El cariz pesimista que ha cobrado en las últimas semanas el denominado proceso de paz no sorprende en Francia. Por el contrario, los servicios especializados galos han asisitido desde el principio al nuevo intento español de solución negociada con un profundo escepticismo. El mar de dudas que en París baña el alto el fuego permanente se multiplica en el núcleo duro de la lucha contra ETA por una doble desconfianza: superlativa hacia los clandestinos, matizada ante José Luis Rodríguez Zapatero.
El presidente del Gobierno es percibido por el antiterrorismo francés con un pecado original: la retirada de las tropas de Irak poco después de los atentados del 11-M y de su llegada al poder. El cumplimiento de aquella promesa electoral resulta aún hoy incomprendido y difícil de digerir entre los responsables de la seguridad de un estado muy preocupado por -éste sí- el terrorismo islamista. «Hay dirigentes que parecen ignorar lo que todas las democracias nos jugamos frente a esa amenaza», reprochan todavía.
La carta de presentación terminó de emborronarse con la política de hechos consumados aplicada al caso vasco. Los franceses se quejan de que todos los prolegómenos, preparativos y tejemanejes se hicieron a sus espaldas hasta las vísperas del anuncio televisivo por tres encapuchados del fin de las hostilidades. De la incredulidad de los rumores previos, se pasó al pasmo completo. Ahora, superado el complejo agorero, están en el «ya lo decía yo».
Interpelación directa
Para colmo, por primera vez, una declaración de tregua interpelaba directamente a las autoridades francesas. «Los estados español y francés deben reconocer los resultados de dicho proceso democrático, sin ningún tipo de limitaciones», ordena ese texto fundador de una esperanza en vías de extinción. Demasiada trágala para los ánimos jacobinos de un país que se siente ajeno al principal problema interior de su vecino.
Las voces más veteranas en el combate desde París a ETA, tanto jubiladas como en activo, lamentan la tentación de incurrir en el error de 1992. La desarticulación entonces del triunvirato 'Artapalo' y las caídas en cadena de sus sucesores habían decapitado a una organización al borde de la asfixia. Resucitó gracias al balón de oxígeno de unos contactos bajo cuerda a varias bandas, éstos sí con participación francesa.
Estos medios trazan un paralelismo perfecto de aquel Bidart con la 'Operación Santuarios' en la que en octubre de 2004 fueron capturados 'Antza' y 'Anboto' con los arsenales estratégicos. De nuevo ETA estaba «con una rodilla en el suelo y la otra temblorosa», según gráfica expresión de Gilles Leclair, entonces jefe de la Unidad de Coordinación de la Lucha Antiterrorista (UCLAT). Hubo quien llegó a pronosticar que el enemigo mordería el polvo en año y medio... A condición de continuar con la estrategia del PP.
Pero llegó Zapatero. Y con él, el alto el fuego. «¿Si tengo confianza en la tregua? No confío en Zapatero. El problema es él porque ha roto con la política de Aznar», confesaba a finales de marzo un histórico general del frente francés. Las reticencias se acentuaron por la falta de sintonía con Telesforo Rubio durante su mandato en la Comisaría General de Información. «Si Zapatero se basa en sus informaciones sobre ETA, lo llevamos claro», sentenció en privado la misma persona.
Los responsables policiales y judiciales con más experiencia en la cuestión fundamentan buena parte de su escepticismo en el factor generacional. Se preguntan abiertamente qué motivos de rendir armas van a tener los actuales jerarcas si son más fanáticos y radicales que sus predecesores, que nunca dieron el brazo a torcer. «Qué justificación pueden tener los jóvenes de los comandos, que tienen entre 25 y 30 años, jamás han luchado contra otra cosa que la democracia y han sacrificado todo a la causa si no es una cerrazón ideológica hasta el límite», reflexiona Stépahne Berthomet, que trabajó seis años en la División Nacional Antiterrorista.
Escaldados por las virtudes refortalecedoras de anteriores treguas, los círculos mencionados constatan que ETA no sólo no se desarma sino que se apodera de 344 pistolas y revólveres en el asalto a una armería. El botín se suma a los 5.300 kilos de sustancias químicas, de material para confeccionar documentos de identidad y de 30.000 matrículas en blanco robados en Francia durante las semanas previas al alto el fuego. A ojo de experto, son recursos para permanecer en activo otra decena de años.