Domingo, 17 de diciembre de 2006
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POLÍTICA

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Amenazados sin tregua
Cuatro personas expuestas a la violencia de ETA relatan su paso de la «ilusión inicial» del alto el fuego a la incertidumbre actual, dispuestas a conservar la «esperanza» y no «ceder al chantaje»
Amenazados  sin tregua
CRÍTICA. «Mi sensación es que los amenazados nos hemos quedado en el limbo», reprocha Manu Montero. / FERNANDO GÓMEZ
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Esta es una historia de treguas personales. Un reportaje donde el proceso de paz dura únicamente una noche. Y así todos los días desde que fueron amenazados por ETA. El alto el fuego de Beatriz García Celaá, Manu Montero, Carlos García y Amaya Goyarán comienza al atardecer, cuando regresan a la seguridad de sus casas, y termina por la mañana, cuando salen de ellas y quedan al descubierto de la violencia. Una juez, un profesor y dos concejales. Se sintieron esperanzados con el anuncio de tregua realizado por la banda en marzo -aunque sus escoltas hayan seguido explicándoles la diferencia entre esperanza y confianza- y hoy observan con grave preocupación el pesimismo que rodea al proceso de paz, la confrontación política y la certeza de que las pistolas continúan en los chubasqueros.

AMAYA GOYARÁN

Concejal del PSE-EE en Usurbil

«Algo sale bien: no hay funerales»

Currículo político de una concejal del PSE-EE en el País Vasco: casada y con dos hijos «demasiado buenos que han aceptado mi situación». Amigos, los justos, pero los mejores -«tengo amistades a las que otras personas han dejado de hablar por tratar conmigo»-. El domicilio, incendiado con 'cócteles molotov' en 2000. Suma: objetivo de la kale borroka, residencia en Lasarte y trabajo en el Ayuntamiento de Usurbil, dos pueblos pequeños donde «todos te conocen». Resultado: con escolta desde hace seis años y una vida convertida en un «escaparate público. Ya sabe, deben planificar tu salida de casa, mirar aquel coche que parece extraño y recordarte que ayer y anteayer estuviste en tal sitio y, por lo tanto, no puedes volver allí en un tiempo».

Pregunta: ¿es posible ser optimista sobre el proceso de paz en esas condiciones? Respuesta: «Sí. El momento en que ETA hizo el comunicado era muy esperado, pero hay que ser realistas: por ese anuncio no puedes cortar las medidas de seguridad ni pensar que el terrorismo se solucionará en dos días. Soy optimista por naturaleza. Estoy convencida de que el Gobierno está haciendo bien las cosas, aunque es necesario un cambio de mentalidad. No tiene sentido la kale borroka ni que un partido salga todos los días a tocarte las narices».

Los funerales. Amaya Goyarán sustenta buena parte de sus ilusiones en la ausencia de sepelios debidos al terrorismo desde mayo de 2003. «Quienes hemos despedido a muchas víctimas, de la profesión o ideología que fueran, tenemos la sensación de que algo sale bien. En un funeral piensas en lo mal que lo estamos haciendo por no haber sido capaces de detener el horror. A la clase política nos ha faltado el tono conciliador».

A la edil de Usurbil, la conciencia de la irreparabilidad se le presentó una noche, al lado de una camilla en una ambulancia de Cruz Roja. Goyarán colaboró con esta ONG. Allí aprendió la vida loca, la espiral de locura que genera la violencia extrema. «Eran tiempos de acudir a por personas asesinadas por ETA y a por otras a las que había explotado la bomba que iban a colocar. Lo primero que decían los familiares de una víctima de ETA a los políticos en el lugar del atentado era: 'Hagan algo, pero que nadie vuelva a pasar por esto'. La impotencia es tremenda».

-¿Y si el proceso no se resuelve ahora felizmente?

-Sería el mayor chasco de mi vida. La sociedad no nos perdonaría.

-En caso contrario, ¿qué es lo primero que haría si ETA deja las armas?

-Entraría y saldría muchas veces de mi casa. Y luego me iría al Peine de los Vientos y me quedaría allí varias horas, sola.

MANU MONTERO

Profesor de universidad

«Somos rehenes, pero no sé de quién»

«¿Están las cosas mejor o peor? Sabemos que ETA ha robado armas y que se ha recrudecido la kale borroka. Nos dicen que va mal, pero tampoco sabemos si alguna vez ha ido bien. La verdad es que del proceso de paz nunca hemos sabido nada. Es un acto de fe. Yo la mantengo». Las palabras pertenecen a Manu Montero, catedrático, ex rector de la Universidad del País Vasco y, desde hace siete años, una persona que vive una vida ajena.

Porque sin su escolta, este historiador pasaría por ser un intelectual optimista que camina por el mundo silbando y con las manos en los bolsillos. Por desconectar, hace un par de años marchó una temporada a impartir clases en México, donde aprendió a correr para descargar estrés. Esta tarde, la técnica no ha funcionado. Recién salido de la ducha después de noventa minutos de 'footing', dice que alberga en su interior «un profundo cabreo» por el «guirigay montado en torno al proceso. Los políticos dicen que hay que ser discretos, pero no callan. Es una con- frontación impresentable con un punto de frivolidad. Todo el mundo lo ha convertido en una guerra de trincheras y todos se retiran por si sale mal».

