Viernes, 9 de marzo de 2007
Registro Hemeroteca

en

DEPORTES

CICLISMO
Sin gasolina hasta Villasana de Mena
Ruta con David López, ahora en el Caisse d'Epargne, por carreteras hechas para la bicicleta
Sin gasolina hasta Villasana de Mena
EN TRÍO. David, en cabeza, dirige la marcha. / FOTOS JORDI ALEMANY
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Aquí inspiraría a gusto Fernando Alonso. La playa de La Arena huele a gasolina. Insólito. La vista se dilata entre aromas a mar y petróleo. Pese a este aire artificial, es un buen sitio para iniciar una ruta cicloturista. David López suele citarse aquí con su cuadrilla de entrenamiento. Donde el viento esparce la gasolina de la refinería, de los gigantescos tanques. El corredor del Caisse d'Epargne viene hoy con su hermano, Jorge. Fino. Como él. «Esto es genética», bromea. Trae el itinerario en la cabeza. Bien distribuido: la primera mitad hacia arriba y la segunda, al revés. Una ruta bien estibada para el reparto de fuerzas. Vamos hacia otro perfume. Más verde. Ya lo dice su nombre: villa y sana.Villasana de Mena.

Circulamos sin gasolina. A pedales. Por Muskiz, El Pobal y Galdames. El centro de gravedad tira hacia arriba. «Aquí no dejas de subir», me advierte David. Tiramos hacia la cuesta de Humaran. Se hace largo. La conversación se disuelve. Sólo habla David. «Me gusta esta zona. Sin coches. La gente dice que la margen izquierda tiene tráfico, pero en diez minutos estás en carreteras ideales para la bici». Aunque dos vacas invasoras y malencaradas que mejor estarían con patatas fritas nos obligan a estrujar el freno. Bajamos a Güeñes. Y en Sodupe giramos a la izquierda. Al monte. «Por aquí a veces hago 'tras-coche', cuando afino la puesta a punto». A 50 por hora. Hoy no tenemos coche, así que vamos a 30. Al raso hasta Artziniega y sus calles adoquinadas, medievales. Una villa entre el mar y la meseta. Un viejo cruce para comerciantes.

El paisaje despliega su mejor abanico. Da a elegir entre las rampas de la Peña Angulo o las del Alto de Ro. Optamos por Ro. Más corto, como su nombre. Seis kilómetros de subida, incluido el ingreso en Burgos. Lo dice un cartel doblado. Lo acredita el asfalto ocre que cubre Castilla. David baila. Es un escalador. «Me gusta llevar el manillar bajo pero corto». La postura del pianista. Le tocará tirar de Valverde en la montaña. «Alejandro es un ciclista impresionante. En la concentración invernal estaba fuera de forma. Llegaba machacado tras cada entrenamiento. Pero cuando se picaba y nos arrancaba en algún repecho, uffff...». La presa que guarda el agua de Artziniega nos ve pasar. El pantano tiene un reflejo lento, de aceite. No queda viento. Mejor, que aquí el único abrigo son los rebaños de pinos.

Sin coches, en silencio

Arriba, el 'Diente del Ahorcado', un capricho en piedra, nos mira de lejos. Monolito natural. Buen refugio para las rapaces. Ola mineral que cubre pueblos como Angostina o Montiano. Aldeas sin casi vecinos. Esquinadas; aunque con una ventaja: aquí apenas queda gasolina. Sin coches. En un silencio que vuela con dos urracas. Ya en la cima de Ro, tras casi veinte minutos de cómoda ascensión, la ruta toca su cima: 546 metros sobre el nivel del mar, de la playa de donde venimos. Paramos un momento. A mojar cuneta. Anda el terreno algo sediento tras un invierno tan seco. Al fondo, en las montañas que escoltan la meseta sólo se ve un trazo de nieve, una leve raya chamuscada de blanco. «No nos podemos quejar de invierno», agradece el ciclista de Barakaldo.

Iniciamos el descenso. Alivio. Regresa la charla. Villasana es el telón de fondo que se levanta de repente. Paramos en la plaza, en el bar Bayona. Al aliento del café. Tiempo para las risas, las anécdotas y las historias. Una historia marrón, por ejemplo. Les recuerdo que aquí, en una carrera amateur, el ciclista que iba escapado tuvo que apearse a menos de tres kilómetros de la meta víctima de una ráfaga de retortijones. El pelotón le pilló con el papel en la mano. «Yo no hubiera parado», me dice David. De hecho, no lo hizo. «En una clásica de Beasain, iba que no podía. No aguantaba y me lo hice encima. Pero entré el tercero. Si ves cómo se puso Angoitia -su director entonces en el Baqué- porque luego tuvo que limpiar los restos que quedaban en la bici con el agua de los botellines, ja, ja». Ya le pasó a Greg Lemond en un Tour. Y a otros muchos. «Es que llega un momento en el que explotas. Vas haciendo fuerza para pedalear y para aguantar, y claro...». Imposible ponerle puertas al campo.

De vuelta, nos ceñimos al Cadagua. Un río lógico, que busca el mar más cercano, el Cantábrico. No como la mayoría, que tiran por el camino más largo, el del Mediterráneo. La ruta es amable. En descenso. De plato grande. Junto a un cauce truchero. Seguimos esa vena de agua hasta Balmaseda, convertida por las obras en una trinchera. Anuncia lo que resta de guerra: la subida a Abellaneda y los repechos que van y salen de Sopuerta, pesados con casi cien kilómetros de ruta.

«Por aquí quedo mucho con Camaño, con Isasi, con Landaluze». Con sus ex compañeros del Euskaltel-Euskadi. Seducidos por este paisaje. Hecho para las bicicletas. Incluso el retorno al dominio de la gasolina, a La Arena, se compensa con un bidegorri que te aparta del tráfico. Eso sí, en los pulmones ya no queda nada de Villasana.

 
Vocento

Contactar | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Master El Correo

Canales RSS