Fue como volver a empezar. Hacía mucho tiempo que las calles de Bilbao no se llenaban de hombres y mujeres hartos de ETA y de su reguero de destrucción. Pero el dolor no se olvida. Ayer, decenas de miles de personas acudieron de nuevo fieles a una cita que soñaron no repetir. ETA hizo añicos su ilusión el penúltimo día de 2006, aquella odiosa jornada en la que Carlos Alonso Palate y Diego Armando Estacio perdieron la vida por una causa que nunca alcanzarían a comprender.
Ni las dos semanas transcurridas desde entonces ni el poco edificante espectáculo político que rodeó a la organización de la manifestación frustraron la convocatoria. La tensión entre partidos no contagió al gentío, que marchó en un clima de absoluta tranquilidad. La confusión en los mensajes previos, no obstante, sí tuvo alguna consecuencia. El 'ETA no, ETA ez' que lucía en su pegatina un hombre que caminaba en una zona de la manifestación ocupada por numerosos militantes socialistas fue una rara excepción. Pero tampoco hubo signos de otra naturaleza: nueve ikurriñas portadas por militantes y simpatizantes jeltzales, dos carteles, tamaño folio, de la Federación Nacional de Ecuatorianos (Fenadee), una bandera de esta nacionalidad, otra cubana y otra del Frente Sandinista nicaragüense completaban, a grandes rasgos, el escueto inventario de símbolos. Minutos después, la Fenadee agregaría al cuadro otro sentido mensaje improvisado en una cartulina: 'Paz, amamos esta nación'.
A las cuatro de la tarde, una hora antes del comienzo de la manifestación, autobuses llegados desde San Sebastián, Lekeitio, Zumarraga y un sinfín de localidades vascas descargaban a centenarse de ciudadanos en la plaza del Sagrado Corazón. Apenas unos metros más allí, junto a las puertas de la delegación del Gobierno vasco, unos 120 voluntarios recogían los brazaletes blancos que les distinguían como miembros del cordón de seguridad que encauzaría después la cabecera de la manifestación. Jóvenes y no tan jóvenes de la órbita nacionalista, muchos de ellos veteranos de anteriores convocatorias: «como somos prolehendakari, hemos venido, pero también hemos estado en otras muchas manifestaciones también», explicaba una risueña militante de las juventudes del PNV.
Comunidad ecuatoriana
Cuando, por fin, la marcha arrancó, una mujer gritó un tímido 'gora lehendakari' que nadie coreó. Pasaban tres minutos de las cinco. Se repetían los voluntarios, pero también gran parte de los políticos -faltó el PP- y muchos de los manifestantes. Se esperaban caras nuevas y las hubo, pero apenas se dejaron ver. La comunidad ecuatoriana, a la que pertenecían los dos asesinados en Barajas, estuvo representada oficialmente por un matrimonio y dos mujeres que sujetaron, junto con otros ciudadanos, la discutida pancarta de cabecera. Otro puñado de personas de la misma nacionalidad caminaron desperdigadas a lo largo del recorrido.
Aparecieron pocos latinoamericanos más. A alguno, la movilización le sorprendió en plena caminata turística por Bilbao: profesor de fotografía, el colombiano Alfredo Vidal marchaba a contracorriente, afanado en completar su álbum vacacional con escenas de la manifestación. Procedente de una tierra desangrada por la violencia, a Vidal le impresionó ver a tantos miles de personas reunidas: «En mi país, sólo se manifiestan los que han sido directamente atacados, porque hay mucho miedo», dijo.
Apenas acababa de empezar la movilización. Una hora más tarde, ya era tiempo de hacer balances: «Lamentablemente, no ha venido nadie». Lo dijo, en nombre de la comunidad ecuatoriana, Guillermo Francisco Echevarría, un ayudante de electricista que trabaja en España desde hace siete años. Al contrario que en Madrid, la comunidad de inmigrantes de Ecuador no formó parte de los organizadores de la manifestación de Bilbao, lo que, al parecer, restó poder de convocatoria.
«Pensábamos que en los días previos iba a haber una reunión entre ecuatorianos -que en Euskadi se agrupan en la asociación Paccha Mama- pero no la ha habido», lamentó Echevarría, que en ese momento enfilaba la recta final del recorrido compartiendo una bandera ecuatoriana con dos mujeres y un niño de la misma nacionalidad. «Y tampoco el cónsul ha hecho nada», apostilló poco después una de las mujeres.
Como la mayoría de sus compatriotas, Echevarría explicó que era la primera vez que se manifestaba contra ETA, una realidad que le era ajena hasta que, el pasado 30 de diciembre, comprendió que «nos afecta a todos». «Venimos por solidaridad con los que sufren y para pedir la paz», enfatizó, en nombre también de sus acompañantes. Y poco después, el grupo recibió una visita inesperada: el periodista y víctima de ETA Gorka Landaburu, que marchaba unos metros por delante, volvió sobre sus pasos para trasladarles un breve mensaje: «sólo quiero agradecer vuestra presencia aquí», les dijo.
Revolución y terrorismo
Más atrás, Norge, un cubano que llegó a España en 1999 explicaba, con la bandera de su país en alto y un habla inconfundible, su asistencia a la manifestación. «Es que hay que meterse de lleno, a ver si se acaba esta jodienda ya».
Marchaba, hombro con hombro, con Vilma, una nicaragüense que se identificaba con la enseña del FSLN, y con el ex combatiente sandinista Aquiles García. El antiguo guerrillero marcaba distancias con ETA y con las organizaciones de la izquierda abertzale que han utilizado el sandinismo como una referencia: «No tiene nada que ver la lucha de ETA con la nuestra. Nosotros no somos terroristas, somos revolucionarios en todo el sentido de la palabra y en nuestro país nunca hicimos matanzas indiscriminadas de civiles, como han hecho ellos». Es palabra de revolucionario.