Montero conserva la esperanza en medio de la 'penumbra' -«sí, sigo pensando que esto saldrá bien»-, pero le duele la sensación de «falsa seguridad» que se ha ofrecido durante estos nueve meses. «Me encuentro con gente que no me ha visto en bastante tiempo y se queda sorprendida: 'Ah, ¿todavía llevas escolta?'. Se tiende a suponer que este proceso es un juego político y se trata de otra cosa: hay amenazados, gente con vigilancia que vemos un horizonte eterno. Es un juego partidista, tonto, con poca sustancia, electoralista».

-¿La sociedad, y su clase política, se han olvidado del factor humano?

-Totalmente. Es posible que tenerlo demasiado presente hubiera conducido a errores, pero tampoco hay que trasladarse al otro extremo. No ha cambiado nada, salvo la sensación que empieza a aflorar de que los amenazados estamos en medio, nos hemos quedado, o nos han puesto, en el limbo. Estamos de rehenes. Lo que no sabemos es de quién.

-¿Piensa qué hubiera sido de su vida en un contexto normalizado?

-Mejor no pensarlo. Llevo siete años así y se me ha olvidado cómo era la vida normal. Aun confiando en que todo irá bien, éste es un proceso largo y pesado. Doy por hecho que nos haremos 2007 y quizá 2008 y 2009 también. La diferencia es que tres años en la Historia no es nada, pero en la vida de una persona representa mucho.

CARLOS GARCÍA

Concejal del PP en Bilbao

«Hemos mantenido la escolta hasta para bajar la basura»

En Bilbao, de donde Carlos García es concejal, la mañana se ve cortada por un viento gélido. En su interior, el edil del PP también siente el hielo. Recuerda cómo la dirigente de su partido Loyola de Palacio, fallecida el pasado miércoles a causa del cáncer, enseñó a su novia a cocinar una paella. Una estampa doméstica, común, amigable, a excepción del hecho de que, en torno a la paellera, pudiera presumirse la presencia de un estricto cordón de seguridad.

«La presión de ETA y su entorno, la kale borroka, las amenazas, te minan. No te matan y tampoco te dejan vivir», recuerda este joven político, quien asegura que, desde marzo, «todos hemos seguido bajo protección. Los políticos que conozco del PSE, también, y es normal: lo contrario resulta una imprudencia hasta que ETA entregue las armas y se disuelva. A veces, los escoltas han recibido advertencias de la Consejería y del Ministerio de Interior para que extremasen las precauciones. Es una muestra de que nadie nos veníamos fiando de esta tregua-trampa. Yo voy con ellos hasta para bajar la basura».

Tras el anuncio de alto el fuego, el edil asegura que tuvo un arranque de «ilusión, porque siempre deseas que el terrorismo acabe de una vez ». Sin embargo, la alegría duró «sólo unas horas. En el PP sabíamos que el camino no era el adecuado. La amenaza de muerte está aplazada, pero sigue pendiente y saber que ETA está recabando datos y rearmándose no es tranquilizador para los amenazados. En el caso de la kale borroka también habíamos llegado a mínimos históricos y ahora siguen siendo los cuatro de siempre, pero las calles han vuelto a ser suyas. Antes, esta gente estaba más de tapadillo. Hoy te observa y se da la vuelta para seguirte con la mirada».

-¿Eso les obliga a 'replegarse'?

-Nunca. La política y la defensa de las libertades es nuestra actividad. No podemos ceder al chantaje.

BEATRIZ GARCÍA CELAÁ

Juez en Bilbao

«Me dijeron: 'Tu hija nace con una tregua bajo el brazo'»

Beatriz García Celaá se asemeja bastante a la figura que defiende: la Justicia. Ecuánime, solidaria y vivaz defensora de la democracia, tras el asesinato del juez Lidón, en 2001, esta bilbaína de 33 años abandonó el País Vasco por consejo de su círculo más próximo «para que viviera una situación más normalizada en otra comunidad». Sin embargo, no tardó en regresar a su ciudad y a sus tribunales. «Tengo una sensación de pertenencia a esta tierra y si otras personas se hallan en esa situación de limitación para moverse, yo también debo estarlo».

Representante de Jueces para la Democracia, el alto el fuego de ETA le sorprendió en plena maternidad. «Me decían: 'En vez de un pan, tu hija ha nacido con una tregua bajo el brazo'. Será complicado explicarle por qué su madre va siempre con otras personas por la calle o en el coche, pero lo haré de manera que no genere miedo ni rencor». Beatriz admite que su marido la convenció para no renunciar a su escolta en verano, «cuando el asunto tenía visos de salir adelante. También él se siente así más seguro».

-¿Han abandonado algunos de sus colegas las medidas de protección?

-No. Conservamos la cautela. Ahora las noticias no son tan esperanzadoras como quisiéramos, pero creo que las partes pueden dar pasos para que la tregua se mantenga. Lo importante es que no se produzca una víctima más.

 
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