Miércoles, 10 de enero de 2007
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CICLISMO
Adiós al símbolo del Euskaltel
Laiseka, el único que permanece desde el debut del equipo vasco, deja el ciclismo por culpa de una lesión
Adiós al símbolo del Euskaltel
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EL D.N.I.

LAS FRASES
Datos personales: nació en Gernika, el 17 de junio de 1969. Creció en Algorta y se formó en el equipo Punta Galea.

Palmarés amateur: ganó el Campeonato de Vizcaya juvenil en 1986. Y en 1990 se impuso a Mikel Zarrabeitia en la general de la Vuelta a Vizcaya, la Bira.

Debut profesional: en el equipo Euskadi, en 1994. Ese año acabó en el puesto 54 de la Vuelta a España.

Palmarés: 5 victorias. Etapa del Tour 2001, con final en Luz Ardiden. Tres etapas en la Vuelta a España (en Abantos, en 1999. En Ordino Arcalís, en 2000. En Cerler, en 2005). Etapa reina de la Euskal Bizikleta 2004 con final en Arrate. Ganador del criterium de Basauri.

Puestos destacados: sexto en la general de la Vuelta a España 2000. Segundo en la Vuelta a Asturias 1999. Ocupó el puesto 18 en la general del Tour 2003. Tercero en la Volta a Cataluña 2004. Segundo en la escalada a Monjuic 2004. Segundo en la general de la Euskal Bizikleta 2004. Segundo en la etapa del Tour 2001 que finalizó en Ax les Thermes, en la que se impuso el colombiano Félix Cárdenas.

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Trece años de ciclismo han convertido a Roberto Laiseka en un puñado de cicatrices, en un rostro rudo, en una historia rotulada en los pliegues de la piel. Un ciclista maquillado por sol y asfalto. Un veterano. Un tipo duro. Sin embargo, ayer, tres palabras de Miguel Madariaga, mánager del Euskaltel-Euskadi, le tumbaron: «Eskerrik asko, Roberto». La emoción trepó por su garganta de escalador. «Gracias, Roberto». Por trece temporadas, por ser el único superviviente de la primera plantilla del equipo vasco, por sus victorias en Abantos, Ordino, Cerler, Arrate y Luz Ardiden, por su empeño final en la lucha contra una lesión de rodilla que no ha podido superar y que ayer, en un acto oficial en la Diputación de Vizcaya, cerró la carrera del corredor que puso su nombre al sueño en el Tour del Euskaltel-Euskadi. «Eskerrik asko, Roberto». Y él, el viejo cascarrabias, soltó las lágrimas que sostenía encasquilladas. Ya no era ciclista profesional. Acababa de ingresar en la leyenda de su equipo.

El diputado general de Vizcaya, José Luis Bilbao, y un grupo de corredores, compañeros y amigos se reunieron para despedir a Laiseka. A un ciclista con historia. La del Euskaltel-Euskadi. La de un alumno del colegio Nuestra Señora de Europa (Getxo) que se inscribió en una escuela de ciclismo de rebote, por seguir a Óscar Legarreta y Joseba Korkostegi, los de su cuadrilla infantil. La del 'argentino', que así le llamaban por su marrullera manera de jugar al fútbol en la cancha del centro de Formación Profesional de Algorta. La del adolescente desmadejado que esperaba a sus compañeros de equipo en la cima de los puertos. La de un escalador genético. «Ha sido muy duro tomar la decisión de dejarlo».

No es fácil bajarse 23 años después, ya con 37. La culpa es de una mala tarde del pasado mes de mayo. Lejos, en Italia. En el último Giro. Una caída tonta, con apenas diez kilómetros recorridos de la decimosegunda etapa. La rótula derecha impactó como un huevo contra el piso. En Pisa. Su carrera, como la famosa torre, se inclinó allí. Era ya un árbol a un paso de ser leña. Aunque se resistió a la hoguera. Ni el pronóstico médico le desanimó. Cuatro días después, el 23 de mayo, pasó por el quirófano. Aprendió a andar primero y a montar en bicicleta después. Le dijeron que nunca más doblaría la rodilla. Fallaron. Le advirtieron de que era el final de su carrera. Acertaron. Pero sólo ayer lo admitió. Su rodilla derecha, cosida a costurones, es una bisagra oxidada. La que ha cerrado la puerta del ciclista que mejor ha encarnado el espíritu del Euskaltel.

La cima, en Luz Ardiden

Laiseka es el primer símbolo del conjunto vasco. El pionero: fue el primero en subir a un podio el maillot del Euskadi. Lo hizo sobre un escalón para la paradoja: él, un ciclista de montaña, ganó los sprints especiales del Trofeo Navarra 1994. También fue el primero en lograr una etapa de peso, en Abantos, en la Vuelta a España 1999. Y, claro, a él correspondió abrir la cuenta en el Tour. En 2001. En la última etapa de montaña, la que acababa en Luz Ardiden. En el sitio justo, escoltado por una hilera de gargantas cercanas, del coro para el mejor día de su vida. Hacía calor, su alimento. En los Pirineos, su hábitat. Armstrong y Ullrich venían por detrás, a lo suyo, a la lucha por el Tour. Laiseka, hablando solo entre jadeos, iba delante con las costillas marcando el maillot naranja, el color aquel día de la montaña. Ante toda su afición. Arriba se descorchó. Plenitud. El ciclista antiguo, el que no se entrena si llueve, el que nada quiere saber de pulsómetros o cascos. Un corredor en sepia, como su rostro.

«El tiempo ha pasado muy rápido. Parece que sólo han sido un par de años», dijo ayer. Cerca, los balbuceos de Arai, su hija, alteraban la banda sonora del acto de despedida. La niña ha heredado su mirada metálica. Todos callados, atentos al ciclista, menos el bebé. Una voz con carácter. Heredado. A Roberto, la afición le viene de su padre, forofo de Bahamontes, amante del ciclismo que no tuvo tiempo para el deporte. Había que sacar la familia adelante. En 1986 y en Zalla, su pueblo, el padre vio cómo su chaval ganaba el Campeonato de Vizcaya, por delante del hijo de Gregorio San Miguel, el ciclista más famoso de la zona, el que había sido líder del Tour. «A mi padre se le caía la baba», recordaba Laiseka. Ya entonces era un chaval contestatario. De difícil conformar. Su equipo, el Punta Galea, montó otro amateur y le ofreció plaza. Pero sólo para él; no para sus amigos. Y Roberto, solidario, la rechazó. Comenzó a competir con un maillot neutro. Por libre. Se fue a la mili. A contracorriente. A Melilla. «Era como estar en la cárcel». Volvió desencanchado. Hasta que Madariaga le hizo hueco en el Beyena amateur. Ya no se separaron.

La suya es una historia a la contra. Dominó la Bira cuando todos hablaban de Mikel Zarrabetia. Pasó al campo profesional tarde, cuando ya nadie apostaba por él. «Si no sale el Euskadi, no paso». Y se ganó un puesto en un pelotón que cambiaba de era, que se llenaba de claves fisiológicas, de métodos científicos de entrenamiento. Así, en contra del tiempo que le había tocado vivir, se llevó tres etapas de la Vuelta y una del Tour. Dijo Nietzsche que «los grandes, como las montañas, se comunican por las cumbres». Así ha pasado Laiseka por el ciclismo. Por la cima. «Eskerrik asko, Roberto», le agradeció ayer Madariaga. Y Laiseka, la voz que siempre carraspeaba al fondo del pelotón, la del malgeniado que protestaba a cada curva, le echó lágrimas a las cicatrices de su leyenda.

 
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