OLMO El vocablo aguinaldo, que era típico de la Navidad, tiene varias y curiosas acepciones. En primer lugar es un regalo (se supone que en dinero) que se da por estas fechas, pero también se llaman así los villancicos, y se incluye finalmente otro significado referido a una planta tropical silvestre muy común en Cuba. Por eso, cuando alguien le prometa un aguinaldo, convendría especificar un poco, porque a lo mejor en vez de darle una propina, le cantan a usted lo de los peces que beben en el río o le regalan una planta silvestre.
El aguinaldo tal como lo entendían los bilbaínos veteranos era una costumbre que se ha perdido, pero que todavía perduraba en mis tiempos juveniles y no tan juveniles, cuando todos los profesionales que nos servían durante el año (el cartero, el basurero, el repartidor , el sereno , el barbero, el pinche de ultramarinos, etc., etc.) acudían a nuestra puerta con la tarjetita de 'le felicita las Pascuas y el año nuevo' y esperaba el resultado de la operación en dinerito contante.
En mis correrías por los periódicos del pretérito bilbaíno, y concretamente en el del 4 de enero de 1885, he encontrado un simpático artículo firmado por Chomin (que solía glosar la actualidad bilbaína) en el que habla precisamente de aquella costumbre de las felicitaciones para pedir el aguinaldo navideño. El articulito comienza con esta exhortación que copio seguidamente:
«Ciudadanos y ciudadanas realistas que han empezado a conspirar contra nuestro bolsillo: el repartidor, el cartero, el sereno de la calle, el barbero, los chicos del segundo, del tercero y del cuarto, la maritornes, el dependiente de la esquina, la lechera, la fotera, la lavandera, el del carro de la basura, el zapatero, el mozo, el portero, el sastre...¿hasta el moro Muza inclusive! Eso sin contar los individuos sin clasificar que se disponen también a blandir el sable».
Hoy en día, sin duda por el aumento del nivel de vida y porque Bilbao ha dejado de ser aquella villa chiquita y familiar, parece haber desaparecido esta costumbre de los aguinaldos que en aquellos tiempos estaba en auge y era inevitable. Lo podemos comprobar en esta cuarteta con la que terminaba el artículo de Chomin: «Ármese usted de paciencia / En aquel día nefasto / y puesto que no hay remedio / ¿Salud y pocos sablazos!».