El libro 'La Casa de Socorro de Logroño, 1923-1936'), escrito por el investigador Francisco Javier Iruzubieta, demuestra con hechos documentados que, cuando dos instituciones codirigen un centro público, el fracaso en la gestión está garantizado. Como ahora. Los conflictos laborales por la desproporción retributiva entre los sueldos de los practicantes y médicos -éstos quintuplicaban los honorarios de aquéllos-, la atención a clientes particulares en el local de beneficencia para redondear los ingresos o la imposibilidad de plegar la oreja en el turno de noche al no existir una sola cama para el personal sanitario fueron factores que convirtieron la Casa de Socorro en una historia de de conflictos concatenados.
24 horas de servicio
El centro fue creado por Ayuntamiento de Logroño y Diputación. El primero ya realizaba una cierta asistencia sanitaria en domicilios y la segunda se servía del Hospital Provincial para la atención médica en éste o en el propio domicilio del paciente. Si se añade a todo esto la dotación de un presupuesto insuficiente y que el servicio era de 24 horas los siete días de la semana, se entiende la presión a la que estaban sometidos los profesionales sanitarios. Además, el número de familias inscritas en la lista de pobres para la asistencia y suministro gratuito de medicamentos era extensa. Con todo, la Casa de Socorro fue el embrión de los que hoy se llama Atención Primaria.
La política higienista fue constante desde el umbral del siglo XX, al saberse que el hacinamiento era causa de reproducción de enfermedades infecciosas, especialmente la viruela.
La Casa de Socorro arrancó con 5 médicos y 5 practicantes, «un derroche de personal» para un periódico local, que también criticaba lo que consideraba «una contratación caprichosa». Hoy se diría digital. La Diputación se enojó al enterarse por la prensa de la constitución de la plantilla.
Ya en esa época no eran estadísticamente anecdóticos los accidentes laborales. Cuando un obrero resultaba herido, la empresa debía correr con los gastos de la asistencia sanitaria. Y las tasas de los servicios eran fijas. Éstas eran en 1936: heridas simples sin suturar, 3 pesetas; heridas que precisen suturar, 6; 10 pesetas las luxaciones de miembros superiores, mientras que las fracturas y luxaciones oscilaban entre las 10 y 15 pesetas.
La Casa de Socorro estaba equipada con un quirófano que permitía realizar intervenciones de cirugía mayor y menor. De hecho. la asistencia sanitaria alcanzó intervenciones de cierta envergadura, como amputaciones, trepanaciones, extirpación de cuerpos extraños, heridas inciso-contusas, etcétera.
Proveedores locales
Con la creación de la Casa de Socorro se estableció el embrión de una asistencia sanitaria organizada en dos niveles y que, medio siglo más tarde, ésta pasaría a ser llamada Atención Primaria.
El centro asistencial se abastecía fundamentalmente de los comercios e industrias de la ciudad en cuanto a aquellos servicios que no tenían nada que ver con con la tecnología sanitaria, detalla el autor del libro Francisco Javier Iruzubieta. Sombrerería Dulín suministraba batas; tejidos en general Comercial Textil; Alberto Anguiano e hijos, material eléctrico. De San Sebastián llegaban las agujas de la Sociedad General de Higiene; la Casa Ballesteros, de Bilbao, proporcionaba los esterilizadores, agujas y guantes y los sueros antitetánicos se adquirían en el Instituto Llorente de Madrid. Como curiosidad, unos datos recogidos al azar: un kilo de algodón costaba al centro 6,50 pesetas en 1926 y casi dos toneladas de calor suponía un gasto de 97 pesetas.
El gasto trimestral del teléfono en el periodo citado no llegaba a las 30 pesetas mensuales y la el gasto de luz mensual pagado a la Electra Recajo rara vez superaba las 50 pesetas.
En su inicio, la Casa de Socorro tenía una vocación fundamentalmente benéfica, de atención a los más desfavorecidos. Sin embargo, desde los primeros momentos se despliega una actividad asistencial que llegaría a gran parte de la sociedad logroñesa, tanto pobres como trabajadores en paro. Y también desarrolló un cometido preventivo con su colaboración en campañas de vacunación, o en la administración de sueros antitetánicos en la población accidentada.