Lunes, 12 de febrero de 2007
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DEPORTES

CICLISMO
Freire, más veloz que el vértigo
Tras seis meses de ausencia por una lesión en el cuello que le provoca mareos, el tres veces campeón del mundo inicia la temporada con una victoria al sprint en Palma de Mallorca
Freire, más veloz que el vértigo
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CLASIFICACIÓN

1. Ó. Freire (Rabobank) 1.57.08

2. J. Rojas (C. Epargne) m.t.

3. G .Mikhailov (Astaná) m.t.

4. K. Fdez de Larrea (Euskaltel-Euskadi) m.t.

5. E. Gasparotto (Liquigas) m.t.

6. R. Forster (Geroslteiner) m.t.

7. F. Ventoso (Saunier Duval) m.t.

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Arte y ciclismo. Desde el fondo del Paseo Marítimo de Palma mira la Catedral de Mallorca. La 'catedral de la luz'. Observa por un ojo grande como un rosetón. Guarda dentro un retablo reciente, de 300 metros cuadrados. De Miquel Barceló, el artista nacido en Felanitx, el mismo rincón de la isla donde aún pedalea un mito del velódromo, Guillermo Timoner. Arte y ciclismo. Barceló, pese a su obra para la iglesia, es agnóstico. Como Óscar Freire, el ciclista que a unos metros, a ojo de los vitrales de la catedral, levanta los brazos en la primera etapa de la Challenge de Mallorca. Arte y ciclismo. Otro genio. Y también descreído: «He estado tres meses de médico en médico por mi lesión en el cuello, por los vértigos. Hasta que me harté. No fui más a ninguna consulta y he mejorado». Eso se vio ayer. Seis meses después de su última victoria -30 de julio en Hamburgo-. Tras medio año en barbecho, con truenos en la cabeza. Mareos, Vértigos provocados por un quiropráctico tuerto que le torció sin querer alguna bisagra durante el Tour. Pero Freire es así: tanto tiempo sin competir y, de nuevo, victoria a la primera. Artista.

En su currículo figuran tres campeonatos del mundo. Hasta ahí sólo han llegado Binda, Van Steembergen y Merckx. Aun así, Freire se siente un ciclista provisional, eventual. Su carrera se mide por triunfos y por lesiones. De espalda, de rodilla, de glúteo y ahora de cuello. Posee un terremoto interior. Y tiene experiencia médica para convalidar un par de cursos en la facultad. El caso es que siempre ha hallado la misma solución: se ha recetado tiempo. Parar para volver. La vida le ha obligado a ser paciente. Es un paciente. Y un milagro. Como el de Miquel Barceló en la catedral. Su creación se basa en el capítulo sexto del Evangelio de San Juan, el de la multiplicación de los panes y los peces: una muchedumbre pudo comer con cinco mendrugos y dos sardinas. Algo así ha hecho Freire con su biografía deportiva. Apenas compite. A menudo gana: la de ayer fue la victoria número 50, la tercera en la avenida que lleva a la catedral.

El sprint de Mallorca, el primero del calendario español, es un espasmo. Cien kilómetros en menos de dos horas. Vértigo. Salvo para uno: Freire no siente nada, su cuello no se marea. Antes de salir, las cámaras se pegaban a Tom Boonen, el ciclista con nombre y apellido de detonación. «Freire es el ciclista con más talento del mundo», concede. Lo dice un coloso belga, dominador en Flandes y Roubaix. Lo anuncia. Cerca, un bebé nacido durante el pasado Tour se protege engorrado de un sol adelantado al verano. Luce Mallorca. Tiene el crío los mofletes cárdenos. De pellizco. Se llama Marco. Marco Freire. Su padre anda al otro lado de la valla, ganando carreras. El bebé mira sin ver. Ya se lo contará su madre, tensa, atenta al regreso victorioso de su intermitente marido ciclista.

Marco aún no anda. Es pronto. El otro Freire, su progenitor, cojeaba de niño. Ya con un año quedó inscrito en las listas de decenas de médicos. Con año y medio, el pie se amorató. Hinchado. Sonó un sinónimo de guillotina: amputación. Era un caso inusual. Los doctores del hospital de Valdecilla (Santander) removieron libros y consultas hasta que dieron con la clave en Venezuela. De allá llegó el diagnóstico: tuberculosis ósea, como recuerda Juan Carlos Molero en su libro sobre los Mundiales. Freire aún no había cumplido dos años. El mal le comía los huesos, los cartílagos y los tendones. Pero fue más rápido que la enfermedad. Un sprinter. Y un artista. Único.

En otro mundo

«¿Cuántas veces has ganado aquí, en la primera etapa de Mallorca», le preguntan tras superar a Rojas, Mikhailov y al alavés Koldo Fernández de Larrea. «No sé, tendré que preguntarlo». Tres. Aunque él no lo recuerde. Freire es así. Cuentan que, en edad amateur, se trasladó desde Torrelavega a Bilbao para tramitar su ficha en la Casa del Deporte, en la calle José María Escuza. Corría en el equipo Ripolín vizcaíno. Subió al autobús y dormitó durante el trayecto. Al llegar se entretuvo al reclamo de un par de escaparates y pasó la mañana por la ciudad. Despreocupado. Ajeno. De repente, salió de su mundo y se preguntó: «¿Qué hago en Bilbao?». No supo responderse. Y tomó el camino de vuelta. Sin ficha federativa, claro. La anécdota suena increíble. «Créetela», dicen los que le conocen.

En Freire siempre hay que creer. Es una obra maestra de la fisiología que abruma a su esqueleto, demasiado frágil. El genio no cabe en la lámpara. Arte y ciclismo. Hace sólo diez días se inauguró el mural de Barceló, el de la catedral levantada siete siglos atrás sobre la base de una mezquita que antes fue capilla bizantina. Dicen que lleva 700 años en construcción. Que nunca se acaba. Igual que Freire: siempre con el cuerpo de reformas. Siempre en Mallorca.

 
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