ufff. Al final igual nos mojamos». No hablamos mucho más. Todo el oxígeno se lo quedan las piernas. En la cima, sobre el anillo verde que circunda Vitoria, se oye un alivio: «Ahora sólo queda bajar». La ciudad ya se ve. La niebla ha dado una breve tregua. Vitoria visible. Lástima que su ciclismo siga bajo la neblina. Seco en tiempo de lluvias.

 
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