Lunes, 19 de febrero de 2007
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parricidio múltiple
«Tenía un tumor, y se los ha llevado por delante porque sabía que se iba a morir»
Los vecinos del pueblo de Toledo dicen que Gregorio cuidaba solo a su familia enferma y no quería dejarles abandonados
«Tenía un tumor, y se los ha llevado por delante porque sabía que se iba a morir»
DRAMA. Operarios introducen los féretros de tres de los fallecidos en el coche funerario. / EFE
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A Gregorio Ramos le recuerdan los vecinos paseando con su madre, de 91 años, por las calles del pequeño pueblo toledano de El Real de San Vicente. «La sacaba todos los días. La llevaba agarrada del brazo, con amor. Tenía Alzheimer y ya ni le conocía, pero él siempre le sonreía», relataba ayer a este periódico Flora Plasencia, una vecina de la misma calle del Cementerio en la que residía el parricida. «Mientras viva, mi madre no irá a una residencia», había prometido.

Y lo cumplió. En la madrugada del sábado mató a hachazos a Salvadora, su madre, y acabó del mismo modo con la vida de su mujer, Julia, de 61 años, víctima de una artrosis que le provocaba fuertes dolores y le impedía moverse, y de su hijo, David, de 27, de baja por depresión y trastorno bipolar. Después se fue a Talavera de la Reina a por sus dos hijas -la mayor, aquejada de una discapacidad mental-, a las que dejó malheridas antes de que se le rompiera el hacha y se lanzara de un noveno piso. A todos los había cuidado con la misma dedicación y cariño que a su madre antes de atacarles salvajemente.

Hace dos años 'El Culebro', como le conocían en el pueblo, tuvo que prejubilarse de su trabajo de conductor de autobús porque le diagnosticaron un tumor cerebral, recordaba ayer a EL CORREO el dueño de la casa contigua a la de la familia Ramos. «Ese fue el desencadenante de la matanza. Sabía que no le quedaba tiempo y quiso llevárselos por delante para no dejarlos solos, porque él se ocupaba de todos sin ayuda alguna. Quiso hacer una 'limpia', acabar con todo antes de irse. Algo se le cruzó en la cabeza, algo le anunció que iba a perder su capacidad para sostener a la familia», comentaba.

«Vivimos puerta con puerta y no escuchamos gritos ni peleas. Tuvo que sorprenderlos en la cama. Gregorio era un hombre pequeño y delgado y su hijo es joven y fuerte», aventuraba este vecino que charlaba habitualmente con el parricida y lo describe como un hombre de «buena voluntad».

No hay un vecino que hable mal de 'El Culebro' en este pueblo de 1.000 habitantes situado a 140 kilómetros de Madrid, sacudido este fin de semana por uno de los parricidios más macabros y sangrientos de los últimos años. Coinciden en que este hombre de 59 años, «trabajador» y «excelente persona», había «pasado muchos sufrimientos». Destacan siempre en sus relatos que cuidaba él solo de los miembros de su familia directa, todos ellos enfermos físicos o mentales.

Primero fue su hermana, aquejada de una grave dolencia renal. «La atendió durante 22 años. Desde que era joven ha peleado mucho por ella. Todas las noches iba a su casa a dormir con la hermana y la madre. Cuando murió el pasado verano, se llevó a la madre a vivir con él. Para entonces la anciana ya había perdido la cabeza», recordaba Flora Plasencia. Después enfermó su hijo y hace poco su mujer. A la muerte de la hermana, las dos hijas más jóvenes, Eva y María, de 25 y 22 años, se fueron a vivir al piso de Talavera de la Reina que heredaron de su tía. La más pequeña, María, que sufría también una ligera discapacidad, era la única que trabajaba -de cajera en un supermercado-, y atendía a su hermana afectada de una fuerte minusvalía psíquica.

«Ha pasado mucho pero nunca se quejaba», recordaba otra vecina de El Real, de la calle pegada al Cementerio, que veía pasar a Gregorio con su madre a diario desde su ventana. «Yo le preguntaba ¿Qué tal va eso? Y él no se quejaba. Era reservado. Pero sabía que tenía un tumor cerebral y el sábado se le cruzó una mala idea: Cogió el hacha que usa para partir leña y se los llevó a todos por delante. Después, se subió a esa furgonetilla suya y se fue a por las hijas a Talavera. Las chicas se han salvado porque se le rompió el mango del hacha. Pon, pon que todo el pueblo le quería...», pedía la mujer.

«Que nadie le juzgue»

El juez ha decretado el secreto de sumario, pero en El Real ya se han reconstruido las últimas horas de la familia Ramos. «El hijo, que estaba de baja de su trabajo de carnicero desde hace años, había salido a tomar unas copas en la noche del viernes. Últimamente su padre ya no podía con él. 'El Culebro' también estuvo de tertulia con unos amigos hasta última hora. Puede que coincidieran al llegar a casa. Y saltara la chispa. El hombre se vio desbordado y...», comentaba el dueño de la casa colindante con la del autor del parricidio, ambas pegadas al cementerio municipal.

El alcalde de El Real de San Vicente, amigo del parricida desde pequeño, puso voz al sentir de todo un pueblo. «Nadie puede juzgar a Gregorio», pedía ayer. «Son cosas de una sociedad que no sabe dar solución a estas situaciones. Esto podía haber pasado en Madrid, en Nueva York, o en cualquier sitio donde alguien se siente desbordado», dijo Antonio Rubio, muy afectado por la tragedia. Puso en duda que 'El Culebro' recibiera el suficiente apoyo de la Administración. «Las instituciones que tratan estos casos se han quedado cortas», reconoció.

 
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